Es de consuelo, en nuestras temporadas de prueba, meditar sobre esta solidaridad del Príncipe de los que sufren, esa compasión divina frente a la cual la simpatía humana más tierna y mejor es solo polvo en la balanza. El Salvador y simpatizante de Naín es siempre el mismo. Tuvo compasión; aún tiene compasión. Aquel que detuvo la procesión de duelo aquella noche de verano, en las llanuras de Jezreel, aún vive, y ama, y sostiene, y se compadece; y seguirá compadeciéndose hasta que la compasión ya no sea necesaria, en un mundo de luz y de gozo, de pureza y de paz. «No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humea».
III. Esto nos lleva, una vez más, ampliando el mismo pensamiento, a notar que el relato que tenemos delante está lleno de consuelo especial para los afligidos.
«¡NO LLORES!», repito. Al pronunciar esa palabra, Él no quiere prohibir las lágrimas; más bien parece decir con ella: «No derrames lágrimas por error. Si supieras todo el designio y el propósito que tengo en ese dolor amargo, en esa prueba que te apena, ahuyentarías esas lágrimas. No te atrevas a juzgar apresuradamente mis obras».
Contemplad la escena aquí descrita. Leemos que los presentes en el funeral, la multitud de dolientes y espectadores que acompañaban, «glorificaban a Dios». Sí, y si pudiéramos rasgar estos cielos y subirnos entre los adoradores celestiales, ¿quién sabe si acaso veríamos allí dos formas glorificadas inclinadas sobre los recuerdos de aquella hora del ocaso en Naín: la Viuda y su Hijo, contando, con ojos sin lágrimas, que fue aquella escena de muerte la que los condujo a sus tronos y coronas!
Dios nos dice siempre: «Confía en mí en la oscuridad». Habrá aún una revelación de misericordia y de amor en estas pruebas vuestras. Aquel «No llores» de Naín fue concebido para llevar su mensaje de solaz y consuelo a los innumerables corazones de todos los tiempos, abrumados por sus siempre cambiantes dolores, y muy especialmente a aquellos que llevan sus tesoros más preciados a la custodia de la tumba. Él quisiera proclamarnos, aun ahora, que tiene «poder sobre la muerte», que el Rey de los terrores debe acatar el cetro del Rey de reyes. Prepara a toda su Iglesia, en este milagro, para entonar el cántico profético: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?». Da al mundo una prenda del llamamiento que un día se dirigirá a sus dormidas multitudes: «¡Levantaos!», «¡Despertad y cantad, los que habitáis en el polvo!».
Ni la sencilla afirmación que aquí se hace respecto del joven carece de sentido inferencial: «Se lo entregó a su madre». Podemos volver a ella, aunque ya nos hemos referido a su carácter sugerente en el relato del milagro afín de Elías.
Jesús no se detuvo en el mero llamamiento a la vida, ni en contemplar al joven levantándose sobre su féretro y profiriendo sonidos articulados; sino que lo toma por la mano y la coloca, como su gran Profeta de Querit, en la de la madre que se regocija. El primer acto, en ambos casos, es restituir al muerto resucitado a los corazones que lo lloraban, y permitir el reanudar de la antigua y gozosa comunión. En esto, también como en lo anterior, ¿no podemos ensayar la misma inferencia, corroborada además por otras afirmaciones y referencias de la Escritura? ¿No podrá llevarnos a abrigar la gozosa y deleitosa perspectiva del reencuentro con los que hemos amado? Que aquellos tiernos afectos, cultivados y santificados en la tierra, solo habrán de interrumpirse por un tiempo a causa de la muerte, para reanudarse en mundos mejores y más luminosos, donde el dolor de la pérdida, la orfandad y la viudez no se sentirán ni se temerán jamás. El gran «¡LEVÁNTATE!» que sobresaltará a los muertos dormidos (los que duermen en Jesús) será seguido de reconocimientos personales y de comuniones restauradas; las viejas sonrisas iluminando el rostro, la voz, con sus tonos familiares, afinada y dispuesta para servicios más nobles y cantos más sublimes.
Entretanto, que los afligidos y los que lloran se inclinen con una callada y sin quejas sumisión a la voluntad de Dios, gozándose en la posesión presente de la compasión de Jesús, y mirando hacia adelante, con corazones triunfantes, a aquella mañana sin nubes cuando «el sol» de la prosperidad terrenal «no se pondrá más, ni la luna retraerá su luz», sino cuando, reunidos con los amigos separados por la muerte y sin lágrimas que nublen sus ojos, «el Señor será su luz eterna, y los días de su luto habrán terminado».
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE DEATH OF AN ONLY SON — Parte 3
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.