Eso es justamente lo que Jesús hace todo el tiempo con sus hijos que están angustiados y no pueden levantarse. No se queda lejos cuando quiere ayudarlos, sino que se acerca a ellos con el corazón cálido de un hermano y con la mano dispuesta. Esa es la manera en que también nosotros debemos aprender a ayudarnos unos a otros: extendiendo una mano fuerte y levantadora a quienes están caídos. Muchos tropiezan y necesitan de alguien que, en el nombre de Cristo, se acerque y los ayude a ponerse de pie.
El ejemplo de esta mujer no debe pasarse por alto. Cristo le había devuelto la vida, ¿y qué podía hacer ahora con ella sino consagrarla al servicio de Aquel que se la había restituido? Así lo hizo, no con meras palabras de gratitud, ni con emociones cálidas y tiernas de alabanza solamente, sino con servicio: se levantó y atendió a su Sanador y a sus amigos. Su ministerio, además, fue de la clase más práctica y útil. No se quedó suspirando ni esperando la ocasión de hacer algún gran servicio por Jesús; simplemente tomó el servicio que primero se presentó a su mano y se puso a rendir las atenciones comunes de una anfitriona hogareña.
Hay aquí todo un racimo de enseñanzas. Todo cristiano enfermo que es restaurado, ya sea de una manera común o extraordinaria, debería apresurarse a consagrar su vida al servicio de Dios. Ciertamente esa vida fue preservada con un propósito, y seríamos desleales a Dios si no la dedicamos así.
Muchas personas viven siempre suspirando por oportunidades para servir a Cristo, imaginando algún servicio noble y espléndido que les gustaría prestar. Mientras tanto, dejan escapar de sus manos precisamente aquellas cosas en las que Cristo quiere que le sirvan. El verdadero ministerio para con Cristo consiste, ante todo, en hacer bien los deberes de cada día.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Serving Christ
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.