Así como hay estrellas de distintas magnitudes y resplandores en los centelleantes cielos, así hay santos de distintas estaciones en la iglesia de Dios. Algunos, como estrellas de primera magnitud, señalan el camino a la dicha; mientras que otros, como estrellas de segunda, tercera y cuarta magnitud, resplandecen con una conducta recta y una conversación celestial, y condenan a un mundo impío. Todos estos glorifican a Dios, por así decirlo, de manera activa.
Pero hay otra clase de sus preciosos, que glorifican a Dios solo de manera pasiva, comparados con los otros. Estos son los cristianos secretos, privados y retirados; que, como las estrellas que yacen ocultas en los asombrosos vacíos del espacio, y nunca hieren la vista desnuda ni parecen conectadas con nuestro sistema, son conocidos solo de Dios. Pero así como la gloria de la mano creadora de Dios, aunque menos visible para nosotros, se muestra tan real entre aquellas estrellas que él ha estacionado tan sublime, como entre las que ha dejado caer más cerca de nuestra tierra, así él es glorificado por el cristiano privado lo mismo que por el público. La resignación del uno a la disposición divina puede ser tan aceptable a Dios como los trabajos más activos del otro. ¡Cuánto se complace Dios, por así decirlo, al ver a su criatura totalmente a su mandato; su voluntad moldeada en la voluntad del Altísimo; sus deseos medidos por la distribución que el Cielo hace de las misericordias, y su ambición solo la de ser semejante a Dios! Aquí el hombre entero, con todos sus intereses, está del todo consagrado a Dios. Aquí son muertos los pensamientos rebeldes, y el santo desconocido solo espera la voluntad de Dios, para someterse a ella plena, libre y sin reserva. En tal corazón habita Dios, y tal alma es su trono.
Nada complace más a Dios que cuando todo lo que él hace agrada a su pueblo. Así madura el alma para la gloria, y se mantiene una sagrada correspondencia entre el corazón y el cielo. El hombre se echa sobre sí mismo y sobre todos sus asuntos en la indiscutida voluntad de aquel que no puede errar. Nada puede salir mal al hombre, porque la sabiduría divina ordena todo para él. Sí, lo que a él le parece duro en sí mismo, si no tiene mano pecaminosa en ello, lo abraza y se somete a ello, por causa de aquel que lo envía. Alaba más recio a Dios quien guarda silencio ante Dios. Mientras la profesión de algunos resplandece, el amor del alma sumisa arde. Mientras otros marchan hacia el cielo a pleno día y ante el ancho mundo, este es un caminar dentro de casa, en su propio hogar. De todas las cosas, la gracia crece mejor en el retiro; y, como Jacob, cuando queda solo, lucha con el ángel del pacto por bendiciones para sí mismo, su familia, la iglesia y el mundo entero. No es menos santo porque ningún ojo humano lo mira, sino que mantiene manos limpias de un corazón limpio. No es como el hipócrita pintado, que ha de ser religioso por amor a la reputación. Tiene su conversación en el cielo, y su comunión con el Altísimo. Dichoso es él en su vida, dichoso en su muerte, pues vive con Dios, muere en el Señor y va a estar para siempre con el Señor.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: Saints unknown, Stars unseen
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.