Memorias de comunión

Señor, ¿soy yo? La Comunión como medio de gracia

La pregunta «Señor, ¿soy yo?» revela una sana desconfianza de sí mismo; la Comunión, recibida con fe humilde, es un medio de gracia que aviva la vida divina y fortalece la obediencia.

En lugar de que la pregunta pasara de labios en labios: «¿Eres tú?», todos los ojos se volvieron hacia su Maestro herido mientras preguntaban, entre lágrimas angustiadas: «Señor, ¿soy yo?». Como queriendo decir: «Espantoso más allá de toda palabra es tal imputación; y, sin embargo, no podemos, no nos atrevemos a decir que sea imposible. Conocemos demasiado la maldad y la veleidad de estos corazones nuestros. En el pasado nos hemos mostrado débiles y cobardes, cañas quebradas. Sabemos demasiado bien que, si nos dejan a nosotros mismos, Satanás desearía tenernos para zarandearnos como trigo: “Señor, ¿soy yo?”». ¿Era injustificada esa aprensión, esa inconsciente desconfianza y recelo de sí mismos? Nunca, creemos, estuvieron estos discípulos más conmovidos por el amor de su Señor, ni más conscientes de la sinceridad y lealtad del suyo propio, que ahora. Y, sin embargo, todos, pocas horas después, lo abandonaron y huyeron.

Hermanos, es bueno para nosotros, en nuestras temporadas de más devota consagración, cultivar un sentido de nuestra propia fragilidad, de la inconstancia y el vaivén de nuestros mejores estados, de la inestabilidad de nuestros mejores propósitos. Aun en el suelo santo que pisamos hoy, sea nuestro declarar, en profunda humildad y temor de Dios: «Señor, es tu gracia sola la que me guarda de ser otro Judas. No puedo fiarme de este corazón traidor. Acudiré a tu mesa pronunciando y sintiendo profundamente la confesión: por la gracia de Dios soy lo que soy».

Pero, por otra parte, déjenme añadir: como ordenanza designada por Dios, si se participa de ella con espíritu de fe humilde y sincera, no puede menos que resultar un vivificador de la vida divina, que estimula a una obediencia nueva y más consagrada. Aunque de muchas maneras nuestros corazones puedan condenarnos, Aquel que es «mayor que nuestros corazones» aceptará nuestras ofrendas y nos dará fuerzas suficientes para nuestro día. El mismo acercamiento a Él, por medio de sus medios especiales de gracia, asegurará su propia bendición prometida y pactada: «Tú sales al encuentro del que se regocija y obra justicia, de los que se acuerdan de ti en tus caminos» (Isaías 64:5). «Yo los bendeciré, y los alrededores de mi collado serán benditos; haré descender la lluvia en su tiempo; lluvias de bendición serán» (Ezequiel 34:26).

Sin duda, en muchos días futuros oscuros y perplejos, cuando su Maestro ya no estuviera y tuvieran que pelear solos las batallas de la fe, los apóstoles volverían a esta hora santa de una primera Comunión. Que Aquel cuya presencia y bendición, ahora como entonces, dan a la solemne Ordenanza toda su preciosidad, se nos dé a conocer en el partir del pan, revelando el misterio de su amor sufriente, la plenitud y la gloria de su victoria final, y cumpla en nuestra experiencia su segura promesa: «En todo lugar donde yo hiciere memoria de mi nombre, vendré a ti y te bendeciré».

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: CHRIST AND HIS DISCIPLES AT THE LAST SUPPER — Parte 3

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura