Dios podría, si le placiera, envolverse con la noche como con un manto; podría poner las estrellas alrededor de su muñeca a manera de brazaletes, y ceñir los soles alrededor de su frente como corona; podría habitar solo, muy por encima de este mundo, arriba en el séptimo cielo, y mirar hacia abajo con calma y silenciosa indiferencia todas las acciones de sus criaturas; podría hacer lo que los paganos suponían que hacía su falso dios, sentarse en perpetuo silencio, asintiendo a veces solemnemente con la cabeza para hacer que los destinos se movieran según su voluntad, pero sin ocuparse jamás de las cosas pequeñas de la tierra, considerándolas indignas de su atención, absorto en su propio ser, absorbido en sí mismo, viviendo solo y retirado.
Y yo, como una de sus criaturas, podría situarme de noche sobre la cima de un monte, contemplar las silenciosas estrellas y decir: «Vosotros sois los ojos de Dios, pero no miráis hacia mí; vuestra luz es el don de su omnipotencia, pero vuestros rayos no son sonrisas de amor para mí. Dios, el poderoso Creador, me ha olvidado; soy una gota despreciable en el océano de la creación, ¡una hoja en el bosque de los seres! Él no me conoce; estoy solo, solo, solo».
Pero no es así, amados. Nuestro Dios es de otro linaje. Él se fija en cada uno de nosotros; no hay gorrón ni gusano que siga viviendo al margen de sus decretos. No hay persona sobre la cual su mirada no esté fija. Nuestros actos más secretos le son conocidos. Sea lo que hagamos, o soportemos, o suframos, el ojo de Dios sigue posado sobre nosotros, y estamos bajo su sonrisa, porque somos su pueblo; o bajo su ceño, porque hemos pecado contra él.
Fuente y atribución
Autor original: Charles Spurgeon
Título original: Spurgeon Gems — God's Eyes on Us
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Spurgeon, publicado originalmente en Grace Gems.