La mejor, la más grande ofrenda es una ofrenda de oración. Si los predicadores del siglo XX aprenden bien la lección de la oración y usan plenamente el poder de la oración, el milenio llegará a su mediodía antes de que cierre el siglo. «Orad sin cesar» es el llamado de trompeta a los predicadores del siglo XX. Si el siglo XX recibe sus textos, sus pensamientos, sus palabras, sus sermones en sus closets, el siglo siguiente hallará un cielo nuevo y una tierra nueva. El viejo cielo y la vieja tierra, manchados y eclipsados por el pecado, pasarán bajo el poder de un ministerio que ora.
18. Los predicadores necesitan las oraciones del pueblo
Si algunos cristianos que se han estado quejando de sus ministros hubieran dicho y actuado menos ante los hombres, y se hubieran aplicado con todas sus fuerzas a clamar a Dios por sus ministros; si, por así decirlo, se hubieran levantado y asaltado el cielo con sus humildes, fervientes e incesantes oraciones por ellos, habrían estado mucho más en camino de éxito. Jonathan Edwards
De alguna manera, la práctica de orar en particular por el predicador ha caído en desuso o se ha menospreciado. Ocasionalmente hemos oído que se acusa a esta práctica como un menosprecio del ministerio, como una declaración pública de quienes la hacen sobre la ineficiencia del ministerio. Tal vez ofende el orgullo de la erudición y la autosuficiencia, y ambos deberían ser ofendidos y reprendidos en un ministerio tan negligente que permite que existan.
La oración, para el predicador, no es simplemente el deber de su profesión, un privilegio, sino una necesidad. El aire no es más necesario para los pulmones que la oración para el predicador. Es absolutamente necesario que el predicador ore. Es absolutamente necesario que oren por el predicador. Estas dos proposiciones están unidas en una unión que jamás debe conocer divorcio: el predicador debe orar; el predicador debe ser objeto de oración. Se necesitará toda la oración que él pueda hacer y toda la oración que pueda lograr que otros hagan, para afrontar las terribles responsabilidades y alcanzar el mayor y más verdadero éxito en su gran obra. El verdadero predicador, después de cultivar en sí mismo el espíritu y el hecho de la oración en su forma más intensa, anhela con gran codicia las oraciones del pueblo de Dios.
Cuanto más santo es un hombre, más valora la oración; más claramente ve que Dios se entrega a los que oran, y que la medida de la revelación de Dios al alma es la medida del anhelo e importuna oración del alma por Dios. La salvación nunca halla camino hacia un corazón sin oración. El Espíritu Santo nunca mora en un espíritu sin oración. La predicación nunca edifica un alma sin oración. Cristo no conoce cristianos sin oración. El evangelio no puede ser proyectado por un predicador sin oración. Dones, talentos, educación, elocuencia, el llamado de Dios, no pueden disminuir la exigencia de la oración, sino que solo intensifican la necesidad de que el predicador ore y de que oren por él. Cuanto más se abren los ojos del predicador a la naturaleza, la responsabilidad y las dificultades de su obra, más verá, y si es un verdadero predicador más sentirá, la necesidad de la oración; no solo la creciente demanda de orar él mismo, sino de llamar a otros para que lo ayuden con sus oraciones.
Pablo es una ilustración de esto. Si algún hombre podía proyectar el evangelio por fuerza personal, por poder cerebral, por cultura, por gracia personal, por comisión apostólica, por llamamiento extraordinario de Dios, ese hombre era Pablo. Que el predicador debe ser un hombre entregado a la oración, Pablo es un ejemplo eminente. Que el verdadero predicador apostólico debe contar con las oraciones de otras personas buenas para dar a su ministerio su plena cuota de éxito, Pablo es un ejemplo preeminente. Él pide, anhela, suplica de manera apasionada la ayuda de todos los santos de Dios. Sabía que en el reino espiritual, como en cualquier otro, en la unión hay fuerza; que la concentración y agregación de fe, deseo y oración aumentaban el volumen de la fuerza espiritual hasta volverse abrumadora e irresistible en su poder. Unidades de oración combinadas, como gotas de agua, forman un océano que desafía la resistencia. Así que Pablo, con su clara y plena comprensión de la dinámica espiritual, determinó hacer su ministerio tan impresionante, tan eterno, tan irresistible como el océano, reuniendo todas las unidades dispersas de oración y precipitándolas sobre su ministerio. ¿No se encontrará acaso la explicación de la preeminencia de Pablo en labores y resultados, y en su impacto en la Iglesia y el mundo, en el hecho de que fue capaz de concentrar en sí mismo y en su ministerio más oración que otros? A sus hermanos de Roma escribió: «Ahora, pues, os ruego, hermanos, por el Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que ayudéis en oración por mí a Dios». A los Efesios dice: «Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, para que me sea dada palabra cuando abra mi boca, para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio». A los Colosenses enfatiza: «Orando también por nosotros, para que Dios nos abra puerta de palabra, para hablar el misterio de Cristo, por el cual estoy preso; para que lo manifieste como debo hablarlo». A los tesalonicenses dice con nitidez y fuerza: «Hermanos, orad por nosotros». Pablo llama a la iglesia de Corinto a ayudarlo: «También vosotros ayudadnos con oraciones». Esto debía ser parte de su labor. Debían poner la mano auxiliadora de la oración. En una advertencia adicional y final a la iglesia de Tesalónica sobre la importancia y necesidad de sus oraciones dice: «Finalmente, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor corra y sea glorificada, así como lo fue entre vosotros, y para que seamos librados de hombres perversos e insensatos». Él hace ver a los Filipenses que todas sus pruebas y oposiciones pueden servir para la extensión del evangelio por la eficacia de sus oraciones por él. Filemón debía prepararle alojamiento, pues a través de la oración de Filemón Pablo sería su huésped.
