Comentario Devocional y Práctico

Salvos por misericordia, renovados por el Espíritu Santo

Dios nos libra de nuestra miseria solo por su misericordia y nos renueva por el Espíritu Santo, no por obras, sino según su gracia.

Los privilegios espirituales no anulan ni debilitan, sino que confirman los deberes civiles. Las solas buenas palabras y las buenas intenciones no bastan sin buenas obras. No debían ser pendencieros, sino mostrar mansedumbre en todas las ocasiones, no solo hacia los amigos, sino hacia todos los hombres, aunque con sabiduría, Stg 3:13. Y que este texto nos enseñe cuán equivocado es que un cristiano sea hosco con el peor, el más débil y el más miserable. Los siervos del pecado tienen muchos amos; sus pasiones los arrastran en direcciones distintas; el orgullo ordena una cosa, la codicia otra. Así son aborrecibles, dignos de ser aborrecidos. Es la miseria de los pecadores que se odian unos a otros; y es el deber y la dicha de los santos amarse unos a otros. Y somos librados de nuestra miserable condición solo por la misericordia y la libre gracia de Dios, el mérito y los sufrimientos de Cristo, y la operación de su Espíritu. Dios el Padre es Dios nuestro Salvador. Él es la fuente de la cual fluye el Espíritu Santo, para enseñar, regenerar y salvar a sus criaturas caídas; y esta bendición llega a la humanidad por medio de Cristo. El manantial y el origen de ello es la bondad y el amor de Dios hacia el hombre. El amor y la gracia tienen, por medio del Espíritu, gran poder para cambiar y volver el corazón a Dios. Las obras deben estar en los salvos, pero no figuran entre las causas de su salvación. Se obra un nuevo principio de gracia y santidad, que rige, gobierna y hace del hombre una nueva criatura. Muchos pretenden que al fin tendrán el cielo, y sin embargo no se preocupan ahora por la santidad; querrían el fin sin el principio.

He aquí la señal y sello exterior de ello en el bautismo, llamado por eso el lavamiento de la regeneración. La obra es interna y espiritual; esta se significa y se sella exteriormente en esta ordenanza. No menosprecien esta señal y sello exterior; sin embargo, no se detengan en el lavamiento exterior, sino miren a la aspiración de una buena conciencia, sin la cual el lavamiento exterior nada aprovechará. El que obra en ello es el Espíritu de Dios; es la renovación del Espíritu Santo. Por medio de él mortificamos el pecado, cumplimos el deber, andamos en los caminos de Dios; toda la operación de la vida divina en nosotros, y los frutos de justicia en el exterior, son por medio de este bendito y santo Espíritu. El Espíritu, y sus dones y gracias salvadoras, vienen por medio de Cristo, como Salvador, cuyo empeño y obra son conducir a la gracia y a la gloria. La justificación, en el sentido del evangelio, es el libre perdón de un pecador; aceptarlo como justo por la justicia de Cristo recibida por la fe. Dios, al justificar a un pecador en el camino del evangelio, es benévolo con él, y sin embargo justo consigo mismo y con su ley. Como el perdón es mediante una justicia perfecta, y se hace satisfacción a la justicia por Cristo, no puede ser merecido por el pecador mismo. La vida eterna está puesta ante nosotros en la promesa; el Espíritu obra en nosotros la fe y la esperanza de esa vida; la fe y la esperanza la acercan y llenan de gozo en la expectativa de ella.

Buenas obras por hacer, y disputas inútiles por evitar (

Fuente y atribución

Autor original: Religious Tract Society

Título original: Devotional and Practical Commentary — Titus 3:1-7

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Religious Tract Society, publicado originalmente en Grace Gems.

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