«Jehová tu Dios circuncidará tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma.» (Deuteronomio 30:6). El amor es el alma de la nueva criatura; el cierre del alma con Dios. El que más tiene de Dios, más cristiano es; y el que más tiene de amor, más tiene de Dios. Dios es amor.
Al tratar de este amor a Dios, consideraremos su objeto y su acto.
I. SU OBJETO. El objeto del amor divino es Dios. Dios es bueno, y lo bueno es amable. Dios es todo bueno: ninguno hay bueno sino uno, esto es, Dios. Dios es esencialmente bueno, la bondad en abstracto; él es infinitamente excelente, él es toda perfección. En este solo atributo se incluyen todos los demás atributos de Dios, y esto en cada uno de ellos. Aunque las Escrituras, hablando a nuestra capacidad, describen a Dios y sus atributos gloriosos en nociones varias y distintas, sin embargo en cada una están incluidas todas; cada una es infinita, y la perfección infinita es esencialmente toda perfección. Dios es originalmente bueno, la fuente y el dechado de todo aquel bien moral que hay en sus criaturas; él es liberal y gracioso, presto a hacerles bien; y él es el fin bienaventurador, o la bienaventuranza final del alma. La bondad de Dios para con sus criaturas tiene sus diferentes y varios nombres. Según es otorgada libremente, es gracia; según las mira como necesitadas, es liberalidad; según están en miseria, es misericordia y compasión; según lo provocamos, es paciencia; según pretende su bien, es amor; según responde tanto a sus necesidades como a sus capacidades, es suficiencia total. Todas estas, su liberalidad, misericordia, compasión, paciencia, amor, suficiencia total, todas estas son en una palabra su bondad, y la bondad pide amor. El objeto de este amor es Dios: particularmente, 1. Dios en sí mismo; 2. Dios en Cristo; 3. Dios en todas las cosas de Dios.
1. Dios en sí mismo, como infinitamente excelente, y así digno de todo amor. Dios debe ser amado en sí mismo y por sí mismo, por su propia dignidad; Dios es bueno en sí mismo, y por tanto debe ser amado por sí mismo.
2. Dios en Cristo. En quien solo, considerándonos como pecadores, puede decirse que es bueno para con nosotros. Hay un cuádruple incentivo de amor: percepción, proporción, propiedad, posesión.
PERCEPCIÓN, la aprehensión o comprensión del objeto que ha de ser amado. Debemos conocer antes de poder amar: ora a Dios no pueden verlo los mortales; él habita en luz, mas esa luz es para nosotros invisible. Cristo es el espejo en el cual esta gloria puede ser vista. No podemos ver a Dios sino a través de un velo de carne, en el rostro de Jesucristo. (2 Corintios 4:6). «Nadie ha visto a Dios jamás;» pero «el Unigénito del Padre,» que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer. (Juan 1:18).
PROPORCIÓN. Y hay una doble proporción requerida; en cuanto a la cantidad, debe haber suficiencia; y en cuanto a la calidad, debe haber conveniencia. Dios mismo es proporcionado a nosotros, considerados como criaturas racionales, y en nuestro estado de inocencia: él es a la vez un bien suficiente y un bien conveniente; pero Dios en Cristo solo es conveniente para nosotros, considerados como criaturas caídas en estado de pecado. Dios en Cristo es un Dios de piedad y compasión para con nosotros; un Dios de paciencia, un Dios de misericordia, con quien hay abundante redención. Un Dios que perdona la iniquidad y pasa por alto la transgresión; amándonos en nuestro estado bajo, amándonos y compadeciéndose de nosotros, amándonos y perdonándonos, amándonos y lavándonos, amándonos y salvándonos de nuestros pecados y de la ira venidera. Y tal amor es la gran llama que enciende el amor; amor que brota de entre una nube de ira y furor y desagrado; amor abusado, amor provocado, y sin embargo amor que perdona: a quien mucho se le perdona, amará mucho.