La actitud de Pablo ante esta cuestión ilustra su humildad y su profunda comprensión de las fuerzas espirituales que proyectan el evangelio. Más aún, enseña una lección para todos los tiempos: si Pablo dependía tanto de las oraciones de los santos de Dios para dar éxito a su ministerio, ¡cuánto mayor es la necesidad de que las oraciones de los santos de Dios se centren en el ministerio de hoy!
Pablo no sentía que esta súplica urgente de oración fuera a rebajar su dignidad, disminuir su influencia o menospreciar su piedad. ¿Y qué si así fuera? Que se vaya la dignidad, que se destruya la influencia, que se manche su reputación: él debía tener sus oraciones. Llamado, comisionado, jefe de los apóstoles como era, todo su equipamiento era imperfecto sin las oraciones de su pueblo. Escribía cartas por todas partes, exhortándolos a orar por él. ¿Oras por tu predicador? ¿Oras por él en secreto? Las oraciones públicas valen poco si no se fundan o complementan con la oración privada. Los que oran son para el predicador lo que Aarón y Hur fueron para Moisés. Sostienen sus manos y deciden la batalla que tan ferozmente arde a su alrededor.
La súplica y el propósito de los apóstoles eran poner a la Iglesia a orar. No ignoraban la gracia de la dadiva alegre. No desconocían el lugar que la actividad religiosa y la obra ocupaban en la vida espiritual; pero ni uno ni todos estos, en el juicio o la urgencia apostólicos, podían compararse en necesidad e importancia con la oración. Se emplearon las súplicas más sagradas y urgentes, las exhortaciones más fervientes, las palabras más comprehensivas y despertadoras, para hacer cumplir la obligación y necesidad sumamente importantes de la oración.
«Poned a los santos de todas partes a orar» es la carga del esfuerzo apostólico y la clave del éxito apostólico. Jesucristo se había esforzado por hacer esto en los días de su ministerio personal. Conmovido por una compasión infinita ante los campos maduros de la tierra que perecían por falta de obreros, y haciendo pausa en su propia oración, procura despertar las insensibles sensibilidades de sus discípulos al deber de la oración, encargándoles: «Pedid al Señor de la mies que envíe obreros a su mies». «Y les dijo una parábola sobre que es menester orar siempre, y no desmayar».
19. La deliberación es necesaria para los mayores resultados de la oración
Este continuo apresuramiento de negocios y compañía me arruina en el alma, si no en el cuerpo. ¡Más soledad y horas más tempranas! Sospecho que he estado asignando habitualmente muy poco tiempo a los ejercicios religiosos, como la devoción privada, la meditación religiosa, la lectura de las Escrituras, etc. Por eso estoy enjuto, frío y duro. Más me valdría dedicar dos horas, o una hora y media, diariamente. He estado acostándome muy tarde, y por tanto solo he tenido para mí una apresurada media hora por la mañana. Ciertamente, la experiencia de todos los buenos hombres confirma la proposición de que sin la debida medida de devociones privadas el alma se enjuta. Pero todo puede hacerse por medio de la oración —oración todopoderosa, estoy listo para decirlo— ¿y por qué no? Que sea todopoderosa es solo por la graciosa ordenación del Dios de amor y verdad. ¡Oh, entonces, orad, orad, orad! William Wilberforce
Nuestras devociones no se miden por el reloj, pero el tiempo es de su esencia. La capacidad de esperar, permanecer e insistir pertenece esencialmente a nuestra comunión con Dios. La prisa, en todas partes inapropiada y dañina, lo es de manera alarmante en el gran asunto de la comunión con Dios. Las devociones breves son la ruina de la verdadera piedad. La calma, la comprensión, la fortaleza, nunca son compañeras de la prisa. Las devociones breves agotan el vigor espiritual, detienen el progreso espiritual, minan los cimientos espirituales, marchitan la raíz y la flor de la vida espiritual. Son la prolífica fuente de la apostasía, la señal segura de una piedad superficial; engañan, marchitan, pudren la semilla y empobrecen la tierra.
Es cierto que las oraciones bíblicas, en palabra y en letra, son breves, pero los hombres de oración de la Biblia estuvieron con Dios a través de muchas horas dulces y santas de lucha. Vencieron con pocas palabras pero con larga espera. Las oraciones que registra Moisés pueden ser breves, pero Moisés oró a Dios con ayunos y grandes clamores cuarenta días y cuarenta noches.
