Si Dios lo hubiera querido, cada uno de nosotros podría haber entrado en el cielo en el momento de su conversión. No era absolutamente necesario, para prepararnos para la inmortalidad, que nos detuviésemos aquí en la tierra. Es posible que un hombre sea llevado al cielo y hallado apto para ser participante de la heredad de los santos en luz, aun cuando apenas acaba de creer en Jesús. Es cierto que nuestra santificación es un proceso largo y continuo, y no seremos perfeccionados hasta que dejemos estos cuerpos y entremos tras el velo. Pero, con todo, si el Señor lo hubiera querido, podría habernos transformado de la imperfección a la perfección y habernos llevado al cielo al instante.
¿Por qué, pues, estamos aquí en la tierra?
¿Retendría Dios a sus hijos fuera del paraíso un solo instante más de lo necesario? ¿Por qué el ejército del Dios vivo sigue en el campo de batalla, cuando una sola carga podría darles la victoria? ¿Por qué sus hijos siguen vagando de aquí para allá por un laberinto, cuando una sola palabra de sus labios los traería al centro de sus esperanzas en el cielo? La respuesta es: están aquí para que puedan «vivir para el Señor» y traer a otros al conocimiento de su amor. Permanecemos en la tierra como sembradores para esparcir la buena simiente; como labradores para romper el barbecho; como heraldos que proclaman la salvación. Estamos aquí como la «sal de la tierra», para ser una bendición para el mundo. Estamos aquí para glorificar a Cristo en nuestra vida diaria. Estamos aquí como obreros suyos, y como «colaboradores con Él».
Veamos que nuestra vida cumple su propósito. Vivamos vidas serias, útiles y santas, «para alabanza de la gloria de su gracia». Mientras tanto anhelamos estar con Él, y cada día cantamos:
«Mi corazón está con Él en su trono,
y mal soporta la demora;
cada momento escuchando la voz:
¡Levántate y ven!»
Fuente y atribución
Autor original: Charles Spurgeon
Título original: June 10 — Morning
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Spurgeon, publicado originalmente en Grace Gems.