Si oyéramos un sermón todos los días de la semana, y un ángel del cielo fuera el predicador, con todo, si nos contentáramos con solo oír, nunca nos llevaría al cielo. Los que solo oyen se engañan a sí mismos; y el autoengaño será al fin el peor de los engaños. Si nos lisonjeamos a nosotros mismos, es culpa nuestra; la verdad, tal como es en Jesús, no lisonjea a nadie. Prestemos cuidadosa atención a la palabra de verdad, y ella pondrá ante nosotros la corrupción de nuestra naturaleza, los desórdenes de nuestros corazones y de nuestras vidas; y nos dirá con claridad lo que somos. Nuestros pecados son las manchas que la ley descubre: la sangre de Cristo es el lavadero que el evangelio muestra. Mas en vano oímos la palabra de Dios y nos miramos en el espejo del evangelio, si nos vamos y olvidamos nuestras manchas en lugar de lavarlas, y olvidamos nuestro remedio en lugar de aplicárnoslo. Esto es lo que ocurre con quienes no oyen la palabra como debieran. Al oír la palabra, escudriñamos en ella consejo y dirección, y cuando la estudiamos, se convierte en vida espiritual para nosotros. Los que permanecen en la ley y en la palabra de Dios son, y serán, bienaventurados en todos sus caminos. Su graciosa recompensa en el más allá estaría vinculada con su paz y consuelo presentes. Toda parte de la revelación divina tiene su uso: llevar al pecador a Cristo para salvación, y dirigirlo y alentarlo a andar en libertad, por el Espíritu de adopción, conforme a los santos mandamientos de Dios. Y notemos bien la distinción: no es por sus hechos que alguien es bienaventurado, sino en su hecho. No es hablar, sino andar, lo que nos llevará al cielo. Cristo se volverá más precioso para el alma del creyente, la cual por su gracia será más apta para la herencia de los santos en luz.
Diferencia entre vanas pretensiones y la verdadera religión (Santiago 1:26,27)
Cuando los hombres se toman más trabajo por parecer religiosos que por serlo realmente, es señal de que su religión es vana. El no refrenar la lengua, la disposición a hablar de las faltas ajenas o a menoscabar la sabiduría y piedad de otros, son señales de una religión vana. El hombre que tiene una lengua calumniadora no puede tener un corazón verdaderamente humilde y gracioso. Los falsos religiosos pueden conocerse por su impureza y falta de caridad. La verdadera religión nos enseña a hacer todo como en la presencia de Dios. Una vida sin mancha debe acompañar al amor y la caridad sinceros. Nuestra verdadera religión es igual a la medida en que estas cosas tienen lugar en nuestros corazones y en nuestra conducta. Y recordemos que nada aprovecha en Cristo Jesús, sino la fe que obra por amor, purifica el corazón, somete los deseos carnales y obedece los mandamientos de Dios.
Capítulo 2
Toda profesión de fe es vana si no produce amor y justicia hacia los demás (
Fuente y atribución
Autor original: Religious Tract Society
Título original: Devotional and Practical Commentary — James 1:22-25
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Religious Tract Society, publicado originalmente en Grace Gems.