El fundamento firme del creyente

Resurrección, humildad y tiempos de refrigerio del Señor

Afirma la resurrección del cuerpo por el poder de Cristo, contempla la humillación del publicano justificado por Dios frente al fariseo, y anhela tiempos de refrigerio y avivamiento derramados por la presencia del Señor.

¡Lector! Si has gustado que el Señor es benigno, desea con la mayor intensidad la leche no adulterada de la palabra, para que por ella crezcas. Si has puesto tu mano en el arado, en vez de mirar atrás, avanza diariamente; olvidando lo que queda atrás. Mantén tu ojo fijamente puesto, como el gran apóstol, en el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Día 23

«Y yo le resucitaré en el día postrero.» Juan 6:40

En el evangelio, se hace provisión para el alma y el cuerpo.

Para el alma, cancelando su culpa, restaurándola a la imagen divina, y asegurando todo lo necesario para su eterna salvación.

Para el cuerpo, en sus presentes necesidades y su futura resurrección.

Lo uno es redimido tanto como lo otro, como es evidente por lo que el apóstol declara: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» [1 Corintios 6:19-20]. Ambos son comprados, como las palabras claramente implican, y siendo así es evidente que con ambos Dios debe ser glorificado.

Se relata de Sócrates, después de haber tragado el contenido de la copa envenenada, que sus amigos le preguntaron qué debía hacerse con su cuerpo. Trató la cuestión con el mayor desdén; su orgullo estaba mortificado al solo pensamiento de que él, cuyas aspiraciones eran tan elevadas, pudiera sentir alguna preocupación por su tabernáculo de barro, que pronto sería reducido a cenizas.

Pero se enseña al cristiano a abrigar otros sentimientos respecto a este asunto. Sabe que su morada terrenal habrá de pudrirse bajo los terrones del valle, pero también sabe que su polvo dormido es precioso ante los ojos del Señor, y que un período llegará en que será levantado de nuevo a vida e inmortalidad.

Cuando la resurrección de los muertos fue predicada a los sabios atenienses, se burlaron de lo que a ellos les parecía una doctrina tan extraña y carente de razón. Y así con los enemigos de la revelación en todas las épocas; han desechado la cosa como absurda y pronunciado que es del todo imposible. Pero a tales burladores diríamos en palabras del Salvador: «Erráis, no conociendo las Escrituras, ni el poder de Dios» [Mateo 22:29].

En cuanto al testimonio inspirado sobre este asunto, nada puede ser más claro y decisivo; y si sus anuncios parecieran increíbles, basta preguntar: «¿Hay algo demasiado difícil para el Señor?» Con una palabra llamó a la creación a la existencia al principio; con una palabra puede reducir toda ella a su nada original; ¡y con otra palabra podría levantar un segundo universo, aun de mayor magnitud y más rica belleza, en su lugar!

Sea reconocido el hecho de que el poder, absoluto, ilimitado, irresistible, pertenece a Dios, y debe ser una palpable ofensa a todo principio de recta razón negar la posibilidad de este gran acontecimiento.

La infidelidad puede por tanto preguntar: «¿Puede la tumba entregar a sus muertos? ¿Pueden las fauces de la muerte aflojarse? ¿Puede el cuerpo, triturado en diez mil átomos, y esparcido a los cuatro vientos, ser de nuevo restaurado, reunido y revivido?»

Respondemos: «¡Sí!» Y lo hacemos con la mayor confianza, sabiendo lo que las Escrituras declaran, y lo que el poder del Omnipotente puede realizar.

Pero no debe olvidarse que la resurrección de los muertos se adscribe especialmente a Aquel que Él mismo fue una vez morador del sepulcro. «Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de nuestra humillación, para que sea semejante al cuerpo de su gloria, conforme a la acción de su poder que puede también sujetar a sí mismo todas las cosas» [Filipenses 3:20-21]. Tenemos aquí una de aquellas innumerables pruebas, no formalmente aducidas sino incidentalmente, de la deidad esencial del Redentor. A su voz las innumerables miríadas de nuestra raza saldrán enjambrando de sus sepulcros; y su sentencia, sea de absolución o condenación, fijará sus destinos finales.

¡Lector! Sea tu gran preocupación conocerle ahora como tu Salvador; entonces no tendrás causa de aprensión al mirar hacia el período en que estarás delante de Él como tu Juez. Él es la resurrección y la vida, por quien los que están muertos en delitos y pecados son vivificados y transformados. ¡Y si eres llevado salvadoramente a creer en Él, nunca vendrás a condenación, y sobre ti la segunda muerte no tendrá poder!

Día 24

«Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.» Lucas 18:13

El contraste presentado entre el fariseo y el publicano es tan amplio como los polos distan entre sí.

El uno estaba revestido de la cabeza a los pies con los ropajes de su propia justicia; no tenía de qué hablar, aun en la presencia de Dios, sino las supuestas buenas cualidades por las que se distinguía. Lleno de importancia y orgullo, evidentemente se consideraba a sí mismo como un brillante ornamento de su secta y un honor distinguido para su nación.

Pero mientras así se exaltaba en su propia vana imaginación, el pobre publicano era humillado en el polvo de la propia abyección. Bajo un profundo sentido de su propia excesiva pecaminidad: «Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador» [Lucas 18:13].

