La soledad endulzada

Por qué la aflicción acompaña al pueblo de Dios

Mientras seamos mortales, beberemos la copa de la adversidad; pero la aflicción viene de Dios, por amor y para nuestro bien, y prepara al creyente para la gloria eterna.

Mientras sea mortal, he de gustar las aguas de Mara; beber de la copa de la adversidad; y nadar el océano tempestuoso. Es la perfección de los ángeles no poder experimentar jamás el dolor de la inquietud mental ni las angustias del padecimiento. Y es la dicha de los santos partirles obtener gozo por el luto, una corona por las cruces; y olvidar su miseria, si no del todo, sí recordarla como aguas que una vez crecieron hasta formar una aterradora inundación, pero que ya han huido para siempre. Es, pues, la miseria de los hijos de los hombres, solo mientras están aquí, ser como un blanco levantado para las saetas de la tribulación, y estar envueltos en constante guerra y en perpetuos altercados. Mas es privilegio del soldado cristiano llevar el escudo de la fe, con el cual podrá apagar los dardos de fuego de Satanás y desviar las piedras de la tribulación que le azotan por todas partes. ¿Cómo, pues, puedo yo triunfar en medio de todas mis aflicciones? Considera:

1. Las aflicciones provienen de Dios, sea cual fuere el instrumento. «Tú me has castigado, y fui castigado; me has afligido con fidelidad.»

2. Las aflicciones se envían por amor. «A quien el Señor ama, lo disciplina, y azota a todo hijo que recibe.»

3. Las aflicciones son para mi bien. «Nuestros padres terrenales nos castigaron por breve tiempo, como les parecía bien; pero Dios lo hace para nuestro provecho, para que participemos de su santidad.»

4. Las aflicciones son para el ejercicio de la gracia, aun de esa gracia noble que es la fe. «Cuando temo, en ti confío»; aquí la fe se perfecciona por la aflicción. «Tenedlo por sumo gozo, hermanos míos, cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas la paciencia debe hacer su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin faltar en nada.» «Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las aflicciones, sabiendo que la aflicción produce paciencia, la paciencia produce carácter probado, y el carácter probado produce esperanza. Y la esperanza no avergüenza, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.»

5. Las aflicciones son nobles antídotos contra el pecado y preservativos del mismo. «Antes de ser afligido, me descarrié; pero ahora guardo tu palabra.»

6. Las aflicciones asimilan a los santos a su gloriosa Cabeza, a su compasivo y sensible Sumo Sacerdote, que fue «varón de dolores y conocedor del quebranto.» Sí, en la obra de la redención, «el Autor de la salvación de ellos fue perfeccionado por medio de los sufrimientos.»

7. Las aflicciones producen un desagrado general de todas las cosas creadas, y demuestran que la criatura está sujeta a vanidad; de ahí que uno muy templado en la aflicción dijera: «He visto un fin de toda perfección.»

8. Las aflicciones enseñan humanidad y compasión hacia los semejantes en las mismas circunstancias. Israel, por haber sido extranjeros, debía conocer el corazón del extranjero y tratarlo con bondad; y en esto los hombres deben imitar a aquel «que padeció siendo tentado, para saber ayudar a los que son tentados, y ser un Sumo Sacerdote misericordioso para su pueblo.»

9. Las aflicciones hacen muy humilde al hombre, quebrantan la mente soberbia y humillan el pensamiento altivo. «Andaré humildemente todos mis años, en la amargura de mi alma; mi alma es como un niño destetado.» Y esto es lo que Dios se propone con ellas: ocultar la soberbia del hombre.

10. Las aflicciones hacen al hombre que bien las ejercita, conocerse a sí mismo y reflexionar sobre sus antiguos caminos; recurrir con frecuencia al trono de la gracia, ir a menudo a Dios, y aumentar, por así decirlo, el trato entre Dios y su alma. «En el día de mi angustia te busqué.»

11. Las aflicciones dan prueba clara y cierta de la providencia de Dios, que en seis tribulaciones y en siete libra de ellas. Predican su poder, el que hace pasar a su pueblo por el fuego y por el agua, no para ruina, como bien podríamos esperar, sino a un lugar espacioso, al cielo y a la gloria.

12. Las aflicciones preparan para la gloria, y nos hacen aptos para unirnos a la compañía de los que salieron de la gran tribulación, y lavaron sus vestiduras y las emblanquecieron en la sangre del Cordero; por eso están delante del trono de Dios, y lo disfrutan en toda su divina plenitud, por los siglos de los siglos.

