¿Qué se ha de hacer? ¿Ha de perpetuarse el embotamiento lúgubre, la deterioración triste? ¿Se ha de permitir que la lámpara vacile, se apague y muera en las tinieblas, sin un esfuerzo por reanimar la llama? ¡No! La fidelidad del Señor al reprendernos es solo para preparar el camino a un desafío lleno de gracia: "Recuerda, pues, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras." Por grande o ignominiosa que haya sido la caída, nunca es tarde para levantarse y rescatar el pasado descuidado. "¡Vuélvete! ¡Vuélvete!", parece Él decir, "para que no mueras." Y vuélvete no reavivando un mero destello pasajero de emoción ardiente, sino haciendo "las primeras obras", las pruebas y exponentes verdaderos de un avivamiento genuino de aquel amor que ha sufrido tan triste menoscabo.
La oportunidad, sin embargo, puede ser breve. Si se deja pasar sin aprovecharla la temporada de gracia y de arrepentimiento: "Vendré a ti pronto, y quitaré tu candelero (o lámpara) de su lugar." La única lámpara vacilante e infiel solo ocupa espacio en el atrio del templo que otra llenaría mejor. Es como la higuera estéril de la parábola, que absorbe en su tronco y ramas inútiles las lluvias de verano, los rocíos y el sol que habrían nutrido fruto abundante en otras. En cualquiera de los casos, el moroso ha de ser removido, por ocupar sin necesidad el espacio del templo o estorbar un terreno productivo.
¡Oh! Es un pensamiento solemne, lo mismo respecto de las iglesias que de los individuos, que solo por la maravillosa paciencia y tolerancia del Señor se conservan. La hora de la misericordia está en camino. "Si no te arrepientes" tiembla en los labios del que es infinitamente longánimo. Su Espíritu no contenderá para siempre. Si se juega con su paciencia y se abusa de ella, si una iglesia, en vez de ir de fuerza en fuerza, degenera de debilidad en debilidad, la sentencia largamente diferida habrá de salir. ¿Qué fue de Éfeso? ¡Ay! No conoció el tiempo de su visitación. Los lobos feroces completaron la devastación del rebaño; el amor menguante disminuyó gradualmente; la lámpara que en otro tiempo brilló fue apagada en las tinieblas.
¿Y dónde están ahora la ciudad reina y su leal iglesia amante de Dios? El lugar que una vez las conoció, ya no las conoce; la pluma de la desolación ha escrito en cada fragmento de sus ruinas en ruinas: "¡Quitaré tu candelero de su lugar!"
El Salvador divino, tras aludir una vez más a un rasgo redentor en el caso y el carácter de los cristianos efesios, su postura resuelta contra la licenciosa creencia y práctica de los nicolaítas o baalamitas, concluye con la primera de la hermosa serie de promesas figuradas: "Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios." En la ira se acuerda de la misericordia. El juicio es Su obra ajena. El que templa el viento al cordero trasquilado, y que detiene Su viento recio en el día de Su viento solano, siempre mezcla la reprensión con la bondad. No quiere la muerte del pecador, sino que se vuelva de su maldad y viva.
En aquella iglesia apóstata había sin duda algunos pocos todavía fieles, todavía encendidos con el viejo fervor del amor pristino: unas cuantas aceitunas aún en la copa de las ramas invernales. A tales es a quienes dirige la promesa final; a los que mantuvieran firme su fe y su paciencia hasta el fin, les daría comer del árbol de la vida en el paraíso celestial. En los primeros capítulos de la historia bíblica tenemos un atisbo de aquel árbol de la vida dentro del Edén terrenal; pero sus puertas se cierran y el misterioso objeto desaparece de nuestra vista. Pero se revela arriba un Edén y un paraíso más deslumbrantes, donde el pecado no osa entrar, donde ninguna espada de querubín guarda el camino. Allí está este árbol con sus frutos perennes, esparciendo fragancia inmortal y destilando bálsamo inmortal: el símbolo, la emblemática y la garantía para los glorificados de la perpetuidad de su bienaventuranza.
Es digno de notar, pues muestra la conexión entre estas Epístolas a las siete iglesias y la segunda parte (en cierto sentido distinta) del libro del Apocalipsis, que las promesas figuradas de las unas tienen una notable correspondencia en la otra. En verdad, estos dichos figurados en las siete Epístolas tienen su cumplimiento e interpretación más plenos en las visiones subsiguientes y resplandecientes del estado milenial y de la gloria celestial. Como dice un antiguo comentarista: "Lo primero prometido en las siete Epístolas es lo último y lo más alto en el cumplimiento." En la visión culminante y deslumbrante del agua de la vida, "a uno y otro lado del río estaba el árbol de la vida, que daba doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones." Todo lo que se perdió en la Caída será más que compensado en la Redención. "¡He aquí!", dice el que está sentado en el trono, "¡Yo hago nuevas todas las cosas!"
