La vida de Cristo para cada día

Paz a vosotros y heridas glorificadas

Cristo se aparece en la tarde a sus discípulos congregados, les ofrece la paz ganada en la cruz y muestra sus heridas glorificadas, invitándonos a preguntar si estaremos en su gloria.

Durante el curso del día de la resurrección, el Señor Jesús se apareció a varios de los suyos, ya fuera solos, o cuando dos o tres estaban juntos. Pero coronó los goces del día mostrándose en la tarde a una asamblea más numerosa. Los apóstoles, los discípulos de Emaús y otros además, conversaban todos acerca de su Señor resucitado, cuando de pronto lo vieron de pie ante ellos. Nada podía ser más consolador que las palabras que pronunció: «Paz a vosotros.» Todas sus salutaciones a su pueblo aquel día habían estado llenas de simpatía y aliento. A la María que lloraba le había dicho: «¿Por qué lloras?»; a las mujeres gozosas: «¡Salve!»; a los discípulos afligidos: «¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis, y estáis tristes?» A Simón Pedro no sabemos qué le dijo; pero estamos persuadidos de que aquel que le envió un mensaje lleno de gracia le dio una tierna recepción. A sus apóstoles congregados dijo: «Paz a vosotros.» Esta paz la ganó con los dolores de la muerte. El hombre la perdió en el Edén; el Hijo del Hombre la recuperó en el Calvario. Él hizo la paz por la sangre de su cruz (Colosenses 1:20); y resucitó del sepulcro para conferir esa paz sobre su pueblo. Aún vive para concederla a cuantos la piden. Si hay algún alma inquieta que busca felicidad pero no sabe cómo obtenerla, que esa criatura inquieta caiga humilde a los pies de Jesús e implore su bendición; la paz fluirá tarde o temprano en aquel corazón atribulado. Un dulce sentido de perdón, una viva esperanza del cielo y un ferviente amor a Dios —estos sentimientos componen la paz que Jesús da.

¡Cuán conmovedor debió ser ver al Señor mostrando a sus discípulos sus propias manos y pies heridos, e invitándolos a tocar su sagrada persona! Dios permitió que estas huellas de amor permanecieran después de que las heridas fueran sanadas para siempre. El apóstol Juan, al hablar de su Señor al inicio de su primera epístola, alude a los privilegios que había gozado: «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida».

Los apóstoles gozaron de algunos privilegios que nosotros nunca hemos conocido. Oyeron aquella voz bendita, vieron aquella forma sagrada, tocaron aquellos preciosos miembros; pero hay goces aun más elevados que esperamos compartir con ellos en lo por venir. El compasivo Salvador, que se condescendió a comer con sus discípulos después de resucitar de entre los muertos, ha prometido admitir a todo su pueblo a íntima comunión consigo. No hay criatura tan humilde —ni alma tan ignorante— ni pecador tan perdido, que, si siente el deseo de estar con Jesús, sea rechazado de su presencia. Pero ni un solo ser se acercará a él en gloria que no lo haya amado en la tierra. A todos los que no lo aman él dirá: «Apartaos.» ¡Cómo habría arruinado la entrada de un enemigo el gozo de aquella velada que Cristo pasó con sus apóstoles! Judas no estaba allí. Sin duda, en días pasados, había suscitado muchas disensiones entre el pequeño grupo. No habrá ni un solo enemigo en el cielo que interrumpa la armonía. El creyente débil estará allí; el descarriado restaurado estará allí; el pecador, arrancado en la última hora como tizón del fuego, estará allí —pero ni un hipócrita, ni un formalista farisaico, ni una persona de mente mundana, ni uno que no ame al Señor Jesucristo. Pregunte cada uno a su propia alma: «¿Estaré yo allí?»

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Christ eats in the presence of his disciples

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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