Esa palabra ha sido a veces dulce para mí: «todo ser viviente». ¡Cuán comprensiva es, y cuán bajo desciende! Llega hasta el más débil, el más bajo y el más pequeño de la familia de Dios, si tan solo es «una cosa», «una cosa viviente»; si no puede verse a sí mismo como un hombre en Cristo, ni aun como un hijo de Dios, ni siquiera como un niño recién nacido; si no puede hallar en sí mismo los rasgos de un hijo, ¡con tal de ser «una cosa viviente»!
Acaso, si no puedes rastrear en ti los rasgos de un hombre adulto, y te aflijan dudas de si tu experiencia alcanza siquiera la del niño recién nacido, puedes entrar aquí como «una cosa viviente», alguien indescriptible, que no logra entenderse a sí mismo, con una experiencia que cree que nadie puede sondar, con ejercicios que nadie más parece sufrir, caminando por una senda donde ningún otro hijo de Dios parece haber pasado. ¿No dijo uno antaño, y no hemos repetido sus palabras nosotros, que era «como una bestia delante de ti»? No un hombre, pues «más bruto soy que ninguno, y no tengo entendimiento de hombre»; pero con vida aún, respirando tras Dios aún, con algo en el alma que no puede descansar satisfecho sino con la manifestación y la presencia de Dios.
He aquí la marca de la «cosa viviente»: el deseo. «Tú sacias el deseo de todo ser viviente»; no los deseos naturales, ni «el deseo del perezoso, que nada tiene», sino los deseos espirituales que el mismo Espíritu Santo ha encendido: deseos tras Dios, «como el ciervo brama por las corrientes de las aguas»; deseos de conocer a Cristo por alguna dulce revelación de su gloria, de ser llevados al pie de la cruz y tener su imagen impresa en el alma; deseos de ser introducidos en la anchura, longitud, profundidad y altura de aquel amor que sobrepasa el conocimiento. Aunque en sus propios sentimientos sea un indescriptible, este «ser viviente» lleva la marca de la vida: deseos vivos hacia el Dios vivo, afectos que respiran tras Jesús, un corazón inquieto e insatisfecho, descontento con las cosas del tiempo y de los sentidos, que suspira al Señor por las manifestaciones de su gracia y de su amor.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: February 19
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.