PROPIEDAD, o interés. Lo que es bueno, bueno para nosotros, y nuestro propio bien, eso se lleva nuestros corazones. Debemos amar nuestro propio bien, porque debemos amarnos a nosotros mismos. Nuestro amor a Dios se intensifica por el debido amor propio. Hay un amor propio pecaminoso, cuando amamos por nosotros mismos lo que no somos nosotros, cuando amamos nuestra carne y el interés de la carne, o cuando nos amamos desordenadamente, más que a Dios, y a Dios solo por nosotros; y hay un amor propio lícito, cuando nos amamos en el Señor y por el Señor. Y cuanto más así nos amamos, más es el Señor amado por nosotros; y cuanto más él es nuestro, más amor recibe de nosotros. Ahora en Cristo el Señor es nuestro Dios; nuestro propio Dios, incluso nuestro propio Dios. «Tú eres mi Dios, y yo te alabaré. Tú eres mi Dios, yo te exaltaré.» (Salmo 118:28). El Señor es Dios, y por tanto le amamos; el Señor es bueno, gracioso, misericordioso, y por tanto le amamos, sí, y debemos amarle, sea nuestro o no; pero cuando ambos se encuentran, él es Dios, y nuestro Dios; él es bueno y nuestro bien, gracioso, misericordioso, suficiente para todo, y todo esto para nosotros: de aquí que nuestro amor sea perfeccionado en nosotros.
POSESIÓN. Podemos amar un bien distante, un bien ausente, un bien solo posible; hay amor en la esperanza, pero cuanto más cerca está de nosotros un bien que es realmente bueno, más atractivo y aceptable es. Está más en nuestros corazones cuando está más en nuestras manos. Ciertamente, aquellas cosas que son solo bienes imaginarios y finitos, siendo sobrevaloradas y juzgadas mejores de lo que son, son amadas más a la distancia, porque cuando llegan a la mano vemos nuestro error. Pero aquello que es lo que parecía; mucho más, aquello que está sobre nuestros pensamientos, más allá de nuestras expectativas, el bien infinito, es siempre más querido para nosotros cuanto más se acerca. Todo bien mundano es más valorado, al menos por los corazones carnales, a la distancia; se prometen más goce en él del que tiene para darles; su posesión es su decepción. Mientras codiciaron, idolatraron, adoraron; pero cuando han gustado y comido, les sale por las narices. O si no, se sientan con la vergüenza de los decepcionados; o están hastiados, o siguen con hambre. «¿Es esto todo, todo lo que puedes hacer por mí; todo el placer y consuelo que tendré de ti? ¿Toda mi expectativa de deleite y satisfacción se reduce a esto? ¡Consoladores miserales sois todos.» La posesión y el disfrute son la prueba de todas las cosas. Y la vanidad, una vez probada, es menos amada. Pero Dios, siendo un bien suficiente e incomprensible, cuanto más cerca está de nosotros, y más es nuestro, más le estimamos y amamos; porque entonces hallamos que la mitad no nos había sido contada.
Ahora en Cristo, tenemos no solo una propiedad en Dios, sino en algún grado una posesión presente. «El que tiene al Hijo, tiene también al Padre.» Vemos su luz, sentimos su amor, gustamos su bondad, disfrutamos su presencia, tenemos a Dios con nosotros, tenemos a Dios en nosotros, tenemos comunión con él, él habita en nosotros y nosotros en él; y de aquí amamos, y en esto nos regocijamos.
3. En todas las cosas de Dios: en su palabra, ordenanzas, días de reposo, santos, en gracias, deberes, en todos sus caminos; los santos aman a Dios, y aman su palabra; es a Dios en la Palabra a quien aman; aman a Dios, y aman las ordenanzas, y los días de reposo, y los santos: es a Dios en todas estas cosas a quien aman; aman los caminos, y las obras, y todas las dispensaciones de Dios, y es a Dios en todas ellas a quien aman; ven a Dios en todo, y aman a Dios dondequiera que le ven. Miran todas estas cosas con otro ojo, y por tanto las abrazan con otro corazón que los demás hombres. El amor de los santos a las cosas de Dios, es su amor a Dios; porque es a Dios en ellas a quien aman; su amor a ellas se funda ya en su participación de Dios, ya en su relación con Dios. Amamos las cosas de Dios, porque son la descendencia, las imágenes, y los carros de Dios.
