Oraciones privadas de mañana y noche

Mi Padre y vuestro Padre: la oración del redimido al comenzar el día

Una oración matutina que, al contemplar el ascenso de Cristo al Padre, agradece la redención, intercede por la iglesia, los familiares y los afligidos, y se acerca a Dios con la confianza de un hijo.

«Ve a mis hermanos y diles que subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.» Juan 20:17

«No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros.» Juan 14:18

Y Él les dijo: Cuando oréis, decid —

PADRE MÍO que estás en los cielos, acércate a mí en tu infinita bondad. Anoche, como a muchos de mis semejantes, se me podría haber llamado a dormir el sueño de la muerte, sin que se me permitiera volver a recibir la luz de la mañana. Con el renovado resplandor del sol natural, que el Sol de Justicia se levante sobre mí con sanidad en sus rayos. Que todo pensamiento vano y errante sea silenciado y reprimido, al acercarme ahora a tu escabel. Concédeme ahora, al entrar en los deberes del día, una confianza reposada en tu misericordia, un dulce sentido de tu favor.

Dios grande y bondadoso, te doy gracias por las muchas pruebas de tu benignidad. Mi camino en la vida está sembrado de tus bendiciones; y no hay mercedes pequeñas contigo, pues aun la menor de ellas es inmerecida. De manera especial te adoro por la corona y consumación de tu amor, en el don de tu amado Hijo, prenda y garantía de todas las demás y menores bendiciones. En Él tengo perdón, paz, aceptación, vida eterna. En Él tengo bálsamo para toda herida, consuelo para toda prueba y una esperanza firme. Me deleito en meditar el pensamiento elevador de que Él vive siempre y ama siempre; de que, desde el trono de gloria en que se sienta, puedo escuchar los acentos llenos de gracia dirigidos a cada miembro de su familia redimida: «No os dejaré huérfanos. Como dispensador de los dones celestiales, he ascendido a mi Padre y vuestro Padre; a mi Dios y vuestro Dios.»

Oh gran Intercesor dentro del velo, revélate a mí en mi acercamiento matutino al trono de la gracia, y perfuma mis indignas oraciones y peticiones con el incienso de tus adorables méritos. Que yo sienta el poder del Espíritu que habita en mí. Somete el pecado no mortificado; avívame en todo buen y santo camino. Enthrónate en mi alma y en mi vida como Señor de todo, y llévame a vivir más constante y habitualmente bajo el impulso refrenador de tu amor. Como uno que fue huérfano y sin hogar, pero ahora «puesto entre los hijos», que yo pueda apropiarme personalmente la seguridad: «Preciosa es la redención del alma.» «Yo sé a quién he creído.»

Bendice tu santa iglesia por todo el mundo. Que la historia de la gracia, en su plenitud gloriosa, sea llevada de tierra en tierra y de orilla en orilla. Bautiza a tus ministros y misioneros con el llenado de tu Espíritu Santo.

Quisiera interceder ante ti, oh mi Padre-Dios, por los unidos a mí por los lazos de parentesco, de afecto o de gracia. Que participemos de todas las bendiciones necesarias, temporales y espirituales. Únenos en la común comunión del evangelio. Vela entre nosotros cuando estemos ausentes los unos de los otros, y presérvanos seguros para tu reino celestial.

Mira con compasión a tus hijos e hijas de aflicción. Que el Salvador les hable también sus propias palabras pacificadoras, las palabras del gran Hermano Mayor, el Hermano nacido para la adversidad: «No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros.» A medida que cae un apoyo tras otro de los que solían sostenerlos en la tierra, que encuentren en Él un sostén firme que no puede ser conmovido. Que se apoyen en su simpatía pura y elevada, mirando a la mano que enjuga toda lágrima y a la voz que calma toda tristeza.

En su nombre quisiera comenzar el día con las palabras siempre preciosas que en la tierra Él nos enseñó: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan cotidiano. Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del malo.»

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: Twenty-second Morning

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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