En la medida en que nos conformamos al espíritu de este mundo, nuestro entendimiento se embota en las cosas de Dios, nuestros afectos se vuelven fríos y torpes, y nuestra conciencia menos tierna y sensible. Hay una oposición eterna entre Dios y el mundo que yace en maldad. Para que, pues, nuestra experiencia espiritual de la verdad de Dios mantenga su terreno, no debe ser embotada ni muerta por la conformidad con el mundo. Es como el sable que el soldado lleva a la batalla: no debe arrastrarse desnudo por el suelo, no sea que filo y punta se emboten; ambos deben mantenerse afilados y penetrantes para hacer estrago en el enemigo. Así es con nuestro entendimiento iluminado, con nuestra conciencia tierna y nuestros afectos celestiales. Si los dejamos caer sobre el mundo, es como un soldado que arrastra su sable por el pavimento: cada paso que da embota filo y punta.
Si nos conformamos a este mundo, perdemos la dulce comprensión que antes teníamos de la preciosa verdad de Dios; perdemos esa tierna sensibilidad de conciencia por la cual el pecado, cualquier pecado, se vuelve aflicción y carga para el alma. Un cristiano debe ser lo que se decía de un antiguo caballero: "sin temor y sin reproche." Así, el escudo del cristiano debe estar sin mancha, su reputación sin tacha. Su carácter no solo debe estar libre de defecto, sino aun de sospecha, tan inmaculado como el pudor de una mujer o el honor y la valentía de un hombre.
Ahora bien, a menudo caemos en esta conformidad mundana y corremos el riesgo de embotar la espada y manchar el escudo, poco a poco. Cedemos en esto y en aquello. Es cierto que estamos rodeados por los preceptos del evangelio, las alarmas de una conciencia tierna y muchos frenos poderosos, como tantos diques y malecones que contienen el mar del mundo; pero, como en Holanda, si se hace una sola brecha en el dique, el mar entra al instante. Así, si se abre una sola grieta en la conciencia, entonces el mar de la mundanalidad se precipita por la brecha, y si no fuera por la gracia de Dios, pronto inundaría el alma. Aun aparte de alguna tentación peculiar que abra una gran brecha, nuestros lazos sociales, nuestra ocupación diaria, los amigos y parientes que amamos según la carne, todo, por su poder sobre nuestros afectos naturales, nos apartan de tiempo en tiempo hacia esta conformidad mundana.
Aquí, pues, está el punto donde debemos hacer nuestra principal firmeza; porque si nos conformamos a las máximas, los principios, las costumbres y el espíritu del mundo, perdemos en esa medida esa posición espiritual que es la mayor bendición y privilegio del creyente. Descendemos del monte de comunión con el Señor y caemos en un lugar frío y miserable, donde la vida de Dios, aunque no extinta, queda reducida a su nivel más bajo.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: September 18
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.