El Evangelio de Mateo comienza con una genealogía. Luego viene el relato del nacimiento y la infancia. Jesús nació en Belén. Este fue el acontecimiento más maravilloso de la historia humana: la venida del Hijo de Dios en carne humana a este mundo. Aquella noche nació el amor. Es cierto que ya había amor en el mundo antes. Las madres amaban a sus hijos. Los amigos se amaban entre sí. El afecto natural era común. Pero el amor que conocemos como amor cristiano tuvo su principio en el nacimiento de Jesucristo. Conviene, sin embargo, que notemos que el acontecimiento histórico del nacimiento de Cristo no es lo que nos salva. Él debe nacer de nuevo en nosotros.
Aunque Cristo nazca mil veces en Belén, si no nace en ti, tu alma está perdida.
Este acontecimiento, el más grande de la historia, apenas conmovió al mundo. Por lo general, cuando nacen los herederos de un trono, reinos enteros resuenan de alegría. Pero cuando nació el Mesías, no hubo regocijo terrenal. Unos cuantos humildes pastores vinieron y contemplaron con asombro al Niño recién nacido que descansaba en los brazos de la joven madre; pero eso fue todo. Los judíos habían estado esperando a su Mesías, pero no lo reconocieron cuando llegó. Su advenimiento fue silencioso. No hubo sonido de trompetas. El ruido y la ostentación no son acompañamientos necesarios del poder.
Las energías más poderosas de este mundo suelen ser las más calladas. La gracia de Dios siempre viene en silencio. Los ángeles ministran sin hacer ruido. Los cristianos más útiles no son los que más alharaca hacen en su trabajo, sino los que con humildad y sencillez, sin ser conscientes de ningún resplandor en sus rostros, van día a día cumpliendo su labor para su Maestro.
No podemos comprender del todo cómo los sabios fueron guiados a Jerusalén. Dijeron que vieron la estrella del Rey en el oriente y se dejaron guiar por ella. Ha habido mucha especulación acerca de la naturaleza de esta estrella, si era una aparición natural o sobrenatural. Pero eso no importa; fuera lo que fuese, los condujo a los pies de Cristo. Incluso los destellos más tenues de luz espiritual deben ser bienvenidos por nosotros y aceptada su guía. No debemos esperar saberlo todo acerca de Cristo y verlo en toda su gloria antes de ponernos en camino para buscarlo. Debemos seguir los primeros destellos, y entonces, a medida que avancemos, la luz se hará más brillante, y veremos cada vez más de Él, hasta que al fin lo contemplemos en toda su bendita hermosura, cara a cara. Ciertamente, no hay nadie en tierras cristianas en estos días que no tenga mucha más luz para guiarlo a Cristo que la que tenían estos sabios.
Los Herodes tienen un récord poco envidiable en la historia del Nuevo Testamento. Cuando este Herodes, Herodes el Grande, escuchó las preguntas de los sabios, se turbó sobremanera. Oír hablar de Cristo no siempre trae gozo. Trajo alegría a los humildes pastores y a los sabios, pero a Herodes le trajo gran angustia. El nombre de Cristo hace que los malos piensen en sus pecados, y luego en el juicio. Solo cuando vemos a Cristo y deseamos tenerlo como nuestro Amigo, el pensamiento de Él es dulce y agradable. «Para vosotros, pues, que creéis, Él es precioso». Aquellos cuya fe está fija en Él nunca se aterran con los pensamientos acerca de Él.
Herodes, al no poder él mismo responder a la pregunta de los sabios, acudió a los escribas y les preguntó dónde debía nacer el Mesías. No les tomó mucho tiempo dar la respuesta. Incluso podían citar capítulo y versículo, y decir el nombre exacto del pueblo en que el Mesías había de nacer. Todos estos datos estaban en sus libros. Sin embargo, no vemos que hicieran algún uso de su conocimiento. Podían decir a los sabios dónde iba a nacer el Cristo, pero ellos mismos no dieron ni un paso hacia Belén para buscarlo cuando se enteraron de su nacimiento allí. La mayoría de nosotros conoce bien nuestra Biblia y puede decir a otros con soltura dónde y cómo encontrar a Cristo. Pero ¿hemos ido nosotros mismos al lugar donde Él está, para buscarlo y adorarlo?
«Y al entrar a la casa, vieron al niño con su madre María, y se postraron y le adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra». Mateo 2:11. La escena cuando los sabios encontraron al Niño rey fue muy hermosa. Solo vieron a un pequeño bebé recostado en los brazos de una joven madre. No había corona en su cabeza. Ningún resplandor emanaba de su rostro. Su entorno era muy poco regio, sin pompa ni brillantez. El niño no hizo nada ante ellos para mostrar su realeza: no pronunció palabra alguna ni realizó ningún acto de poder real. Sin embargo, los sabios creyeron y lo adoraron. Pensemos en cuánto más sabemos nosotros acerca de Cristo que ellos. Nos es fácil hallar en Él señales de realeza. ¿Seremos nosotros menos que los sabios en nuestra adoración?
Los sabios hicieron más que adorar: abrieron sus tesoros y ofrecieron dones de oro, incienso y mirra que habían traído desde su propio hogar. La sinceridad de su adoración quedó así confirmada por la valía de sus regalos. Los tesoros que trajeron eran de gran valor: las cosas más costosas que podían encontrar, lo mejor que tenían para dar. No basta con dar a Cristo un homenaje que no cuesta nada. Él pide nuestros dones, las ofrendas de nuestro amor, nuestro servicio, la consagración de nuestras vidas. Dar es la prueba de amar: la medida de nuestro amor a Cristo es lo que estamos dispuestos a dar y a sacrificar.
Hay muchas maneras de presentar nuestras ofrendas a los pies de Jesucristo. Él mismo no necesita nuestro dinero, pero su causa sí lo necesita. La extensión de su reino en este mundo, tanto en nuestra tierra como en el extranjero, requiere dinero, y este debe ser aportado por sus seguidores. Quienes no tienen interés en la salvación de otros, ni en enviar el Evangelio a quienes no lo tienen, no han probado en realidad el amor de Cristo.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Wise Men and the Child
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.