Las cosas de Dios son la descendencia de Dios; así como los santos nacen de lo alto, así todas las cosas de Dios descienden de lo alto, y por tanto pueden también ser llamadas, como el apóstol las llama, cosas de arriba: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad aquellas cosas que son de arriba, poned vuestro afecto en las cosas de arriba.» (Colosenses 3:1, 2). Todo lo que es de Dios, y pertenece a su reino celestial, es divino y celestial; y el que ama al que engendra, ama por tanto a los que son engendrados, y a todo lo que de él procede.
La Palabra y los santos son las imágenes de Dios, el carácter y la impronta de Dios están sobre ellos; la gracia en los santos, y las verdades santas en la palabra, son el mismo rostro de Cristo, que está lleno de gracia y de verdad; y esta es su regla: Amad a Dios, y amad su imagen.
Las cosas de Dios son los carros de Dios. El que hace de las nubes sus carros, hace también de su palabra, y de sus ordenanzas, y de sus ministros sus carros, en los que desciende a las regiones más bajas para citarse con el mundo. Cuando los ministros vienen, y la Palabra desciende, Dios desciende en ellos para visitar a su pueblo: como se dijo de Pablo, así es verdad de Apolos, y de Cefas, y de todos los dispensadores del evangelio, son vasos escogidos para llevar su nombre delante de los hijos de los hombres; y así como son los carros en que Dios desciende, así son también los carruajes que él les ha enviado, para recogerlos y subirlos a sí mismo. En sus deberes, en sus oraciones, en sus alabanzas, los santos envían sus corazones a Dios. El corazón de Israel dio un salto cuando vio los carruajes que José había enviado. ¡Oh, qué amor expresa el salmista por la casa y los atrios del Señor! «¡Cuán amables son tus tabernáculos! Yo me alegré cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor.» Se alegraba de ir allí, porque de allí esperaba ser llevado más alto, del monte a la mansión, del monte Sion aquí abajo, a la Jerusalén que es de arriba.
Es deber y deleite de los santos ir ascendiendo hacia el cielo: están muertos con Cristo, están resucitados con Cristo; y no es como ellos querrían, sino cuando ascienden con Cristo: están muertos con Cristo por arrepentimiento y humillación; están resucitados con Cristo por fe y santificación; y ascienden con Cristo por amor y afecto santo: este es su carro de fuego, un carro dentro de un carro, que a través de deberes y ordenanzas se eleva en sus propias llamas hacia el Dios de amor.
O, si queréis, las ordenanzas de Dios son nuestra escalera de Jacob que alcanza del cielo a la tierra, por la que los ángeles descienden y las almas ascienden. Dios desciende y los corazones suben, las alabanzas suben y las bendiciones descienden. No habéis probado lo que es una ordenanza, lo que significa la oración, o la predicación, o los sacramentos, los que no habéis visto a Dios descender, ni sentido vuestro corazón ascender por ellos: el que ha sentido esto dirá: Aquí more yo; estén otros donde quieran, entre sus rebaños, entre sus ganados, sobre sus lechos, en sus copas, en sus placeres, o en sus casas; a mí me es bueno estar aquí.
No es de extrañar, cristianos, que los corazones carnales sean tan ajenos a la palabra, que puedan ausentarse tan fácilmente del culto divino y de las ordenanzas; la predicación y la oración y los días de reposo los pueden perdonar, y no sentir su falta; ¡qué de extrañar! ¿Qué es el cielo para la tierra? ¿Qué es Dios para la carne? Estos carros los llevarían lejos de sus dioses, los sacarían de su propia tierra a una tierra extraña, donde no tienen posesión ni conocidos. Mas ¡oh, qué triste maravilla es, que los santos suban tan a menudo a los carros, y sin embargo no se acerquen más a casa; que sigan tan pegados a la tierra, los que han sido tantas veces alzados hacia el cielo; que sus corazones sigan en los muladares, cuyos pies están tan a menudo sobre el monte del Señor; que los carruajes sean enviados tantas veces abajo, y suban vacíos, apenas un corazón enviado en ellos; sí, que estén tan lejos de Dios, cuando Dios está entre ellos. ¿Dónde está vuestro amor, cristianos? ¿Cómo es que sigue abajo? ¿Qué tenéis aquí? Vuestra ciudad está arriba, vuestro hogar está arriba, vuestro Dios, vuestro Jesús, vuestro tesoro está arriba. Oh, ¿cómo es que donde está vuestro tesoro, no están también vuestros corazones? ¡Oír de parte de Dios, y a Dios no con el mensajero! ¡Enviar al cielo vuestros ojos, vuestras manos, vuestras oraciones, vuestras quejas, vuestras promesas, y sin embargo dejar vuestros corazones abajo! ¡Enviar vuestros corazones al cielo, y dejarlos volver otra vez a esta tierra; permanecer tierra, y carne, y suciedad, y vanidad, después de tanto trato o pretensión de ello con el santo Dios de los espíritus! ¿Amáis a Dios, cuando podéis ir tan a menudo donde él está, y no os importa verle; o si le halláis, podéis dejarle ir sin una bendición; o si os bendice, podéis ir enseguida a cambiar la bendición de vuestro Padre por un guiso de lentejas; podéis perder un deber en una cena, los consuelos y avivamientos de un sermón, de un sacramento, de un día de reposo, en una hora de trato carnal con el mundo? Si amáramos más a nuestro Dios, ciertamente estaríamos más con él, y con mejor provecho. Sus encuentros serían más preciosos, y los frutos de ellos más duraderos. No nos iríamos sin su bendición, ni la echaríamos a perder cuando la tuviéramos. Hasta aquí el objeto del amor.
