El final de un año nos invita a la reflexión. Es un buen momento para hacer balance de nuestra vida, para ver cómo estamos y en qué lugar nos encontramos. La introspección no es sana como hábito de vida, pero vive de manera imprudente quien nunca mira dentro de su propio corazón para comprobar si todo va bien. Necesitamos orientarnos de nuevo de vez en cuando, para saber con precisión hacia dónde nos dirigimos.
Una decisión sabia al final de un año es olvidar una buena parte de lo vivido. Dejar atrás un año viejo es algo así como mudarse de una casa antigua. Muchas cosas se acumulan, que estaban bien en su momento y lugar, pero que no merece la pena conservar una vez que han cumplido su propósito. Muchas cosas son buenas para el uso que se hace de ellas, pero no pueden volver a utilizarse. No vale la pena, por tanto, conservarlas entre nuestras provisiones. No son más que basura. Una de las mejores cosas que podemos hacer al cambiar de hogar es encender una hoguera con las cosas viejas y gastadas.
Hay mucho en un año viejo que sería muy insensato por nuestra parte arrastrar al año nuevo. A medida que envejecemos, al menos, deberíamos hacernos más sabios. Hemos hecho muchas cosas este año como consecuencia de la inexperiencia o de la insensatez. Por mucho que nos disculpemos por estos actos, pues no sabíamos hacerlo mejor, ya no tendremos excusa si persistimos en las mismas locuras ahora que sí sabemos hacerlo mejor.
La ciencia de vivir, dice alguien, no consiste en no cometer errores, sino en no repetirlos. Sin embargo, hay personas que repiten sus errores una y otra vez, durante toda su vida. Haríamos mejor en obrar con más sabiduría.
Hay también un sentido en el que deberíamos olvidar incluso las cosas buenas que hemos hecho durante el año. Algunas personas viven del todo en exceso ancladas en su pasado. Se dan palmaditas en la espalda cuando han hecho algo valioso, y se conforman con vivir muchos días alimentándose de aquel momento de autocomplacencia. Hay hombres que conservan con gran reverencia cada recuerdo de sus propias buenas acciones, de sus actos loables, de sus obras de caridad y filantropía, y de cada palabra de elogio que otros han pronunciado sobre ellos, de modo que ni un ápice de aquella preciada gloria pueda perderse jamás.
Algunos hombres guardan álbumes de recortes con todas las menciones en la prensa sobre ellos y su obra, y toda referencia impresa y todo elogio hacia su persona. Debe de haber cierto consuelo para estas personas en repasar una y otra vez los recuerdos de su propio y distinguido pasado.
Pero quienes se proponen sacar el mayor provecho posible de sus vidas encuentran poco tiempo para tan dichosa cavilación. Apenas terminan una obra, otra los está reclamando. Aprenden a llenar cada día con la mayor utilidad que pueden comprimir en sus horas, y luego a cerrarlo como quien cierra un libro que ha sido leído hasta su último capítulo y que ya va a guardarse. Olvidan incluso lo mejor de su pasado, y lo dejan atrás mientras se apresuran hacia cosas mejores. Nunca miran atrás en busca de logros o metas en los que descansar; creen que lo mejor aún está por venir, que aún ha de alcanzarse o lograrse. El año que ha pasado se ha perdido para ellos solo como un campo en el que han estado sembrando semilla viva. Sus palabras, sus actos y su influencia son las semillas. Crecerán, y así el año será un pedazo de huerto. No pueden volver a recorrer los días, ni necesitan hacerlo si los han vivido bien. A ellos correspondió la siembra; otros recogerán la cosecha. Están del todo dispuestos a dejar que su obra hable por ellos, y olvidan lo que han hecho, dejándolo todo en manos de Dios.
Así pues, nuestro deber es mantener siempre el rostro vuelto hacia adelante. Nada tenemos que ver con el tiempo que ya se ha ido. No podemos revivirlo. Si hemos desperdiciado sus oportunidades, no podemos recuperarlas. Todo cuanto podemos hacer entonces es pedir a Dios que perdone nuestros errores y los gobierne, y que saque bien de ellos aun ahora, mientras avanzamos hacia una vida nueva y mejor.
Deberíamos también dejar atrás, al pasar del año viejo al nuevo, todo resentimiento y todo sentimiento poco amable, todo recuerdo de los agravios recibidos de otros. El mundo no siempre es amoroso. Muchas personas son distraídas. Incluso las personas buenas dicen y hacen cosas a la ligera que causan dolor a los corazones sensibles. Si insistimos en recoger todos los fragmentos de injuria, injusticia y desamor que encontramos en nuestro camino, pronto tendremos nuestras doce cestas llenas, pero no con fragmentos de pan, como nuestro Maestro mandó recoger a sus discípulos para que nada se perdiera.
Nunca deberíamos permitir que se pierda ni una migaja de amor. El amor es pan. Todo lo tierno y bondadoso del año, deberíamos conservarlo y atesorarlo. Pero no es la voluntad del Maestro que llevemos con nosotros el recuerdo de nada que sea desamor. Se nos enseña a perdonar las heridas que recibimos, todo lo que haya de desabrido o de ingrato en la conducta de los demás hacia nosotros. Las Escrituras nos exhortan a no dejar que el sol se ponga sobre nuestra ira. Si no deberíamos arrastrar ningún sentimiento amargo fuera de un día que ya pasó, con mucha menos razón deberíamos trasladar de un año viejo a uno nuevo el recuerdo de nada que sea desamor. Dejemos las espinas, y llevémonos solo las rosas a nuestra vida nueva.
Un año nuevo debería marcar un nuevo comienzo de vida, y en él no deberíamos tener sino todo cuanto es verdadero, todo cuanto es justo, todo cuanto es honorable, todo cuanto es puro, todo cuanto es amable.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: A New Year
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.