Religión entre semana

No para ser servido, sino para servir

Una reflexión sobre el amor cristiano que nos llama a servir aun a los más indignos y desagradables, siguiendo el ejemplo de Cristo, quien vino a ministrar y no a ser ministrado.

Hay muchas personas que desean ser útiles, que desean vivir para ayudar a otros, pero que encuentran obstáculos insuperables en el camino. Hay algunas a quienes les resulta bastante fácil ministrar: a los de carácter amable, a los que son sus amigos y que fácilmente reciprocan cualquier favor que se les muestre. Pero no basta con limitar las salidas de su ayuda y ministerio a clases tan pequeñas como estas. Aun los pecadores hacen el bien a quienes les hacen el bien, y dan a quienes de quienes esperan recibir de vuelta. El cristiano debe hacer más. Aun debe hacer el bien a quienes le odian. Debe ministrar a cualquiera que necesite su ministerio, a pesar de su carácter, o de su trato hacia él. Aun hacia las personas indignas y desagradables, debe mantener ese amor que nunca falla.

Pero ¿cómo puedo ayudar a alguien a quien no puedo respetar? ¿Cómo puedo ser útil a quien solo me trata con insultos y desdenes?

Hay una manera de relacionarnos con todos los hombres que nos rodean, que resuelve todas estas dificultades y nos hace fácil hacer el bien a cualquiera. Mientras pensemos en nosotros mismos y en lo que se nos debe de parte de otros, nos será imposible ministrar a muchísimas personas. Pero donde reina el verdadero amor cristiano en el corazón, el centro de la vida ya no cae dentro del estrecho círculo del YO.

Quienes estudien con cuidado la vida de nuestro Señor quedarán impresionados por su maravillosa reverencia por la vida humana. No miró a nadie con desdén ni desprecio. El fragmento más insignificante de humanidad que se arrastraba a su presencia, pisoteado, desgarrado, manchado, profanado, era, sin embargo, sagrado a sus ojos. Nunca despreció a ningún ser humano. Y, además, se presentó ante los hombres no como un rey que exige atención, reverencia, servicio, sino como uno que deseaba servir, ayudar, levantar. Dijo que no había venido para ser servido, sino para servir.

Nunca pensó en lo que se le debía de parte de los hombres, sino siempre en lo que él podía hacer por ellos, cómo podía servirles. ¿Cómo podría ser de otro modo, dado que vino a la tierra únicamente para salvar a los hombres, y dado que su corazón estaba tan lleno de amor por ellos? Siempre que un ser humano se presentaba ante él, veía a uno en cuyo corazón había penas que necesitaban simpatía, o a uno magullado por el pecado que necesitaba sanidad y restauración. Así pudo servir a todos con facilidad. Cuanto más repulsiva era la vida que se presentaba ante él, tanto más profundamente, en cierto sentido, apelaba a su amor, porque necesitaba su ayuda aún más a causa de su repulsividad.

Estararemos preparados para buscar el bien de otros de la manera más amplia y verdadera solo cuando hayamos aprendido a mirar las vidas humanas como lo hizo nuestro Señor. No hubo criatura pobre y arruinada que entrara en su presencia en quien él no viera, bajo todo el desgaste del pecado, algo digno de su amor. No hubo uno a quien él considerara una degradación servir. Cuando los discípulos discutían sobre quién tomaría el lugar del siervo y lavaría los pies de los otros, él se levantó con tranquilidad y realizó el humilde servicio. Nunca fue más consciente de su excelsa gloria que en aquella hora, y sin embargo no hubo renuencia en su corazón. La cuestión de su inmensurable inferioridad respecto a él nunca se levantó en su mente. Nunca pensó ni por un momento que estos hombres no fueran dignos de que tal servicio servil fuera prestado para ellos por manos como las suyas. Vio en ellos algo que hacía que no fuera degradación, aun para su divinidad, servirles. Cuando hayamos aprendido a mirar las vidas humanas como él lo hacía, ya no será una tarea dolorosa ministrar, a cualquier costo, a los más humildes e indignos que nos rodean.

Estamos suficientemente dispuestos a servir a quienes honramos. Pero solemos considerar nuestras vidas demasiado sagradas para ser gastadas o sacrificadas por aquellos a quienes consideramos inferiores a nosotros.

Una mujer tierna y delicada deja su bello hogar resguardado, y se abre camino hasta las salas de fiebre del hospital de la ciudad, o hasta las lúgubres celdas de una prisión, para tratar de ayudar a los enfermos o a los criminales que encuentra allí. Una joven culta se aparta de la comodidad y el lujo, de los círculos de amigos amantes, y de los honores y triunfos sociales, y se sumerge en el corazón de una tierra pagana para vivir su bella y áurea vida trabajando por los salvajes. Un joven piadoso se aparta del aplauso y la comodidad, y se entrega al rescate de las clases míseras en una gran ciudad. Por todas partes la gente dice: "Estas vidas son demasiado preciosas para tal obra. Son demasiado refinadas, demasiado hermosas, demasiado delicadas, demasiado valiosas, para ser sacrificadas en tal servicio." Pero si no hubo nada en esa vida tan preciosa, tan divina del Señor Jesús, que fuera demasiado bueno para derramarse en servir a aquellos por quienes dio su vida, ¿diremos que alguna vida humana es tan sagrada, tan valiosa, que no pueda encontrar empleo adecuado en servir a los hombres y mujeres más pobres, más ignorantes, más míseros que se puedan hallar en prisión, en selva, en hospital, en vivienda lúgubre o miserable buhardilla?

