Palabras diarias para los peregrinos de Sion

Presenta tu cuerpo como sacrificio vivo y santo

Si el Hijo de Dios nos redimió con su sangre, todo lo que somos y tenemos le pertenece; nada es nuestro, pues fuimos comprados por precio, y a él entregamos cuerpo, alma y espíritu.

Si el Hijo de Dios nos ha redimido con su sangre, todo lo que somos y tenemos le pertenece; nuestro cuerpo, alma y espíritu son suyos. Nada es nuestro; fuimos comprados por precio. Al entregar su preciosa vida por nosotros, nos redimió para sí mismo, para que fuéramos su pueblo especial, y no solo le ofreciéramos el fruto de nuestros labios, sino que le diéramos cuerpo, alma, espíritu, bienes, la vida misma; todo lo que somos y tenemos es suyo por derecho soberano. Él reclama todo esto, no solo como nuestro Creador, sino como nuestro Redentor, al habernos comprado con su sangre preciosa. Cuando sentimos su misericordia arder en nuestra alma, ¿podemos retener el cuerpo o el alma? Mira a Abraham. Cuando Dios lo llamó y le dijo: "¡Abraham!", ¿cuál fue su respuesta? "Heme aquí: aquí está mi cuerpo, aquí está mi alma, aquí está mi sustancia, aquí está mi esposa, aquí está mi hijo; todo está a tu disposición. ¿Qué haré, Señor? Tómalos; todos son tuyos. Tienes derecho a ellos y debes hacer con ellos, y conmigo, lo que parezca bien a tus ojos."

Bajo estos sentimientos, pues, debemos "presentar nuestros cuerpos," sin dejar, claro está, el alma atrás. Pues ¿qué es el cofre sin la joya? ¿Qué es el cuerpo sin el alma? ¿Aceptará Dios el cuerpo si el alma se queda atrás? Eso es papismo: dar el cuerpo y retener el alma. No así la amada familia de Dios; ellos presentan sus cuerpos, pero con sus cuerpos presentan el alma que habita en ellos: la casa con su inquilino, el estuche con las joyas dentro. Pero, ¿qué es presentar los cuerpos? Deben presentarse como "un sacrificio vivo." Dios no acepta sacrificios muertos. Bajo la ley judía, la víctima había de ser un animal vivo y sin mancha. No un cordero muerto, sino un animal vivo, perfecto en su especie, debía ser la víctima sacrificada. Así, si hemos de presentar nuestros cuerpos, debe ser "un sacrificio vivo." Bien puede preguntarse: ¿qué hemos sacrificado por amor del Señor? ¿Hemos sido llamados a sacrificar nuestros bienes, perspectivas, ídolos, afectos, nombre, fama e intereses mundanos, y hemos obedecido el llamado? Abraham no ofreció a Isaac hasta que la voz del Señor lo llamó a hacer el sacrificio; pero cuando el Señor lo llamó, Abraham obedeció al instante. Así debe ser con los que siguen las huellas del fiel Abraham.

Ahora bien, al presentar así nuestros cuerpos como "sacrificio vivo," se convierte también en una ofrenda "santa," porque lo que se hace en fe es aceptado por Dios al ser santificado por su bendito Espíritu. Si hacemos un sacrificio sin la operación del bendito Espíritu sobre nuestro corazón, es un sacrificio muerto. Los hombres entran en monasterios, las mujeres engañadas entran en conventos y ofrecen sus cuerpos a Dios, pero no es un sacrificio vivo, porque no hay vida espiritual ni en quien ofrece ni en lo ofrecido. Pero cuando sacrificamos nuestros afectos más cálidos, nuestras perspectivas en la vida, todo lo que la carne ama, porque el evangelio lo reclama de nosotros, y lo hacemos por el amor constreñidor de Cristo, eso es un sacrificio vivo, y es "santo," porque brota de las influencias y operaciones santificadoras del Espíritu Santo. Nosotros, mirándonos a nosotros mismos, no vemos nada santo en ello, pues el pecado se mezcla con todo lo que hacemos; pero el ojo de Dios discierne lo precioso de lo vil. Él ve la pureza de su propia obra, y puede separar lo que nosotros no podemos: el actuar del espíritu y el obrar de la carne. Dios mira lo que su propio Espíritu inspira y lo que su propia gracia produce, y lo acepta como santo.

Fuente y atribución

Autor original: J. C. Philpot

Título original: September 17

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.

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