¿Despreciaré, pues, la disciplina del cielo, de la cual ninguno está exento, no, ni aun el Hijo de Dios? Sí, todos los herederos de la gloria son criados en la «escuela de la cruz». ¡Oh, real privilegio, inestimable bendición, estar bajo el cuidado del cielo y la tutela de Dios! Fuera, desaliento; vete; tú echarías un velo sobre el amor de aquel que es mi torre en los días de angustia, y me harías concluir cosas duras de quien tiene pensamientos de bondad hacia mí. ¿Puede la sabiduría infinita verse en apuros para trazar, o el poder infinito confundirse para llevar a cabo, para perfeccionar, mi alivio? Hasta entonces, creeré, quiero creer; ni miraré a los medios, ni ataré a la Omnipotencia a ellos.

¡Lleva a Israel a la roca para apagar su sed! ¡Qué! ¿Puede la dura piedra convertirse en un arroyo refrescante? Pero, ¡he aquí! la roca anciana se parte en dos, ¡y deja que las fuentes prometidas refresquen a la multitud sedienta! La Omnipotencia, antes que no cumplir, detendrá el curso de la naturaleza, y hará que las olas inquietas se levanten en muros líquidos, ¡para que los hijos esclavos de Israel pisen la arena sin huella! La Omnipotencia mandará al cuervo alimentar, con cuidado de mañana y de tarde, al profeta errante; y prohibirá al fuego quemar, o aun chamuscar las vestiduras de los gloriosos mártires. Sí, para alimentar a su pueblo escogido, crea y hace llover maná desde lo alto.

¿Quién, pues, debería poner límites a su poder, o dudar de su fidelidad? Dios jamás faltará a su palabra, cualquiera que sea el pensar de los hombres; ni falseará su fiel promesa. ¡La maldita incredulidad da a entender que o bien Dios promete lo que nunca se propone cumplir, o lo que no es capaz de perfeccionar; ambas cosas blasfemas! Ambas, ¡oh, alma mía!, aborrece, y más bien alégrate en la tribulación, la cual, cuando es regada con el rocío del cielo, está lejos de ser un suelo estéril, pues es el semillero de otras gracias, y produce paciencia; la paciencia produce carácter probado; y el carácter probado produce esperanza; y la esperanza produce firme confianza y dulce dependencia de aquel Dios cuyo amor está derramado en el corazón por el Espíritu Santo.

Además, en la aflicción los santos se aseguran del amor y del cuidado de Dios, cuando sus oraciones entran en su santa morada, y sus peticiones son respondidas para gozo de su alma. Por eso fue pecado en Israel murmurar contra Moisés y contender con Dios, al verse llevados a dificultades y peligros que parecían inextricables por todos lados. Ante ellos el Mar Rojo les prohíbe avanzar, altas colinas por todas partes estorban su huida; y detrás, ejércitos que avanzan, henchidos de ira y sedientos de sangre, niegan una retirada segura. Ahora el hombre está más que desconcertado; todo valor falla; la fe y la esperanza están bajas; los temores, altos; y, ¡ay!, sus ojos no se vuelven hacia aquel que todo lo puede, y que, instantáneamente, para manifestar su poder y fijar la fe de su pueblo en él, dividió las aguas enfurecidas, y levantó las aguas inquietas en muros de cristal, para guiar sus pasos por sendas antes no conocidas, y vestirlos de noche sombría que arrojaba tinieblas densas en los ojos del ávido perseguidor.

Pues ya que tú, ¡oh, Gobernador de los hombres!, puedes enderezar lo torcido, allanar lo áspero, y hacer aun de la aflicción un amigo, me alegraré en ti para siempre, y no contenderé con tu proceder. Sí, ¡ay de ellos!; mejor, ¡ay de mí!, si uso medios ilícitos, o me afano demasiado por poner mi nido en lo alto para librarme del poder del mal. La aflicción agitadora, como el flujo y reflujo del mar, echa fuera lodo y suciedad, barre su pecho agitado, refina los afectos y purifica el alma. ¡Anímate, oh, alma mía!, y ten presente que dentro de poco, y el pecado no será más, ni el dolor será más, ni las tentaciones serán más, ni las aflicciones serán más; y el tiempo no será más. Mas aun un poco, y amor, y vida y luz, y libertad, y gozo, y gloria, rapto y deleite, en una palabra, Dios y toda su plenitud, ¡son tuyos para siempre jamás!

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: Affliction the lot of saints below

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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