Querido amigo, espero que hayáis hallado vuestras pruebas tan endulzadas y tan santificadas por la bendición de Dios, que habéis sido capacitados para regocijaros en ellas.
Cualesquiera que sean las causas inmediatas de vuestras aflicciones, todas ellas están bajo la dirección de una mano bondadosa, y cada una, en su lugar, coopera para un fin lleno de gracia. Vuestras aflicciones proceden todas del corazón de Dios, ¡que os ama mejor que vosotros mismos! Son todas muestras de su amor y favor, y medios necesarios para promover vuestro crecimiento en la fe y en la gracia.
Estáis en las manos de Aquel que hace todas las cosas bien, y conduce sus dispensaciones más dolorosas para los que le temen, ¡con sabiduría y misericordia!
¡El Señor sabe lo que más os conviene! Cuando hay una necesidad especial de que estéis en el horno, Él sabe cómo sosteneros; y en qué tiempo y de qué manera la liberación armonizará mejor con su gloria y vuestro bien. Estos son los dos grandes fines que Él tiene en vista, y que están inseparablemente unidos.
Él conoce nuestra condición y de qué estamos hechos. Su piedad excede a la del más tierno de los padres. Y aunque Él cause aflicción, tendrá compasión. Vuestras aflicciones, que al presente no son gozosas sino dolorosas, cuando hayáis sido debidamente ejercitados por ellas, darán el pacífico fruto de justicia. Confío en que el Señor os concede una medida de paciencia y sumisión a su santa voluntad. Si es así, todo estará bien, y cuando Él os haya probado del todo, ¡saldréis como oro!
Los pensamientos de lo que hemos merecido de sus manos, y de lo que Jesús sufrió por nosotros, cuando son aplicados por su Espíritu Santo, tienen una eficacia soberana para aquietar nuestras mentes y capacitarnos para decir: «¡No mi voluntad, sino que se haga la tuya!» ¡Cuán indeciblemente mejor es ser castigado por el Señor ahora, que ser dejados a nosotros mismos por una temporada, y al fin condenados con el mundo!
El camino de la aflicción está santificado por las promesas de Dios, y por la consideración de nuestro Señor Jesús, que Él mismo recorrió, para que no juzgáramos demasiado costoso seguir sus pisadas. Sí, ha sido un camino trillado en todas las épocas; pues las innumerables multitudes de los redimidos que están ahora delante del trono eterno, no han entrado al reino por ninguna otra vía. No nos cansemos, pues, ni desmayemos, sino consintamos con gusto en ser seguidores de aquellos que, por la fe y la paciencia, heredan ahora las promesas.
Si, después de mucha tribulación, nos mantenemos aceptos delante del Señor en su gloria, entonces no tendremos en mucho las dificultades que encontramos en nuestro camino a la gloria. ¡Entonces cesarán para siempre el dolor y el suspiro, y los cánticos de triunfo y de gozo eterno ocuparán su lugar! ¡Oh, feliz y arrebatador momento, cuando el Señor Dios mismo enjugue toda lágrima de nuestros ojos!
Hasta entonces, ¡que la perspectiva de esta gloria que ha de ser revelada alegre y consuele nuestros corazones! Hasta aquí nos ha ayudado el Señor. Nos ha librado en seis angustias, y podemos confiar en Él en la séptima.
Sea cual sea la tormenta que se levante, tenemos un Piloto infalible y todopoderoso, ¡que será Sol y Escudo para los que le aman!
Mientras vivamos, serán necesarias nuevas pruebas. No es que el Señor se deleite en entristecernos y causarnos dolor; al contrario, Él se regocija en la prosperidad de sus siervos. No, no es para su placer, sino para nuestro provecho, para que seamos hechos partícipes de su santidad.
Quizá habréis observado un pájaro, en un seto o sobre las ramas de un árbol; si lo perturbáis, se moverá un poco más arriba, y así podéis hacerle cambiar de lugar tres o cuatro veces. Pero si, tras unos cuantos intentos, comprueba que continuáis persiguiéndolo, ¡al fin alza el vuelo y se va!
¡Así es con nosotros! Cuando el Señor nos echa de un descanso en las criaturas, enseguida nos posamos en otro. ¡Pero Él no nos permitirá permanecer mucho tiempo en ninguno! Al fin, como el pájaro, nos damos cuenta de que no podemos tener seguridad ni paz estable aquí abajo. Entonces nuestros corazones alzan el vuelo y se elevan hacia el cielo, y somos enseñados por su gracia a poner nuestro tesoro y nuestros afectos fuera del alcance de las vanidades terrenales. En la medida en que este fin se cumple, tenemos razón para dar gracias y decir: ¡dichosa vara, que me acercó más a mi Dios!
Fuente y atribución
Autor original: John Newton
Título original: His most afflictive dispensations
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John Newton, publicado originalmente en Grace Gems.