La soledad endulzada

Quién es verdaderamente el gran hombre ante Dios

El santo que habita con Dios posee una grandeza más divina y duradera que la de los nobles terrenales, pues el Rey eterno es su Padre y su hermano el Príncipe de los reyes.

Aquel que lleva una comisión de su rey, esto es, un noble, un embajador o un ministro de Estado, es tenido por un gran hombre. Ahora bien, si estar cerca del trono y tratar con el rey hace grande a un hombre, lo reviste de renombre, le procura reverencia y respeto, lo colma de aplauso popular y lo viste de esplendor y pompa, ¡con cuánto honor más divino y duradero es ensalzado el santo que, aunque solo frente al mundo, habita con Dios, y aunque desconocido entre la muchedumbre atareada, reside cerca del trono de Dios! El Alto y Sublime que habita la eternidad da su asentimiento real a sus peticiones, y no se las negará. Sí, «su secreto está con los que le temen, y les mostrará su pacto». Esto es grandeza en verdad: estar en el favor de aquel que es terror para los reyes; de aquel para quien los reyes y sus súbditos son menos que nada y vanidad.

¡Cuánto son ensalzados los humildes santos en sus privilegios por encima de los nobles del mundo! El Rey eterno no es solo su Amigo, sino Padre; y el Príncipe de los reyes de la tierra no es solo su Bienhechor, sino su Hermano, relación asegurada por la eternidad. Además, los dones de Dios son conforme a su dignidad divina. Ninguno de los reyes de la tierra puede conferir a sus amigos más queridos y a sus siervos más fieles coronas y reinos. Es cierto que pueden repartir entre ellos lo suyo a su muerte, pero en ningún país pueden asegurar la donación una vez muertos, ni perpetuar la concesión. Pero los favores de Dios, que vive para siempre para verlos otorgados, son coronas y reinos: una corona que no se marchita y un reino que no puede ser conmovido. Sí, sus dones enriquecen el alma y se miden con su existencia.

Los monarcas pueden hacer que los nombres de sus favoritos queden inscritos en el listín de sus honores, pero no pueden evitar que sean sepultados en el olvido. Mas los nombres de todos los santos están escritos en el libro de la vida del Cordero, y serán confesados ante un mundo congregado. Mayor cosa es conocer a Dios que estar familiarizado con los reyes; y ser conocido de Dios que ser alabado hasta los confines de la tierra.

Ahora bien, ¿qué piensas, oh pobre santo despreciado de Dios, que habitas en una choza en la que los grandes no se dignarían entrar, el ser tan alto en el favor del cielo que una guardia divina de ángeles celestiales está puesta alrededor de tu casa, y que ningún mal puede acercarse a tu morada? Sí, la sagrada comitiva, aunque invisible, acompaña al santo doquiera va, y camina sin ser observado por el mundo. Si la guardia real de los herederos nacientes de la gloria apareciera con sus vestiduras celestiales, aterraría a los habitantes de la tierra; pero hay un prodigio mayor: que el mismo Soberano eterno se condescienda a ser el centinela de su pueblo, y guarde su salir y preserve su entrar, de modo que ni la luna de noche ni el sol de día los hieran. ¡Y qué consuelo y seguridad es este: que el Dios eterno sea tu refugio, y debajo de ti estén los brazos eternos!

Tal es, oh santo, tu renombrado estado, tu excelente gloria, tú que quizás vives con escasez de comida y vestido; con una familia joven y necesitada que oprime tu ánimo; pero Dios cuida de ti y de ellos. ¿Qué importa, pues, que tengas cruces de toda clase que afrontar, tragos amargos de toda composición que beber, ya que va bien con tu parte mejor? Sí, las aflicciones te capacitan para la felicidad y ensanchan tu alma para la bienaventuranza. Pero me atrevo a apelar a tu propio pecho, oh hijo de Dios, bajo todas tus aflicciones, amigos falsos, pérdida de parientes o cualquier otro dolor: ¿cambiarías tus aflicciones por la floreciente condición de los impíos?

Ahora eres grande (pues los santos, ya que viven cerca de Dios, son los hombres más grandes del mundo), aunque quizás no lo sepas. Que tu grandeza encienda tu gratitud, no aumente tu orgullo. Para mantener humildes a los santos, se les asignan diversas aflicciones en esta vida; así como un padre real, temiendo que su hijo, el joven príncipe, bajo su presente grandeza y la perspectiva de la corona, se hinche más de la cuenta, lo trata con tanta severidad que a menudo él teme que el rey intente desheredarlo. Sin embargo, tantas muestras luminosas de afecto paternal le aseguran que no será así. Y la verdad es que es por amor, para que no suba al trono con pasiones sin domeñar, ni blanda el cetro con insensata locura. Así sucede con los santos, quienes deberían saber, en la promoción celestial, que no viene ni del este ni del oeste, ni por obras de justicia que hayamos hecho, sino que es Dios solo quien exalta. Mi vida, pues, es una paradoja: soy vil, pero grande; miserable, pero feliz; pobre, pero poseyéndolo todo; mendigo y príncipe. La eternidad la descifrará, quitando una parte e ilustrando la otra.

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: Who the great man is

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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