La narración de la oración de Elías puede condensarse en unos pocos párrafos breves, pero sin duda Elías, quien cuando «oraba, oraba», pasó muchas horas de lucha ardiente y elevada comunión con Dios antes de poder, con audacia segura, decir a Acab: «No habrá rocío ni lluvia en estos años, sino conforme a mi palabra». El resumen verbal de las oraciones de Pablo es breve, pero Pablo «oraba noche y día en gran manera». La «Oración del Señor» es un epítome divino para labios infantiles, pero el hombre Cristo Jesús oró muchas noches enteras antes de que su obra terminara; y sus devociones de toda la noche y prolongadas dieron a su obra su terminación y perfección, y a su carácter la plenitud y gloria de su divinidad.
La obra espiritual es una obra exigente, y los hombres se resisten a hacerla. Orar, el verdadero orar, cuesta un gasto de seria atención y de tiempo, que la carne y la sangre no saborean. Pocas personas están hechas de fibra tan fuerte como para hacer un costoso desembolso cuando un trabajo superficial pasará igual en el mercado. Podemos habituarnos a nuestra mendiga oración hasta que nos parezca bien; al menos mantiene una forma decente y aquieta la conciencia —¡el más mortal de los opiáceos! Podemos menospreciar nuestra oración y no darnos cuenta del peligro hasta que los cimientos se hayan ido. Las devociones apresuradas hacen fe débil, convicciones frágiles, piedad cuestionable. Ser poco con Dios es ser poco para Dios. Acortar la oración hace que todo el carácter religioso sea corto, mezquino, tacaño y descuidado.
Se necesita buen tiempo para el pleno fluir de Dios en el espíritu. Las devociones breves cortan la tubería del pleno fluir de Dios. Se necesita tiempo en los lugares secretos para obtener la plena revelación de Dios. Poco tiempo y prisa estropean el cuadro.
Henry Martyn lamenta que «la falta de lectura devocional privada y la brevedad de la oración, debido al incesante hacer sermones, habían producido mucha extrañeza entre Dios y su alma». Juzgó que había dedicado demasiado tiempo a los ministerios públicos y muy poco a la comunión privada con Dios. Quedó muy impresionado de apartar tiempos para el ayuno y consagrar tiempos para la oración solemne. Como resultado de esto registra: «Esta mañana fui auxiliado para orar dos horas». Dijo William Wilberforce, el par de los reyes: «Debo asegurar más tiempo para las devociones privadas. He estado viviendo de manera demasiado pública para mí. El acortamiento de las devociones privadas hambrienta el alma; se enjuta y desmaya. He estado acostándome muy tarde». De un fracaso en el Parlamento dice: «Permítaseme registrar mi dolor y vergüenza, y todo, probablemente, por haberse acortado las devociones privadas, y así Dios me dejó tropezar». Más soledad y horas más tempranas fueron su remedio.
Más tiempo y horas más tempranas para la oración obrarían como magia para avivar y vigorizar muchas vidas espirituales decaídas. Más tiempo y horas más tempranas para la oración se manifestarían en una vida santa. Una vida santa no sería cosa tan rara ni tan difícil si nuestras devociones no fueran tan breves y apresuradas. Un temperamento semejante al de Cristo, en su dulce e impasible fragancia, no sería una herencia tan ajena y desesperanzada si nuestra estadía en el closet se alargara e intensificara. Vivimos miserablemente porque oramos mezquinamente. Tiempo abundante para festejar en nuestros closets traerá médula y gordura a nuestras vidas. Nuestra capacidad de permanecer con Dios en nuestro closet mide nuestra capacidad de permanecer con Dios fuera del closet. Las visitas apresuradas al closet son engañosas y morosas. No solo nos engañan, sino que perdemos por ellas de muchas maneras y en muchas ricas herencias. Demorarse en el closet instruye y vence. Nos enseña por ello, y las mayores victorias son a menudo el resultado de una gran espera —esperar hasta que las palabras y los planes se agoten, y la espera silenciosa y paciente gana la corona. Jesucristo pregunta con énfasis ofendido: «¿No hará justicia Dios a sus escogidos, que claman a él día y noche?»
Orar es lo más grande que podemos hacer; y para hacerlo bien debe haber calma, tiempo y deliberación; de lo contrario se degrada en lo más pequeño y miserable. La verdadera oración tiene los mayores resultados para bien; y la pobre oración, los menores. No podemos hacer demasiada oración verdadera; no podemos hacer muy poca de la fingida. Debemos aprender de nuevo el valor de la oración, entrar de nuevo en la escuela de la oración. No hay nada que requiera más tiempo para aprender. Y si queremos aprender el maravilloso arte, no debemos dar un fragmento aquí y allá —«Una pequeña charla con Jesús», como cantan los pequeños santos—, sino que debemos exigir y retener con puño de hierro las mejores horas del día para Dios y la oración, o no habrá oración que merezca el nombre.
Fuente y atribución
Autor original: E. M. Bounds
Título original: Power Through Prayer — parte 9
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de E. M. Bounds, publicado originalmente en Grace Gems.