II. SU ACTO. El amor es un afecto natural. El amor de Dios es el abrazo o cierre del alma con el Señor. Es la expansión, o salida del corazón en su fuerza tras Dios, la unión o trabazón del alma con Dios, con un deleite y aquietamiento en él. Tres cosas se incluyen en este amor.
1. La fuerza del corazón que sale tras Dios. Esto es lo que comúnmente se llama nuestro amor de deseo, el respirar, o sed, o ansia del corazón tras Dios, (Salmo 42:1); el corazón obrando hacia Dios con todo su poder; amándole sobre todas las cosas, deseándole sobre todas las cosas, con el mayor vigor y empeño, y como su objeto completo y adecuado. Dios es su todo. «¿A quién tengo en el cielo sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra.»
2. La unión del alma con Dios. Nuestro adherirnos a él. Por el amor el corazón se adhiere al corazón, el alma se adhiere al alma. Se dice de Siquem, (Génesis 34:3), que su corazón se adhería a Dina. La amaba con su corazón, ella había entrado en su corazón, y allí su corazón la retiene. Bernabé exhorta a la iglesia, que con propósito de corazón se mantuviesen adheridos al Señor. (Hechos 11:23). Es la trabazón del alma con Dios. Se dice, (1 Samuel 18:1), que el alma de Jonatán estaba trabada con el alma de David, y Jonatán le amaba como a su propia alma. Y de Jacob, (Génesis 44:30), para expresar su tierno amor a Benjamín, se dice que su vida estaba ligada a la vida del muchacho. De la multitud de los creyentes leemos, (Hechos 4:32), que eran todos de un corazón y de un alma. Su amor los había trabado en uno. Por el amor somos uno con Dios, y él con nosotros. Es el querer del alma a Dios, si así puedo decirlo: querer a Dios para sí, y quererse a sí misma y todo a Dios. Toda alabanza, toda honra, toda bienaventuranza a él. «Sé mío, Señor; nada menos, nada más. Sé mío, no necesito menos, no deseo más. Déjame ser tuyo, ser para ti, ser por ti, tu siervo, tu sacrificio, o lo que tú quieras; y deja que todo lo mío sea tuyo: mi corazón, y mi mano, y mi lengua, y mi tiempo, y mi interés. Deja que todo lo tuyo sea para ti; tus cielos y tu tierra, con cada persona y cada criatura en ellos. Deja que cada corazón, cada boca, cada miembro, cada criatura, sea una alabanza al Señor. Viva el Señor, y bendita sea mi roca; sea ensalzado el Dios de mi salvación. Doble toda rodilla, confiese toda lengua a Dios.» Este es nuestro amor de unión, como se le llama. Y es la misma esencia del amor salvador, en el cual se incluyen tanto nuestra aceptación de Dios, con la entrega o resignación de nosotros mismos a él, como nuestro desear y querer toda gloria, dominio y bienaventuranza a él. Y así aquí está también nuestro amor de benevolencia. Todos estos pueden incluirse en aquella apertura del corazón mencionada (Hechos 16:14). Allí se dice que el Señor abrió el corazón de Lidia. El corazón entonces es salvíficamente abierto, cuando libremente se derrama sobre Dios, todas sus corrientes fluyen hacia el Señor, y cuando toma a Dios en la profundidad del alma. El corazón así abierto al Señor, cuando Dios ha entrado, se cerrará sobre él. «Moras conmigo; has entrado en tu morada. Oh, sea esta tu habitación para siempre.» Solo esto debe añadirse: que con Dios toma también todas las cosas de Dios, su palabra, sus ordenanzas, sus caminos, y todas sus dispensaciones. Con su amor, sus leyes; con sus consuelos, sus consejos; con sus consejos, sus correcciones. «Contigo,» dice, «acepto todo lo que es tuyo, tanto tu yugo como tu cruz; a ti mismo, Señor, a tu amor, Señor, y a todo lo que tú quieras contigo.»