En cada uno de los particulares aquí especificados hay mucho digno de nuestra devota consideración. Consciente de que su vida pasada había sido un curso invariable de alejamiento de Dios, el publicano ahora sentía que no se atrevía a acercarse a Él. ¡Con qué fuerza las palabras del Salmista, si alguna vez las hubiera conocido, probablemente acudirían a su mente: «Bienaventurado el que tú escoges, y haces acercarse a ti, para que more en tus atrios» [Salmo 65:4]! pero de aquel alto honor sentía que era del todo indigno. Por tanto se mantenía lejos, como si temiera venir a la presencia inmediata de Aquel cuyos ceños tan ricamente había merecido.

No solo se mantenía apartado del sagrado santuario donde Dios moraba especialmente, sino que su semblante estaba bajo —«no quería ni aun levantar los ojos al cielo.» Ahora podía decir con verdad: «Innumerables males me han rodeado; me han hallado mis iniquidades, de modo que no puedo mirar» [Salmo 40:12].

A veces, quizás, intentaría levantar sus ojos caídos; pero su sentimiento sería al instante: «Si miro arriba, ¿qué contemplaré? No hay allí sino infinita pureza, y ¿cómo yo, un vil y culpable desdichado, puedo mirar a Aquel que aun a sus ángeles reprende de insensatez, y ante cuyos ojos ni los cielos son limpios?» Parecía temeroso de que sus mismas miradas contaminaran aquel santo lugar.

Así es con todo verdadero penitente. La perfección infinita del carácter divino, en contraste con su propia inmundicia, lo cubre de confusión, de modo que es compelido a clamar con Esdras de antaño: «Dios mío, estoy tan avergonzado y confundido que no puedo levantar mi rostro a ti» [Esdras 9:6].

En proporción a la profundidad de su vergüenza, era la intensidad de su dolor. Para indicar su aflicción, se golpeaba el pecho —lo hería con fuerza, como la palabra implica, a fin de mostrar que la agonía que sentía no era de tipo ordinario. Con este acto también parecía ansioso por vengar los insultos que el gran Ser había tan a menudo recibido de él. No solo sobre su corazón recaía la carga de culpa con peso opresivo, sino que de él había salido todo lo pecaminoso de su conducta externa. Su corazón era:

la despensa de donde los tesoros malignos habían sido sacados,

la fuente venenosa de donde fluían las diversas corrientes de contaminación,

el volcán que hervía de donde la infernal lava en devastadores torrentes había emanado.

Podía bien haberlo herido, estando plenamente asegurado de que la abundante pecaminosidad de su vida podía ser rastreada hasta la corrupción inherente y la desesperada maldad de su corazón.

Fue así abatido, siendo llevado, como el santo Job, a aborrecerse a sí mismo y a arrepentirse en polvo y ceniza. Pero «Cuando te abatieren, y dijeres: ¡Subirá la exaltación! entonces él salvará al humilde» [Job 22:29].

Así fue aquí. Mientras el jactancioso y autosuficiente fariseo fue abajado, siendo enviado vacío —el publicano fue aceptado por Dios, adoptado en su familia, y enriquecido con inescrutables riquezas. Verdaderamente «Jehová empobrece y enriquece; abate y enaltece. Levanta del polvo al pobre, y del muladar levanta al menesteroso, para hacerlos sentarse con los príncipes, y hacerles heredar el trono de la gloria» [1 Samuel 2:7-8].

«Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.» Lucas 18:14

«Padre querido, jamás permitas que esté unido al jactancioso fariseo; no tengo méritos propios, sino que apelo a los sufrimientos de tu Hijo.»

Día 25

«Para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio.» Hechos 3:19

En la historia de la iglesia aparecen con marcada prominencia varias estaciones de grata visitación, en llamativo contraste con la oscuridad y la depresión que habían previamente existido. El lector no puede menos que remitirse a lo que aconteció en los tiempos de Josué, Josías y Esdras bajo el Antiguo Testamento —y especialmente al día de Pentecostés bajo el Nuevo Testamento. También recordará la gloriosa Reforma del siglo decimoquinto, y el Gran Despertar en un período más reciente que siguió a los trabajos de Whitefield y Wesley en nuestra propia tierra. Estos y muchas otras ocasiones memorables fueron verdaderamente tiempos de refrigerio de la presencia del Señor.

Cuando el Espíritu es derramado desde lo alto, los efectos producidos son dobles: los pecadores son convertidos, y los profesantes de religión son vivificados y avivados. Hay una estrecha conexión entre lo uno y lo otro. La iglesia puede compararse a una columna de aire que se eleva a medida que se rarifica, y la atmósfera vecina entra a llenar el vacío parcial que se causa abajo. El ascenso del aire cálido es la señal para la masa densa por la que está rodeada de fluir hacia adelante y ocupar su lugar.

Así con la comunidad cristiana. Apenas son calentados y purificados cuando se elevan, hacia Dios y hacia el cielo, remontándose aun como sobre alas de águila. Antes sus almas se pegaban al polvo, pero ahora son capacitadas para acatar el llamamiento: «¡Subid acá!»

No se elevan, sin embargo, solos; los descuidados a su alrededor son atraídos; son arrastrados y llevados por la corriente de gracia que ha sido puesta en movimiento. Solo dése que los cristianos sean avivados, que su amor y celo sean visiblemente manifestados, y es probable que se oiga de los que están fuera el lenguaje: «Iremos con vosotros, porque percibimos que Dios está verdaderamente entre vosotros.»

La piedad de aquellas personas es muy dudosa que no están ansiosos por presenciar un mejor estado de cosas en el mundo religioso. Mientras hay mucho por lo que tenemos razón para estar agradecidos, hay también no poco que debería ser profundamente deplorado. ¿Cuándo llegarán a ser universales los triunfos del Redentor, a menos que el progreso de su causa sea grandemente acelerado?

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: The Sure Ground of the Believer

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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