El Peregrino de Sion

Monumentos de la infidelidad: el fin terrible de los incrédulos

En una cueva de monumentos, el peregrino contempla las tumbas y últimas palabras de célebres infieles, cuyo fin amargo contrasta con el crecimiento en el conocimiento divino que él mismo obtiene durante su estancia con el Intérprete antes de su despedida.

MONUMENTOS

En este lugar solemne, lo primero que llamó mi atención fue la tumba del Autor del Leviatán. "¡Ay!" dije, "¿es ese el recuerdo de aquel célebre infiel de la época pasada?" "El mismo —respondió el Intérprete—; ese es el hombre cuyos escritos envenenaron la mente del conde de Rochester, como el propio noble declaró después de su conversión. El autor del Leviatán vivió hasta ser un viejo pecador; pues pasaba de los noventa cuando murió. Su vida se hizo notable por las muchas expresiones blasfemas que pronunció contra Dios y su santa palabra. Siempre fue osado en la impiedad cuando estaba en compañía; pero muy temeroso cuando estaba solo. Si despertaba de noche y hallaba su vela apagada, se llenaba de terrores. Sus últimas palabras, según se refieren de él, fueron: '¡Estaré contento de hallar un agujero por el que salir del mundo!'"

"Y ruéguele decirme de quién es ese monumento —dije al Intérprete— que tiene un busto en la lápida, de tan pensativo aspecto." "Lea la inscripción que lleva —respondió el Intérprete—; y por sus últimas confesiones, que allí están consignadas, recordará de quién es." Miré con atención y leí lo siguiente:

"He recorrido el vano circuito de los negocios y de los placeres, y he terminado con todos ellos. He gozado de todas las felicidades del mundo y, por tanto, conozco su inutilidad, y no lamento su pérdida. Las evalúo en su justo valor, que es, a decir verdad, muy bajo. ¿Diré que soporto esta melancólica situación con aquella constancia y resignación meritorias de las que la mayoría se jacta? ¡No! Pues realmente no puedo evitarlo. La soporto porque he de soportarla, quiera o no. No pienso ahora en nada sino en matar el tiempo de la mejor manera que pueda. Es mi resolución dormir en el carruaje durante el resto de mi viaje."

"Bien, amigo mío —exclamó el Intérprete, cuando hube terminado de leer la inscripción—, ¿qué piensa ahora de los infieles? Aquí hablan con franqueza cuáles son sus verdaderos sentimientos."

"Pienso —respondí— que mi situación es como la de David, cuando entró en el santuario de Dios: ahora comprendo el fin de estos hombres. ¡Cuán verdaderamente terrible!"

Volviéndome, para apartarme de la contemplación de un espectáculo tan penoso, vi en un nicho dos figuras esculpidas juntas, sobre una misma columna. "¿Quiénes son éstos?" exclamé. "Éste, a tu mano derecha —respondió el Intérprete—, es el gran Apóstol de la Infidelidad, como él quería ser llamado, de una nación vecina; y aquél, a tu izquierda, es un célebre historiador de los nuestros."

"El primero, en grandes angustias de ánimo, exclamó ante su médico: '¡Estoy abandonado por Dios y por los hombres! ¡Doctor! —gritó—, le daré la mitad de lo que tengo si puede darme seis meses de vida.' Y al decirle el doctor que temía no podría vivir seis semanas, 'Entonces —respondió—, iré al infierno.' Y expiró poco después."

"El segundo pasó sus últimos días jugando a las cartas, contando chistes y leyendo novelas. Se dice que reconoció que, con sus amargas invectivas contra la Biblia, jamás había leído el Nuevo Testamento con atención."

Mi ánimo quedó tan hastiado de la meditación sobre aquellos pocos personajes, que supliqué apresurar la salida del lugar. Vi un grupo de otras tumbas, unas con inscripciones y otras sin ellas, "cuya memoria pereció con ellos"; pero ya no pude soportar más. Subimos la misma escalera por la que habíamos bajado, y al dejar aquel lugar espantoso, mi corazón exclamó: "¡Oh, alma mía, no entres en su secreto! ¡ni a su asamblea!"

Qué impresiones sintieron los demás de la compañía no lo sé; pero, por mi parte, jamás olvidaré la solemnidad de la escena. "¿Es este el fin seguro —me dije— de la infidelidad? ¡Oh, por aquella voz de advertencia, y por aquella gracia más poderosa que hiciera eficaz la voz, que el hombre de Dios pronunció en el monte santo, para hacerla resonar en los oídos de todo infiel: 'No seáis escarnecedores, para que no se fortalezcan vuestros lazos'!"

Mi mente adquirió gran fortaleza y mayor conocimiento de las cosas divinas durante mi estancia en la casa del Intérprete. Estuve con él algo más de tres meses, y el tiempo se me figuró apenas unos días, por la recompensa esperada que endulzaba el todo. Al fin llegó el momento de partir; y amaneció la mañana en que había de despedirme de él.

Había en la casa otros varios peregrinos de Sion además de mí, que estaban también a punto de partir; y, por tanto, el buen hombre de la casa nos reunió a todos en la sala, a fin de recibir su bendición de despedida.

Fuente y atribución

Autor original: Robert Hawker

Título original: Zion's Pilgrim — MONUMENTS

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Robert Hawker, publicado originalmente en Grace Gems.

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