La tierra prometida

Seres como los ángeles: el destino glorioso del cristiano

La promesa de ser como los ángeles en conocimiento, santidad y felicidad asombra a nuestra flaqueza, pero procede del testigo fiel y aguarda aun al más humilde de los santos.

"Ya no pueden morir más, pues son como los ángeles. Son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección." Lucas 20:36

Esta, aunque dista mucho de ser una palabra dura, es no obstante un dicho muy sorprendente y asombroso. Llegar a ser "semejante a los ángeles", ¿no es demasiado para criaturas como nosotros albergar una expectativa tan elevada? Que nosotros, que no somos más que polvo y ceniza, que habitamos en tiendas de barro, cuyo aliento está en nuestras narices, que somos quebrantados antes que la polilla, que podemos decir a la corrupción: Tú eres mi padre; y al gusano: Tú eres mi madre y mi hermana, ¿no requiere el que para criaturas tan viles se reserve un destino tan glorioso una fe recia para creerlo?

Pero cuando recordamos por quién fue hecha esta declaración, por extraña que sea, su verdad no puede ponerse en duda. Debemos recibirla como "palabra fiel", pues ha salido de los labios del "testigo fiel"; y por más que sacuda nuestras actuales concepciones bajas y limitadas, debemos recordar que nada es imposible para Aquel cuyo poder es sin límites, cuyos recursos son inagotables, y que siempre fue y siempre será excelente en consejo y admirable en todas sus obras.

Entre las muchas cosas por las que se distinguen los ejércitos angélicos, no necesitamos titubear en señalar su gran conocimiento. Y para darnos cuenta, en alguna medida, de lo que entraña el ser semejantes a ellos en este particular, la siguiente ilustración puede ayudarnos: supóngase que los grandes sabios de la antigüedad no hubieran vivido los sesenta o setenta años que les fueron asignados como período de su existencia terrenal, sino que hubieran florecido desde su época hasta nuestros días. Supóngase que, durante el transcurso de todos esos siglos, hubieran avanzado constantemente en conocimiento, añadiendo día tras día y año tras año, sin interrupción, a sus tesoros intelectuales. Supóngase que hubieran tomado parte destacada en todos los asuntos públicos de aquel prolongado período, y que nada de importancia hubiera ocurrido sin su intervención y concurso. Y supóngase también que hacía tiempo que se habían despojado, como quien descarta las necedades de la juventud, de todos los prejuicios y principios malsanos de sus primeros años, y que habían podido concentrar todas sus energías en el único gran propósito de iluminar y enriquecer sus mentes.

Pues bien, con tal suposición, ¿qué clase de hombres habrían llegado a ser? ¿Qué tesoros de conocimiento poseerían, después de haber pasado veinte o treinta siglos en su búsqueda sin distracciones? ¿No serían nuestros grandes hombres, nuestros Bacons, y Newtons, y Miltons, simples pigmeos junto a ellos; y que ellos confesaran que no eran dignos ni de desatar la correa de sus zapatos sería una condescendencia insuficiente en verdad.

Pero la suposición anterior solo se aplicará muy débilmente a los ángeles de Dios en el Cielo. Ellos han vivido durante innumerables edades, no en una región de nubes y tinieblas, como lo es este mundo en el mejor de los casos, sino en regiones de luz perfecta. Han gozado de una inmortalidad gloriosa en aquel mundo bendito, donde la verdad reina sin oposición, donde el conocimiento es el estado y el carácter universales, y donde todos los misterios están revelados. Y cuando conectamos sus facultades transcendentes con las oportunidades que han tenido de ejercerlas, habiendo, como servidores del Altísimo, ocupado puestos de confianza y honor a la diestra del dominio universal, entonces aparecerá que si nuestros grandes hombres eran simples enanos junto a los sabios a que nos hemos referido, igualmente aparecerá que aquellos sabios no serían sino enanos comparados con estas exaltadas inteligencias en los lugares celestiales.

Ahora bien, si tal es el carácter de los ángeles, ¿qué será llegar a ser semejante a ellos? Y, con todo, este es un honor que aguarda al más humilde de los santos. Por pocos que sean sus privilegios y limitados sus logros aquí, en el mundo venidero será igual a las elevadas principados y potestades de lo alto.

Estos seres gloriosos no son menos notables por su excelencia moral que por sus grandes poderes intelectuales. ¡Oh, qué será, entonces, ser tan puros como los ángeles son puros, que jamás han sido contaminados por una sola mancha de pecado! Y, siendo iguales a ellos en santidad, el creyente será igual a ellos en felicidad, pues lo uno es consecuencia natural de lo otro.

¡Hijo de Dios! No te conformes con un nivel bajo aquí; antes anhela que la voluntad de Dios sea hecha por ti en la tierra, así como es hecha por los ángeles y los santos perfeccionados en el Cielo.

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: Like the Angels

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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