Cuando aprendamos a medir a los otros, no por su rango y posición, sino por su inmortalidad, por las posibilidades que yacen en la vida más arruinada, ya no será humillante para nosotros hacer aun el servicio más humilde por la menor de las criaturas de Dios. Entonces no habrá nada en nosotros que parezca demasiado rico o demasiado sagrado para derramarse aun por los más despreciados. Podemos honrarnos a nosotros mismos y ser conscientes de todo el poder y la dignidad de nuestras vidas como hijos de Dios, y sin embargo no considerarnos demasiado buenos para ministrar a los más pequeños y a los últimos.

No hay otra actitud en la que podamos situarnos respecto a los que nos rodean, en la que podamos cumplir la ley del amor cristiano, que nos requiere hacer el bien a todos los hombres. No debemos pensar en nosotros mismos como merecedores de la atención de otros. No estamos en este mundo para que se nos haga mucho caso, para que se nos espere y se nos sirva. En el momento en que comencemos a relacionarnos así con los otros, dejamos de ser en gran medida útiles, o útiles del todo en el sentido cristiano. Entonces medimos a cada uno por su capacidad y disposición para servirnos. Calificamos a los otros según sean, a nuestro juicio, agradables o desagradables. La repulsividad nos repele, porque solo pensamos en ella por su efecto sobre nuestros propios sentimientos y gustos.

Amamos solo a las personas agradables, somos bondadosos solo con los que son bondadosos con nosotros, y servimos solo a quienes consideramos honorables y dignos. El trato rudo de otros cierra nuestros corazones hacia ellos. En una palabra, no hacemos nada por motivos desinteresados, y buscamos siempre nuestro propio provecho. Esto puede hacernos muy agradables y amables en el pequeño círculo de nuestros amigos personales, y aun en la vida de negocios y social; pero está infinitamente lejos del espíritu y la práctica del verdadero amor y servicio cristiano.

Debemos considerarnos los siervos de otros, por amor a Jesús. Debemos ponernos ante los hombres como lo hizo nuestro Maestro, no preguntando qué beneficio o ayuda podemos obtener de ellos, sino qué podemos hacer por ellos. Se verá a simple vista que si miramos a los otros de esta manera desinteresada, con nuestros corazones anhelando hacerles el bien, todo el aspecto del mundo cambiará. No estamos aquí para recibir y reunir, sino para dar y esparcir; no para ser servidos y tratados generosamente, sino para servir sin importar el carácter de los hombres ni su trato hacia nosotros. Esto inviste cada vida humana de una maravillosa sacralidad. Abate nuestro orgullo, y lo mantiene bajo nuestros pies. Cambia el desdén en compasión. Suaviza nuestros tonos y nos quita nuestro espíritu altivo y dictatorial. En lugar de ser repelidos por la repulsividad moral de los hombres, se despierta nuestra piedad y nuestros corazones salen con profundo y amoroso anhelo de sanarles y bendecirles. En lugar de ofendernos por la rudeza y la desconsideración de los hombres, soportamos con paciencia sus faltas, esperando hacerles bien. Nada de lo que ellos puedan hacernos convierte nuestro amor en odio. Continuamos buscando su interés, a pesar de sus desdenes, insultos y crueldades. Nos alegramos de gastar y ser gastados por otros, aun cuando cuanto más abundantemente los amamos, menos ellos nos aman.

Con este espíritu ya no es difícil hacer el bien a las personas más desagradables, ayudar a los más indignos. Es fácil, entonces, amar a nuestros enemigos de la única manera en que nos es posible amarlos. No podemos amarlos como a nuestros amigos. No podemos aprobar sus faltas ni aplaudir sus inmoralidades ni hacer blanco lo negro. No podemos hacernos pensar que sus caracteres son hermosos, cuando están llenos de repulsividad; ni que su conducta es recta, cuando es manifiestamente equivocada. El amor no juega tales trucos con nuestras percepciones morales. No nos venda los ojos ni nos hace daltónicos. No nos hace tolerantes del pecado, ni indiferentes a las manchas de los hombres. Cristo nunca bajó, ni un cabello, la perfecta norma de santidad con la que medía a todos los hombres y toda la vida. Tampoco debemos nosotros.

Debemos conservar siempre vivos en nuestras almas el ideal puro y sin mancha. No debemos mirar ningún pecado con lenidad ni con disculpa, y sin embargo debemos amar al pecador, compadecerle y tener misericordia de él; y en lugar de apartarnos de él con horror y orgullo de propia justicia, debemos buscar por todos los medios levantarlo y salvarlo. Bajo toda la ruina de su pecado yace la belleza destrozada de la imagen divina, que los dedos gentiles del amor pueden reparar y restaurar.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Not to Be Ministered Unto

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura