UNA POSADA
Fue motivo de mucha satisfacción, creo, tanto para mi compañero de viaje como para mí, contemplar la aparición de una posada en el camino; pues ambos necesitábamos descanso y refrigerio; de modo que sin deliberación alguna entramos por la puerta.
«¿Podéis alojarnos?», preguntó mi amigo al posadero, que se hallaba cerca de la puerta cuando nos acercamos a la casa. «Desde luego», respondió el hombre, y nos condujo a una habitación.
«No olvidas, hermano mío», susurró mi compañero de viaje, «quién fue, entre los peregrinos que atraviesan este mundo, aquel que no pudo hallar este alojamiento. No hubo lugar para Él en la posada. ¡Cuán dulcemente está dispuesto en todas las diversas circunstancias de la vida descubrir algo de su luminoso ejemplo que va delante de nosotros en casi toda situación; no a modo de reproche, sino para señalarnos, en innumerables casos, la superioridad de nuestros alojamientos frente a los suyos!
«Hay algo en la misma naturaleza de una posada», continuó mi amigo, «que sirve, a mi parecer, para promover los propósitos sagrados de una peregrinación como la nuestra con más eficacia que casi cualquier otra situación; y si yo pudiera elegir en este punto, querría, por encima de todo, que fuera mi morada en la hora de la muerte; pues cada cual está tan ocupado en sus propios asuntos, que no hay ni tiempo ni inclinación para atender los de los demás; de modo que aquí un hombre podría verse libre de la molesta importunidad de los asistentes, que a veces se vuelve una triste interrupción para el alma en sus preparativos para su viaje al mundo invisible, mientras el carruaje aguarda a la puerta.»
Nuestro refrigerio, consistente en un poco de té y pan, fue pronto servido; el cual, tras haber invocado mi amigo primero la bendición divina para santificar su uso, disfrutamos verdaderamente. «El té es una bebida muy agradable», dijo mi amigo, «a mi paladar; y me costaría hallar algún sustituto, si me vieran privado de su uso. He oído a muchos hablar de él como pernicioso; pero verdaderamente creo que una gran razón por la que resulta así es porque es una comida sin gracia. Si no pedimos la bendición de Dios sobre nuestros alimentos, ¿cómo podemos sorprendernos si, en vez de ser sanos, resulta dañino?»
Tras haber concluido nuestra comida y, cual huéspedes bien servidos, habernos levantado de la mesa, bendiciendo al bondadoso Dueño del banquete, «que nos da todas las cosas ricamente para disfrutar», estábamos a punto de dedicarnos a la lectura de la palabra de Dios, a fin de llenar provechosamente el tiempo hasta la hora del descanso, cuando ocurrió una circunstancia que de inmediato llamó la atención de ambos.
Fuente y atribución
Autor original: Robert Hawker
Título original: Zion's Pilgrim — AN INN
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Robert Hawker, publicado originalmente en Grace Gems.