La vida de Cristo para cada día

Toda la multitud se unió para burlarse de Cristo en la cruz

Gobernantes y pueblo, judíos y gentiles se unieron para burlarse del Señor crucificado. Pero el amor, no los clavos, le sujetó a la cruz por nosotros.

Entre los sufrimientos de nuestro Señor, las burlas ocuparon un lugar conspicuo. Cuatro veces, en el curso de pocas horas, fue públicamente escarnecido: primero en el palacio de Caifás, luego en la casa de Herodes, después en el pretorio de Pilato y, por último, en el Calvario, mientras pendía de la cruz. En esta ocasión, hombres de toda condición se unieron para insultarle. Gobernantes y pueblo, judíos y gentiles, soldados y ciudadanos, de común acuerdo escarnecieron al Señor de la gloria. Aun los ladrones, con sus improperios, mostraban que le tenían por peor que ellos. ¡Cuán distinta de esta escena en la tierra es la que ahora se contempla en el cielo, donde seres de todo orden, ya sean tronos o dominios, principados o potestades, se unen en un solo cántico de adoración! La turba impía se burló del Salvador moribundo de diversas maneras: con gestos de desprecio, pues movían la cabeza; con acciones de escarnio, pues los soldados se acercaban a él ofreciéndole vinagre; y, sobre todo, con palabras despreciativas. Al parecer, nadie pronunció discursos más insultantes que los sacerdotes, escribas y ancianos. En vez de dirigirse al Hijo de Dios, hablaban entre sí y al pueblo. Es más penoso oír a nuestros enemigos hablar contra nosotros a otros que oírles dirigir a nosotros los mismos reproches; hay más desprecio en tal modo de ataque que en un asalto directo. Jesús oyó a aquellos hombres dicentes decir a los circunstantes: «A otros salvó, a sí mismo no puede salvar». Intentaban hacer dudar al pueblo de que realmente hubiera salvado a otros, viendo que no se salvaba a sí mismo. Mas semejante intento no podía prosperar, cuando tantos, rescatados de la ceguera y la enfermedad, podían verse por todas las calles de Jerusalén; y cuando aun uno de los propios siervos del sumo sacerdote acababa de experimentar su poder sanador. Si todos a quienes él había salvado de la muerte eterna hubieran comparecido para dar testimonio de su poder, ¡qué gloriosa compañía habría cubierto el Calvario! Comparecerán en un día venidero, junto con multitudes entonces y aun ahora nonatas, y declararán a una voz: «Él nos salvó». ¡Cuán dichoso es cada uno de los presentes que pueda decir con verdad: «¡Él me ha salvado!» Él está dispuesto a salvar a cada uno de nosotros. A sí mismo fue a quien no quiso salvar, porque sabía que si se salvaba a sí mismo, no podría salvar a ningún otro. Si hubiera descendido de la cruz, entonces nosotros no podríamos jamás salir de la tumba.

¿No debió herir su alma oír a las criaturas por quienes moría decir: «Si eres el Hijo de Dios, desciende de la cruz»? Si todas las huestes de Satanás se hubieran unido para burlarse de él, sus burlas no habrían sido tan penosas. ¡Con cuánta facilidad podría haber mostrado a sus criaturas ingratos que él era el Hijo de Dios! Le bastaba haber hablado, y los clavos habrían caído de sus manos y de sus pies. Pero el AMOR le sujetó al lugar del tormento: amor a su Padre, que parecía haberle desamparado; amor a sus enemigos, que pronunciaban los dichos más provocadores. ¿No fue éste un amor asombroso, un amor incomprensible? Y, con todo, muchos de los que han oído de él no se avergüenzan de declarar que no aman a Jesús; y otros, que dicen amarle, muestran por su conducta que no le aman. ¿Le amamos de verdad a alguno de nosotros este Salvador compasivo? ¿No anhelamos amarle más? Era la oración constante del apóstol por todos los santos, que pudieran «conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento». Visitemos el Calvario; sentémonos al pie de la cruz; contemplemos al Cordero que sangra. Aunque nuestros corazones hayan sido blandidos en otro tiempo por el Espíritu Santo, se endurecerán de nuevo si nos mantenemos lejos de aquella escena de dolor y de amor.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: All men unite in mocking Christ

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura