Cuando el Señor Jesucristo estuvo en la tierra, se hallaba en un estado de sufrimiento; y a esta imagen sufriente deben ser conformados todos sus hijos. En aquel estado de sufrimiento él dio gloria a Dios, y ahora está exaltado a la diestra del Padre. Así, los que sufren con él serán también glorificados juntamente con él; y gloriosos en verdad serán, pues resplandecerán como las estrellas para siempre jamás, revestidos de la imagen glorificada del Hijo de Dios. El apóstol dice, por tanto: «Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria». El Señor no tomó naturaleza angelical; por eso no la adornó ni embelleció, sino que, al asumir nuestra naturaleza, la carne y la sangre de los hijos, en unión con su propia Persona divina, la invistió de un brillo sin igual. Este es el fundamento sobre el cual un pecador redimido da gloria a Dios, no en sí mismo, sino como miembro de Cristo, «de su cuerpo, de su carne y de sus huesos».
Qué pensamiento tan sublime: que el creyente más humilde deba dar en realidad más gloria a Dios que el ángel más encumbrado, y que la obediencia sufriente de un santo tenga un valor más alto que la ardiente obediencia de un serafín. Dar gloria a Dios, entonces, debe ser nuestro fin supremo y nuestro deseo más ferviente. ¡Cómo urge el Señor esto sobre las conciencias de sus verdaderos discípulos! «En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto». Un poco de fruto da poca gloria a Dios. Es en proporción a la cantidad de fruto rico y maduro que llevan las ramas de la vid que el Señor es glorificado.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: May 11
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.