Lo mismo se aplica a un principio moral. No es necesario repetir su anuncio con el fin de informar; pero puede repetirse con el fin de influir, y eso a cada ocasión de tentación o necesidad. Si nuestro único cometido con la virtud fuera aprender qué es, sería superfluo que se nos dijera más de una vez que la ira degrada y descompone a quien es arrastrado por ella, y debe ser resistida como una violación tanto del deber como de la dignidad. Pero como nuestro principal cometido con la virtud es practicarla, la misma cosa de la cual por una sola declaración hemos sido suficientemente informados podría ser declarada a menudo, con propiedad y efecto, para que se nos recordara.
Y, en consecuencia, en alguna hora de grande y súbita provocación, cuando el fraude de otro o la ingratitud de otro tomara posesión completa de los sentimientos y eclipsara del alcance de la mente todo elemento que tuviera influencia para aquietar o detener la tormenta que se avecina, ¿no sería bueno que algún amable monitor estuviera de pie a su lado y le dijera que se calmara?
Podría no haber en toda la exhortación una sola consideración empleada que no hubiera sido reconocida a menudo, ni un solo principio inculcado que no hubiera sido admitido, hace mucho tiempo, en su sistema ético, y le fuera perfectamente familiar al entendimiento como un sano principio de conducta humana. Sin embargo, no es superfluo urgírselo de nuevo.
Se logra un objeto práctico con esta oportuna sugerencia; y es la más alta función de la sabiduría práctica no idear lo nuevo, sino recordar oportunamente lo antiguo. Cuando, en el calor y la prisa de alguna fermentación incubada, hay un sentimiento intenso que ha tomado posesión exclusiva del alma, es bueno que se vierta en ella alguna influencia contrarrestante que mitigue su violencia. Y esa influencia, generalmente, no reside en nuevas verdades que entonces se aprehenden por primera vez, sino en viejas verdades que entonces se traen al recuerdo. De modo que, si para el autor repetir las mismas cosas no es gravoso, para el lector puede ser seguro.
La doctrina de Jesucristo y de él crucificado, que forma el tema principal y predominante en los siguientes tratados, posee un derecho prominente a ocupar un lugar en nuestras recolecciones habituales. Y, con este propósito, debe ser el tópico de una frecuente reiteración por parte de todo autor cristiano; y bien puede formar la base de muchos tratados cristianos, y ser el tema principal y a menudo repetido de muchas conversaciones religiosas. Es esta la que introduce en la mente del pecador el sentido de Dios como su Amigo y su Padre reconciliado.
Esa mente, que es tan propensa a ser abrumada por los absorbentes de este mundo, o a caer en el temor y la desconfianza de un ofensor consciente, o a volver de nuevo al letargo y la alienación de la naturaleza, o a perderse en busca de una justicia propia con la que pudiera impedir la recompensa de una eternidad bienaventurada, necesita de un visitante diario que, por su presencia, disipe la oscuridad, o despeje la perplejidad en las que estas fuertes y prácticas tendencias de la constitución humana están tan dispuestas a envolverla.
Fuente y atribución
Autor original: Thomas Chalmers
Título original: The Necessity of Repetition of Gospel Truths — parte 3
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Thomas Chalmers, publicado originalmente en Grace Gems.