La soledad endulzada

Solo Cristo sacia el alma sedienta de plenitud

El alma inmortal persigue honores, riquezas y gloria sin encontrar descanso; solo la plenitud de un Dios trino reconciliado en Cristo puede saciar sus deseos más profundos.

Hay en la mente del hombre un deseo inquieto e ilimitado de algo que este mundo, con toda su gloria, no puede conceder. Este apetito inmortal, este deseo vivo, los mortales ciegos procuran saciar: unos con honores, otros con placeres; unos con riquezas, otros con imperio y gloria. ¿Y debemos sorprendernos de que nunca queden satisfechos? Aunque pudiera rastrear mi linaje a través de ilustres héroes y renombrados reyes hasta el primer fundamento de los reinos, esto no proveería a mi alma de todo lo que desearía. Aunque poseyera en mí la suma del saber de todos los hombres ilustrados, de modo que los más sabios filósofos vinieran a aprender a mis pies, mi deseo tendría aún su vacío por llenar. Aunque tuviera todos los títulos magníficos, los epítetos honoríficos, las distinciones engrandecedoras y los apelativos de renombre, ni aun estos llenarían el extenso blanco. Aunque se me confiera el dominio incontrastado de todo el universo, de modo que mi nombre fuera reverenciado en toda nación, se me erigieran estatuas en todas las tierras y mi fama y gloria resonaran en cada reino, aún así mis deseos harían nuevas exigencias. Aunque Arabia, como posesión mía, me presentara todas sus fragantes especias; las Indias, como herencia mía, atesoraran para mí todas sus riquezas; y todos los reinos, como tributarios, me enviaran sus mercaderías; aunque la tierra abriera todas sus venas de plata y sus minas de oro para enriquecer mis tesoros; aunque mi trono fuera de una sola perla y mi corona de un solo diamante; aunque mis guardias fueran reyes, mis criados príncipes y mis inmediatos súbditos nobles; aunque los diarios convidados de mi mesa fueran miles y decenas de miles de personas honorables; y aunque para el banquete de mi mesa mis rebaños cubrieran toda colina, mis manadas recorrieran todo valle florido, las aves de toda ala se posaran alrededor de mi palacio y los peces de toda aleta vinieran espontáneamente a la orilla cuando fueran menester; aunque las fuentes manaran aceite, los ríos corrieran vino y los bosques destilaran miel—con todo, mi corazón no diría: '¡Basta!'

Aunque un verano perpetuo brillara sobre el lugar de mi morada, y las tormentas y tempestades se mantuvieran lejos de mi hogar; aunque, según los sueños de los filósofos, los mundos del otro lado del sol se inclinaran a mi cetro; aunque las centelleantes estrellas, las glorias de los cielos más altos, que se alzan esfera sobre esfera innumerable, se añadieran a mi heredad; aunque tuviera las facultades de un ángel y el discernimiento de un serafín; aún faltaría algo, sin lo cual no podría ser feliz. Aunque mi salud nunca fuera atacada por enfermedad—sino mi familia floreciente como las flores, mi descendencia numerosa como las briznas de hierba que visten el llano verde, y nunca mermada por la muerte; y aunque en esta dicha multiplicara mis días como los granos de arena—mis deseos estarían entonces tan lejos de satisfacerse como cuando comencé a gozar de este todo sombrío e imaginario.

¿Dónde, pues, se halla esta plenitud suficiente? ¿Qué es lo que saciará mis inmensos deseos? Un Dios trino, reconciliado conmigo en su propio Hijo, comunicándose a mí en la infinita plenitud de sus riquezas espirituales; y la porción eterna de mi alma inmortal.

Todas las partes reunidas de la creación—saber, títulos, honor, riquezas, renombre, servidores, dependientes, familia, amigos, dominio, salud, longevidad y cualquier otra excelencia—son para mi alma sedienta como una gota, de la cual podría tragar muchas y, con todo, desmayar bajo el rayo abrasador. ¡Mas Cristo es un océano de desbordante plenitud! Me detengo en esta orilla, y me asombro. Miro, y en su extensión sin límites me pierdo. Poseo, y quedo colmado—tanto que ya no puedo desear más. ¡Qué plenitud divina es este divino Ser! Todas las cosas sin Cristo no pueden dar satisfacción; pues en verdad sin Cristo todas las cosas no son nada—pero con él, lo que parece casi nada es más y mejor que el todo del mundano. Las cosas materiales, por excelentes que sean, no convienen ni pueden saciar al alma inmaterial e inmortal.

Pero en Cristo hay algo que sacia, refresca y arrobata al alma creyente, aun cuando mi mirada se vuelve hacia aquel día terrible en que la naturaleza será abrasada; o más allá aún, hacia la eternidad, donde la criatura no se atreve a presentarse como porción adecuada para el alma. 'En él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.' Mis deseos quedan completos en él. No puedo ir más allá, no puedo desear más de lo que él tiene. Entonces, en el presente, soy más feliz que el mundano más feliz, ¡pues poseo un cielo! Mientras que un cielo de arrobamiento y deleite, torrentes de éxtasis y bienaventuranza, ¡están guardados en reserva para mí!

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: Christ, and none but he, satisfies desires

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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