Mientras el Señor Jesús sufría en la cruz agonías ignoradas, a sus pies los soldados repartían sus vestidos. Jamás imaginaron que entonces cumplían una profecía escrita mil años antes. Era habitual que los soldados se repartieran la ropa de los crucificados; pero no era habitual que hallaran una prenda tan valiosa que, en vez de rasgarla, echaran suertes sobre ella. Esta circunstancia, muy singular, era una de las múltiples señales por las que el verdadero Mesías era señalado a cuantos recordaban la palabra de Dios. Pero los soldados, siendo gentiles, no podían saber, al repartir las vestiduras, que cumplían antiguas profecías. Pensaban en sus mezquinas ganancias, sin tener consciencia de que realizaban un acto que mucho tiempo atrás había sido predicho y sería recordado para siempre.
Se describe una de las vestiduras de nuestro Señor: era una túnica sin costura. En Oriente se lleva todavía una especie de manto con aberturas para los brazos. Suele haber una costura que corre por el medio o lo divide a través. Esa costura es desagradable, y aquellas túnicas que se hacen sin ella son muy estimadas. Es natural preguntar cómo sucedió que el Hijo del Hombre, tan pobre, poseyera una prenda valiosa. Algunos han conjeturado que una de aquellas piadosas mujeres que le servían de sus bienes pudo haber tejido con sus propias manos la túnica sin costura. En tiempos de los Reformadores, las santas mujeres tenían por honor preparar la ropa con que sería sepultado el mártir. ¡Cuánto mayor honor tejer una túnica para Aquel que era la misma imagen del Padre y el resplandor de su gloria! Las vestiduras que Jesús llevaba participaban de la virtud que moraba en su sagrado cuerpo. Aun el borde de su manto, tocado por la mano de la fe, podía curar enfermedades desesperadas; pero ahora sus vestiduras eran rasgadas por soldados incrédulos. La sangre manada de sus azotes y de sus sienes heridas debió cubrirlas de manchas. Repugnaría a los sentimientos ver a hombres echando suertes cerca de la cruz de un criminal, por vil que fuese; pero verles obrar así cerca de la cruz del Hijo de Dios que sufre debió ser espantosamente tremendo.
Aunque los soldados rapaces se apoderaron de aquella ropa que pudiera haber envuelto el cuerpo muerto del Salvador en su sepulcro, su Padre le proveyó un mejor manto. Lino limpio y fino fue doblado en torno a sus sagrados miembros por las fieles manos de José y Nicodemo. Al resucitar, dejó aun aquel manto en su sepulcro. No podemos formarnos idea de la gloria de que está ahora revestido. Su vestidura no será jamás manchada otra vez por su propia sangre. Es la sangre de sus enemigos la que salpicará sus ropas cuando él venga de nuevo. Pues ha dicho: «Yo los hollaré en mi furor, y los pisotearé en mi ira; y su sangre será salpicada sobre mis vestiduras, y mancharé todos mis ropajes».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The division of the garments
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.