El poder expulsivo de un nuevo afecto

No basta con conocer la vanidad del mundo

Demostrar la insignificancia del mundo deja al corazón desnudo y vacío; solo el amor a lo más digno puede suplantar el amor al mundo y obrar una verdadera revolución moral.

Esperamos que para entonces comprendáis la impotencia de una mera demostración de la insignificancia de este mundo. Su único efecto práctico, si lo tuviera, sería dejar el corazón en un estado que para todo corazón resulta insoportable: un mero estado de desnudez y de negación. Acaso recordéis la tenaz e invencible obstinación con que vuestro corazón ha vuelto una y otra vez a ocupaciones sobre cuya absoluta frivolidad suspiraba y lloraba apenas ayer. El cómputo de vuestros días efímeros puede, en día de reposo, causar la más clara impresión en vuestro entendimiento; y desde su lecho de muerte imaginado puede el predicador hacer descender una voz de reprensión y de burla sobre todas las ocupaciones terrenales; y al pintar ante vosotros las generaciones fugaces de los hombres, con la tumba absorbente adonde todos los goces e intereses del mundo se apresuran hacia su olvido seguro y veloz, puede que vosotros, conmovidos y solemnizados por su argumento, sintáis por un momento como si estuvierais a las puertas de una emancipación práctica y permanente de una escena de tanta vanidad.

Pero llega la mañana siguiente, y con ella los negocios del mundo, y los objetos del mundo, y las fuerzas que mueven al mundo; y la maquinaria del corazón, en virtud de la cual ha de tener algo que asir o a lo cual adherirse, le somete a una suerte de necesidad moral de actuar exactamente como antes; y en franca repulsión hacia un estado tan inclemente como el de verse congelado tanto en el goce como en el deseo, siente todo el calor y la urgencia de sus acostumbradas solicitaciones; y en el hábito y la historia del hombre entero no podemos detectar ni un solo síntoma de la nueva criatura. De modo que la iglesia, en vez de ser para él una escuela de obediencia, ha sido un mero paseo para el lujo de una emoción pasajera y teatral; y la predicación que es poderosa para constreñir la asistencia de multitudes, que es poderosa para sosegar y solemnizar a los oyentes hasta una suerte de sensibilidad trágica, que es poderosa por el juego de variedad y vigor que sabe sostener en torno a la imaginación, no es poderosa para derribar fortalezas.

No basta con comprender la inutilidad del mundo; hay que valorar el valor de las cosas de Dios.

El amor al mundo no puede ser borrado por una mera demostración de la inutilidad del mundo. Pero ¿no podría ser suplantado por el amor de aquello que es más digno que él mismo? No se puede persuadir al corazón a que renuncie al mundo por un simple acto de resignación. Pero ¿no podría persuadirse al corazón de admitir en su preferencia a otro, que subordine al mundo y lo deponga de su acostumbrada soberanía? Si el trono que allí está colocado ha de tener un ocupante, y el tirano que ahora reina lo ha ocupado de modo injusto, no abandonará un pecho que antes preferiría retenerlo que verse en la desolación. Pero ¿no podría ceder el paso al soberano legítimo, presentado con todo encanto capaz de asegurar su admisión gozosa, y tomando para sí su gran poder para sojuzgar la naturaleza moral del hombre y reinar sobre ella?

En una palabra, si la manera de desligar el corazón del amor positivo a un gran objeto soberano es fijarlo en el amor positivo a otro, entonces no es exponiendo la inutilidad del primero, sino presentando al ojo del alma el valor y la excelencia del segundo, como todas las cosas viejas han de pasar y todas las cosas han de llegar a ser nuevas. Borrar todos nuestros afectos presentes simplemente extirpándolos, dejando desocupado su asiento, sería destruir el viejo carácter sin sustituir ninguno nuevo en su lugar. Pero cuando se retiran ante la entrada de otros huéspedes; cuando resignan su dominio al poder y la predominancia de nuevos afectos; cuando, abandonando el corazón a la soledad, simplemente dan lugar a un sucesor que lo convierte en una morada tan activa de deseo, de interés y de expectativa como antes, no hay nada en todo esto que contraríe o que sojuzgue ninguna de las leyes de nuestra naturaleza racional; y vemos cómo, en plena conformidad con el mecanismo del corazón, puede obrarse en él una gran revolución moral.

El amor a Dios y el amor al mundo son irreconciliables.

Fuente y atribución

Autor original: Thomas Chalmers

Título original: The Expulsive Power of a New Affection — parte 6

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Thomas Chalmers, publicado originalmente en Grace Gems.

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