3. El tomar placer el alma, y reposar en él. Esto se llama nuestro amor de deleite. Donde amamos, allí será una estancia deleitosa de la mente en Dios. El objeto mora en el ojo; estamos siempre mirando donde amamos. «Cuando despierte, aún estaré contigo;» allí están nuestros pensamientos, de él es nuestra meditación todo el día.
Mi meditación de él será dulce. El que ama, mora en Dios: «Moraré en la casa del Señor para siempre.» ¿Y por qué allí? Porque allí mora nuestro Dios, y por tanto allí el alma toma su morada. Hay también un aquietamiento del corazón en él. «Vuelve, oh alma mía, a tu reposo.» Pero esto no se siente hasta que el amor ha obtenido su objeto; hasta que el alma se siente amar, y tener lo que ama; amar, y ser amada; aceptar, y ser aceptada de Dios. Cuando llega a esto, entonces tengo bastante. «Yo soy de mi Amado, y mi Amado es mío.» Y aquí está la dulzura de la religión, la médula y la grosura de la piedad, el placer del amor. Cuando amo, puedo reposar; cuando puedo reposar, puedo regocijarme; cuando me siento amar, sé que soy amado; y entonces ¿qué falta? Donde el amor es extraño, el gozo no se conoce; nunca podemos tomar consuelo en nada sino en aquello que amamos. ¿Cuándo tomamos placer en comer sino cuando tenemos comida que amamos? ¿Qué es un amigo, o una esposa, o un hijo, cuando no los amamos? ¿Qué es la sociedad o la comunión, donde el amor no ha hecho primero una unión? ¿Pueden dos caminar juntos si no están de acuerdo? con poco consuelo ciertamente; estarían más contentos si estuvieran separados. Es el amor el que es el placer de nuestras vidas. Es el amor el que hace dulce el cielo; allí tendremos hartura de gozo, porque allí tenemos hartura de amor. El cielo no sería cielo, el mismo Dios no podría ser el gozo, si él no fuera el amor de sus santos. ¡Qué tragos amargos endulzará el amor! El pecado y las concupiscencias y toda la inmundicia de la carne son bocados dulces para los corazones carnales; es la comida que aman; Dios no es nada, Cristo no es nada para ellos. ¿Qué tiene tu Amado más que otro? La religión es para ellos una servidumbre, la santidad una carga; para ellos no solo los trabajos, sino los gozos de los santos son vacíos y desabridos. No hay banquetes verdaderos sino banquetes de amor. El amor hace sabroso cualquier manjar. Cuando pone tal dulzura en el pecado que incluso la muerte y el infierno pasarán por los corazones carnales por su causa, ¡oh, qué banquete hará el amor de la santidad y la gloria! Consigue amor a Cristo, amor a la religión, y nunca preguntarás: ¿Dónde está la bienaventuranza, dónde está la dulzura de la religión?
El amor endulzará tanto los consuelos como los ejercicios de la religión; hará dulces los deberes, sí, y dulces los sufrimientos: hay dos cosas que le son naturalmente dulces: agradar, y alabar.
