La vida de Cristo para cada día

Muéstranos al Padre y nos basta

Felipe expresó el anhelo de un corazón piadoso al pedir ver al Padre. El Señor le reprochó con ternura su incredulidad y le reveló que en él resplandecía la gloria divina.

Felipe expresó el sentir de un corazón piadoso cuando dijo: «Señor, muéstranos al Padre, y nos basta». Había en esta petición algo que debió agradar al Hijo de Dios. El amor hacia su Padre siempre le complacía. Le entristecía ver a las criaturas de su Padre tan indiferentes ante su nombre. Había contemplado otra escena en el cielo, donde cada ángel y cada santo arde de amor hacia su glorioso Creador. Pero los hombres mundanos no se interesan por el Ser que los hizo. Lejos de desear verle, como Felipe, quieren esconderse de él. En lugar de decir: «Muéstranos al Padre», dicen en sus corazones: «Danos trigo y vino; danos favor con los hombres; danos éxito en nuestros planes y prosperidad en nuestras familias, y nos basta».

Pero los hijos de Dios desean ver el rostro de su Padre. Felipe era hijo de Dios y ansiaba contemplar su glorioso semblante; por eso dijo: «Muéstranos al Padre». Sin embargo, no debía haber hecho esta petición. Debía haber sabido que Jesús era el resplandor de la gloria de su Padre. Con qué dulzura le reprochó el Señor su incredulidad cuando dijo: «¿Tanto tiempo he estado con vosotros, Felipe, y aún no me has conocido?». Tres años era mucho tiempo para tener comunión familiar con el Hijo de Dios. Patriarcas y profetas se consideraban sumamente favorecidos cuando gozaban de breves y ocasionales encuentros con su glorioso Redentor. Ellos estaban más dispuestos a reconocerle como Dios que Felipe. Cuando Jacob luchó con el ángel, dijo: «Vi el rostro de Dios, y fue librada mi vida». ¡Pero a los apóstoles les costaba creer cuán grande era su Maestro! Le habían visto hambriento y sediento, cansado y llorando. Le habían oído incluso hablar de morir. ¿No era difícil creer que aquel rostro tan desfigurado por el dolor fuera la imagen misma del Padre? Con todo, debían haberlo creído a causa de sus palabras y de sus obras.

Él hablaba como nunca habló hombre alguno; hizo obras que ningún hombre realizó jamás. Su gloria divina resplandecía a través del velo de su carne mortal. Ninguna luz en torno a su persona le distinguía de los demás hombres; pero el apóstol Juan declara: «Contemplamos su gloria, la gloria como del unigénito del Padre» (Juan 1:14). Una vez, en verdad, su rostro brilló como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz; pero solo una vez, y entonces solo tres de los apóstoles contemplaron aquella visión gloriosa. Pero su rostro siempre resplandecía con la luz de la santidad, y sus vestidos siempre eran blancos por su pureza inmaculada.

¿Cuándo cumplió Jesús esta promesa admirable: «El que cree en mí, las obras que yo hago, él también las hará, y aún mayores que estas hará»? El día de Pentecostés, cuando los apóstoles, por el poder del Espíritu, convirtieron tres mil almas a Dios. Cuando Jesús predicaba, solo unos pocos se arrepintieron. Corazín y Betsaida, Capernaum y Jerusalén no se arrepintieron; pero cuando los apóstoles predicaron, tres mil, con un solo sermón, fueron compungidos en sus corazones (Hechos 2:37-41). ¿Cuál era la razón de esta diferencia? Jesús la explicó en estas pocas palabras: «Porque yo voy al Padre». Desde que ha ido al Padre, para sentarse a su diestra, multitudes han recibido el don del arrepentimiento y del perdón de los pecados, porque ha ido allí precisamente para ese fin; como está escrito: «A este, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados» (Hechos 5:31). ¿Hemos recibido nosotros estos preciosos dones? ¿Se ha realizado en nuestras almas la gran obra, la obra de la conversión? Si así fuere, entonces ansiaremos hacer nosotros mismos grandes obras, salvando las almas de nuestros semejantes y arrebatándolas como tizones del fuego.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Philip makes a request

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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