La idea de que Dios estuviera obligado a revelarse al hombre no puede sostenerse ni un instante. Su revelación de sí mismo, de su mente y voluntad, a criaturas caídas ha de considerarse, pues, como un acto asombroso de su misericordia soberana, sin ningún mérito de nuestra parte. La fuente de esa revelación ha de estar enteramente en Dios mismo. Y la única manifestación plena y perfecta de la gloria de Dios se contempla en el Señor Jesús; aparte de un conocimiento espiritual y experimental del Hijo, no puede haber conocimiento verdadero, adecuado y salvador del Padre. «Nadie ha visto a Dios jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer».
Examina, pues, a la luz de la Palabra revelada, la fuente y el carácter de tu conocimiento de Dios. ¿Te ha abrumado con el sentido de tu pecaminosidad? ¿Te ha llevado a exclamar: «¡Ay de mí, que soy perdido, porque soy hombre de labios inmundos, y mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos»? ¿Te ha postrado bajo la cruz de Cristo, conduciéndote a su sangre y justicia para perdón y aceptación? Si no ha obrado esto en ti, tu conocimiento de Dios es como metal que resuena o címbalo que retiñe. «Esta es la vida eterna», dice Cristo, «que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado». Si no conoces al Hijo, no conoces al Padre. Considera la misericordia de tratar con un Dios tan santo y justo, y a la vez tan bueno y sabio, en un Cristo tan verdaderamente humano, tan manso, tan cercano y tan amado. Dios en Cristo. ¡Oh, la inmensidad de esta verdad! Un Dios reconciliado con el creyente, cuyos pensamientos son paz y cuyos tratos son paternales.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Evening Thoughts - July 19
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.