¿Y cuál es la gran lección práctica al repasar esta carta tan penetrante y solemne? ¿No es acaso suscitar la pregunta: ¿Cómo estamos nosotros, como iglesias? ¿Cómo estamos nosotros, como individuos? ¿Hemos olvidado los votos de nuestra temprana dedicación del corazón? ¿Son demasiado dolorosamente visibles entre nosotros los síntomas de decadencia y declive? ¿Está sobre nosotros el escalofrío de la muerte espiritual? ¿Se ha cortado el cable que nos anclaba a la roca viva, y nos estamos deslizando cada vez más lejos hacia el gran mar de las tinieblas?
Preguntamos de nuevo: "¿Qué se ha de hacer?" ¿Ha de ser abandono? ¿Desesperación? ¡No! ¡Volvamos y "hagamos las primeras obras" antes de ser náufragos para siempre! Busquemos los pec propios que han causado la terrible apostasía y apagado el primer amor, sea mundanalidad, u orgullo, o sensualidad, o, como estos nicolaítas, convertir la gracia de Dios en licencia para el pecado: una profesión jactanciosa con una vida inconsecuente o inmoral; todo lo que haya debilitado el valor moral y dejado una forma externa miserable y sin corazón como único resto del alma que en otro tiempo amaba y del propósito dedicado. "Al que venciere", la Cabeza divina, Él mismo el mayor de los conquistadores, recuerda a su pueblo el trabajo y la lucha como condición de la victoria.
Y no disipemos la solemne aplicación individual, como si la referencia no tuviera que ver con nosotros y estuviera limitada a aquella edad de los mártires, a los anfiteatros y arenas de sangre, a los calabozos de Domiciano y los leones de Nerón. El conflicto, aunque imperceptible, es a menudo para la naturaleza espiritual el más mortífero en tiempo de paz, cuando no hay nada que sacuda el sopor de la falsa seguridad y del adormecimiento, cuando somos propensos, por medio de concesiones mundanas viles y complacencias pecaminosas y autocomplacencias; por medio de la arrogancia y el orgullo; por medio de la codicia rapaz y de formas portentosas de avaricia; por medio de doctrinas relajadas y vida inmoral, a negar y deshonrar el nombre y la causa de nuestro gran Maestro.
Por los que prefieren (pues se pretende un contraste) comer los frutos debilitantes del árbol del placer culpable, no se recogerá ninguno de los frutos del árbol de la vida en medio del paraíso de Dios. Ese árbol es la recompensa de la conquista, del trabajo y del sacrificio para el cristiano combatiente; no para los hijos cobardes y egoístas de Efraín, que, aunque aparecen con armadura de soldado, "llevando arcos", se han desmayado en el día de la batalla. Por el contrario, luchando y esforzándose noblemente, el fruto del árbol (la gracia y la fuerza de Cristo) les será impartido aun ahora, para dar nutrición, vigor y apoyo necesario en todo tiempo de tribulación.
Pero como es a las iglesias en su capacidad colectiva a las que el Redentor divino habla aquí de manera especial, tampoco perdamos la solemne lección distintiva reduciéndola a una aplicación a los individuos únicamente. Con la misma certeza con que Éfeso, hogar de apóstoles y mártires, junto con su brillante hermandad de ciudades cristianas, fue pesada en la balanza y hallada falta, y ha sido barrida con la escoba de la destrucción, así seguramente serán tratadas Gran Bretaña y América si se permiten ser traidoras al más gigantesco depósito espiritual jamás confiado a un gran pueblo.
Todas las iglesias están en juicio. Bien por nosotros si recibimos luz guía de estos faros del pasado, si escuchamos con atención la palabra de advertencia. La gran Cabeza que se mueve en medio de sus candeleros ¡nunca se quedará sin Iglesia! Nunca será despojado de testigos fieles a su nombre y a su causa. Sus iglesias pueden ser trasladadas, pero nunca, como la lámpara de los impíos, pueden ser apagadas. El lugar del infiel será trasladado al fiel. Si nos negamos a brillar por Él, otros lo harán; si estos callan, ¡las piedras clamarán!
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: The Epistle to the Church of EPHESUS — Parte 2
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.