Estamos rodeados de misericordias; misericordias para el cuerpo y misericordias para el alma. Hay, en verdad, tiempos y estaciones en que todas las misericordias de Dios, tanto en la providencia como en la gracia, parecen ocultas a nuestros ojos, cuando, entre el obrar del pecado, la rebelión y la incredulidad, con un camino espinoso en el mundo y una senda áspera y difícil en el alma, vemos poco de las misericordias de Dios, aun estando rodeados por ellas. Como el siervo de Eliseo, aunque el monte esté rodeado por caballos y carros de fuego y los ángeles de Dios estén en derredor nuestro, nuestros ojos están ciegos y no podemos verlos; y en el mismísimo momento en que Dios ya está derramando misericordias sobre nosotros y preparando otras en reserva, por alguna dispensación dolorosa nos llenamos, quizá, de murmuración y rebelión, y clamamos: "¿Ha desaparecido para siempre su misericordia? ¿No será ya más favorable?"
Esta es nuestra flaqueza, nuestra debilidad; pero no detiene el chubasco de las misericordias de Dios más que el campo reseco detiene la lluvia que cae. Las misericordias de Dios, como Él mismo, son infinitas, y Él las derrama en rica profusión sobre su Iglesia y su pueblo. Vienen tan libremente como los rayos del sol que brillan en el cielo, como la brisa del aire que respiramos, como el río que jamás deja de fluir. Todo testifica de la misericordia de Dios a aquellos cuyos ojos son ungidos para verla y se interesan en ella. Para ellos, todas las cosas en la naturaleza, en la providencia y en la gracia proclaman con una sola voz unida y armoniosa: "La misericordia del Señor permanece para siempre".
Ahora bien, a medida que estas misericordias de Dios se sienten de modo real en el alma, ablandan, mansan y someten el espíritu, lo derriten en la obediencia de la fe y levantan en él la ternura del amor. Por esto somos preparados para entrar en la belleza y la bienaventuranza del precepto como parte integral del evangelio. Si repaso las misericordias de Dios y no siento interés salvador en ellas; si no son personal e individualmente mías, desprecio, acaso me rebelo contra el precepto por considerarlo demasiado duro y severo. El yugo es demasiado pesado para mi cuello. Mi mente carnal, mi disposición de cerviz dura, se resiste a la obediencia a la palabra de Dios.
Pero que mi alma sea favorecida con un dulce descubrimiento de las misericordias de Dios; que alcancen mi corazón, ablanden y sometan mi espíritu, y entonces no habrá cruz demasiado pesada que tomar, ni prueba demasiado difícil que soportar, ni sendero de sufrimiento y dolor en el que no podamos caminar, si no con gozo, al menos con paciencia. La razón por la que los preceptos no se obedecen es porque las misericordias de Dios no se sienten. El amor y la obediencia se acompañan como la sombra sigue al sol.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: January 3
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.