El trono de la gracia

Orar en el Espíritu: gozo, paz y esperanza para el creyente

Una exhortación a buscar la dirección del Espíritu Santo en la oración, seguida de una plegaria y dos himnos que imploran su luz, su consuelo y su morada en el alma.

¡Cristiano! ¿Deseas que tus oraciones suban así, como fragante incienso, al trono de la gracia? ¡Oh! Entonces busca que el Espíritu moldee y conforme el deseo que Él ha despertado. El Amigo está siempre cerca cuyo auxilio necesitas, y la oración dictada por Él, aunque su lenguaje sea como las sencillas expresiones de un niño, tendrá una elocuencia y un poder propios, y estará revestida de una preciousidad ante la vista de Dios infinitamente mayor que aquellas peticiones elocuentes que provienen de labios no tocados por el fuego celestial. Aquello que es el aliento mismo de su divino Espíritu en el corazón debe, en verdad, estar lleno de fragancia para Dios.

"Ahora el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo". Lector, si quieres "gozo y paz", ora por el Espíritu Santo. Si quieres "abundar en esperanza", ora por el Espíritu. Si quieres ser más puro y santo, ora por el Espíritu. Si quieres ser fuerte para el deber, para el peligro y para la prueba, ora por el Espíritu. Él iluminará tu mente cada vez más en el conocimiento de Cristo. Él impartirá aquellas disposiciones y afectos graciosos en que consiste principalmente la verdadera religión. Él llevará adelante su propia obra en tu corazón, no obstante todos los cambios y vicisitudes de la vida, y hallarás, en el día de la enfermedad y en la hora de la muerte, "aquella paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento", y aquel "gozo en el Espíritu Santo que nadie os quita", que sostienen y alegrán tu alma, y son para ti dulces anticipos de los gozos que están a la diestra de Dios, y de aquellos placeres que son para siempre.

Padre celestial, nos humillamos ante Ti, confesando que no somos dignos ni aun de la menor de tus misericordias. Te adoramos como el Padre de las luces, de quien desciende todo don bueno y perfecto. Y sin atribuirnos ningún mérito ni excelencia, quisiéramos, mientras vivamos, rendirte la debida alabanza y el incesante agradecimiento por tu bondad inmerecida.

¡Oh! Derrama sobre nosotros, te suplicamos, tu Santo Espíritu, por el cual seamos guiados a toda verdad. Que Él ilumine, vivifique, consuele y fortalezca, y nos moldee en gradual conformidad con tu voluntad divina.

Perdona, oh Dios, en lo que te hemos ofendido contristando o resistiendo a tu Santo Espíritu. No permitas que le hagamos afrenta, no sea que deje de contender más con nosotros. No nos eches de tu presencia, ni quites de nosotros tu Santo Espíritu. Antes bien, concede que Él permanezca con nosotros continuamente, para que en medio de las múltiples mudanzas, pruebas y aflicciones de esta vida, seamos fortalecidos, conforme a su glorioso poder, para toda paciencia y paciencia con gozo.

Concede, oh Dios, que así abundemos cada vez más en fe, y amor, y piedad; en todo santo deseo, en todo buen propósito, en toda afectuosa y fraternal disposición; en toda inclinación mansa, paciente, humilde, pura y pacífica; para que el nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en nosotros, y nosotros en Él, conforme a la gracia que por medio de Él nos has concedido. Que todo nuestro espíritu, alma y cuerpo sea establecido en santidad delante de Ti, y conservado irreprensible, hasta la venida de nuestro Señor y Salvador con todos sus santos. Te rogamos humildemente que nos oigas y nos respondas, por amor de tu amado Hijo, nuestra fortaleza y nuestro Redentor. Amén.

Ven, Espíritu Santo, Paloma celestial,

Mis pecados y males quita ya;

Oh, sé mi luz y mi guía cabal,

Y preside mi mente y mi andar.

La luz de la verdad hazme mirar,

Para que mi camino pueda elegir;

Planta el santo temor en mi corazón,

Para que de Dios nunca me aparte yo.

Condúceme seguro, llévame lejos

De todo pecado y lazo dañino;

Llévame a Dios, mi postrer descanso,

Para que gozarle sea mi destino.

Llévame a Cristo, el camino que vive,

Y no deje yo su presencia jamás;

Llévame al cielo, la sede del gozo,

Donde el placer perfecto se hallará.

Llévame a la santidad, el sendero

Que a habitar con Dios he de tomar;

Llévame a tu Palabra, que impera y ordena

Y segura dirección para vivir.

Llévame a los medios de gracia, donde

Mis necesidades pueda yo mostrar,

Y buscar el socorro que me falta.

Llévame a Ti, la fuente de donde

Toda vivificante influencia brota.

Así, por Ti siempre conducido,

Hijo amado de Dios seré yo;

Aquí a su familia perteneceré,

Y después con Él reinaré por siempre.

—Simon Brown

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Espíritu Santo, en mi pecho

Concede que la viva Fe more,

Y domeñe todo rebelde pensamiento,

Para creer lo que Tú has enseñado.

Cuando en torno a mi alma que se hunde

Se acumulen las olas del dolor,

Espíritu, bendice, calma la tempestad,

Y con Esperanza llena mi corazón.

Espíritu Santo, de mi mente aparta

Pensamiento y deseo y voluntad cruel,

Obra y palabra dañosa, quita ya,

Y llena mi pecho con tu Amor.

Fe, Esperanza y Caridad,

Consolador, de Ti descienden;

Tú eres el Espíritu de Unción,

Estos tus dones a nosotros imparte.

Hasta que la fe se pierda en la visión,

La esperanza se absorba en el deleite,

Y el amor vuelva a habitar contigo,

En la Deidad tres veces una.

—Richard Mant

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: PROMISED HELP — Parte 2

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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