Pensamientos vespertinos

Los sufrimientos de Cristo cumplen el propósito eterno

Cristo fue el Príncipe de los que sufren, y sus padecimientos no fueron accidentales, sino el cumplimiento del propósito eterno de Dios y de las Escrituras proféticas.

Nuestro adorable Señor fue un sufriente: el Príncipe de los que sufren, el Mártir de los mártires. Nadie había padecido como Él; ningún dolor fue jamás semejante al suyo. Apenas tocó la superficie de esta tierra maldita por el pecado, cuando la copa del sufrimiento fue puesta en sus labios. La profunda fuente del dolor humano, removida hasta su centro, derramó sobre su alma sus torrentes turbios por todo cauce y de toda fuente. La malicia humana lo hizo su víctima y mezcló el primer trago que Él probó. Aunque unido por los más fuertes lazos a nuestra naturaleza, y aunque descendió para elevarla, santificarla y salvarla, el hombre se contó entre sus primeros y más encarnizados enemigos. ¡Oh, que una condescendencia y un amor tan profundos hacia nuestra raza hallaran un pago tan vil!

La necesidad de los sufrimientos de Cristo es el punto principal que arresta la mente al contemplar este tema. En su conversación con los dos discípulos que iban a Emaús, nuestro Señor declaró clara y enfáticamente esta característica de su pasión: «¿No era necesario que el Cristo padeciera?» Los sufrimientos de Cristo fueron necesarios para cumplir el propósito y consejo eterno de Dios. Suponer que sus padecimientos fueron contingentes, originados en las circunstancias que lo rodeaban, es adoptar una visión muy baja y deficiente de la verdad. La luz en que la Escritura presenta la doctrina de un Redentor sufriente es la que ofrece la visión más elevada de la redención y refleja de la manera más rica la gloria del Dios Triuno.

El apóstol Pedro encarna esta verdad en su discurso del día de Pentecostés, employed por el Espíritu Santo en la conversión de tres mil almas: «A este, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole.» El mismo Señor la confirma: «El Hijo del hombre va, como está determinado.» Contempla, querido lector, la fuente misma de donde brotan todos esos preciosos ríos de misericordia del pacto que fluyen a tu alma: el amor elector de Dios, que le movió a presentar a su amado Hijo como Cordero expiatorio para el matadero, desde antes de la fundación del mundo. ¡Oh, ese amor infinito, vasto, costoso e inmutable, que tuvo su existencia en el corazón de Dios hacia ti desde toda la eternidad! Acude con humildad y gozo a esta sagrada y bendita verdad. Recíbela con alegría en tu corazón como verdad de Dios, de la cual no puedes ni debes apartarte sin despojar a tu alma de inmensa bendición.

Para cumplir los tipos y confirmar las profecías acerca de Él, era necesario que Jesús padeciera. La dispensación levítica y las Escrituras proféticas apuntan firmemente a Jesús; están llenas de Cristo crucificado. Quien las lee con los ojos apartados de Jesús se hallará arrastrado por una corriente profética sin saber a dónde, y envuelto en una masa de ritos ceremoniales caóticos e ininteligibles. Mas cuando el Espíritu de Dios abre el ojo espiritual y se mueve sobre la Palabra, una luz abundante inunda cada página, y cada página se ve rica en la historia y resplandeciente con la gloria de un Mesías sufriente. Así lo afirma el Señor: «¿O pensáis que no puedo rogar ahora a mi Padre, y que Él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que así conviene que se haga?» Era necesario, por tanto, que Cristo se humillara y fuera un varón de dolores.

Fuente y atribución

Autor original: Octavius Winslow

Título original: Evening Thoughts - September 11

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.

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