(1.) El que ama, agradará a quien ama. ¡Cuán cuidadosos son tales de velar sobre sí mismos, para no entristecer a su amigo! ¡qué estudio impone el amor para descubrir lo que es grato y aceptable: miradas aceptables, lenguaje aceptable, trato aceptable! «¿Qué quieres, Señor? ¿qué quieres que yo sea? ¿un siervo, un portero, un siervo de siervos por ti? No seré sino lo que tú quieras, cualquier cosa que tú quieras que yo sea. ¿Qué quieres que haga, Señor? déjame conocer tu voluntad, asígname mi obra. Oh, que mis caminos fueran dirigidos para guardar tus estatutos. ¿Qué quieres de mí? ¿Quieres mis ídolos, mi comodidad, o mi honra, o mi placer, o mi casa, o mi hacienda? ¿Quieres mis Isaacs? ¿Hay algo más querido para mí que otro, que pudiera ser una ofrenda al Señor? ¿Quieres mi libertad o mi vida? He aquí, todo está a tus pies: nada puedo retener de lo que pides.»
De aquí se dice que el amor es el cumplimiento de la ley; hay en esta buena voluntad radicalmente toda buena obra. Andaría digno del Señor para agradarle en todo, siendo fructífero en toda buena obra. El amor es generoso, haría grandes cosas, cosas nobles: ¿Qué haré por aquel a quien mi alma honra? ¡Oh, por un don digno de él! pero nada tengo, mi bondad no se extiende a ti. Daría más de lo que debe; pero donde no puede, donde no puede ser generoso, sin embargo sería justo; nivelaría todas las cuentas, y pagar todas las deudas; el amor no querría deber nada sino amor. Daría a cada uno lo suyo; no moriría en deuda con un siervo, con un extraño; mucho menos querría tomar del Dios de gloria. Este es el cargo diario del amor: Paga lo que debes. Sus recibos y sus retornos son un placer para él; todo lo que desciende del cielo, y cada presente que tiene que enviar allá, es un gozo para el amor. Este es el mensaje que ambos hablan: Alma feliz, amas y eres amado. Aprovecha toda oportunidad para enviar mensajes de amor, y no conoce mensajero más apto que la mano del deber; cada deber se despacha con esta inscripción: El tributo del amor.
El amor es el resorte que pone en movimiento todas nuestras ruedas, el molde en que se forman todas nuestras obras, el fuego en el corazón que se vente en nuestras palabras y caminos. «Ardió mi corazón; entonces hablé con mi lengua.» El amor es para un santo lo que la malicia es para Satanás, aquello que da fuerza a todos sus actos. Las tentaciones de Satanás son llamadas dardos de fuego; y esto, no solo porque están armados y emplumados con fuego, como saetas envenenadas, queman donde hieren; prenden fuego al pecado, prenden fuego al alma, ardiendo en lujuria y maldad, sino porque van alados con fuego, y forzados con fuego. La bala es disparada del cañón, y por eso vuela tan recia. Es la malicia del corazón de Satanás la que dispara todos sus dardos. Lo que la malicia hace con Satanás, eso hace el amor con los santos. Pone el corazón en una llama de santo celo y actividad para Dios: «Su palabra estaba en mi corazón como un fuego ardiente; yo me cansaba de contenerme.» (Jeremías 20:9). Un corazón de amor se cansa, no de la acción, sino de la ociosidad; cansado de contenerse, no de hacer; nunca cansado de hacer mucho, siempre cansado de no hacer nada. «Oh Dios, mi corazón está firme, mi corazón está firme,» dice el salmista; «cantaré, y daré gracias.» El amor añade: Oh Dios, mi corazón está firme, mi corazón está firme; hay una llama encendida; mi corazón arde en santos deseos y celo por ti. Y donde el amor ha puesto el corazón a arder, el corazón pondrá la mano a obrar y los pies a correr.
(2.) El que ama, alabará a quien ama. La alabanza es hermosa, y la alabanza es un placer para los rectos de corazón. Es el deleite del amor hablar de las perfecciones, de las virtudes, de las hermosuras, de las excelencias de su amado. La esposa en el libro de Cantares, cuyo lenguaje es todo amor, tiene el corazón tan lleno que sus labios se desbordan con la mención de las excelencias de Cristo: Mi Amado es blanco y rubio, el principal entre diez mil. Su cabeza es oro fino, sus ojos como de paloma, sus mejillas como eras de especias, sus labios son lirios, sus manos son anillos de oro, sus piernas columnas de mármol, su aspecto excelente, su boca dulce; sí, él es todo codiciable: este es mi Amado, y este es mi Amigo, oh hijas de Jerusalén. (Cantares 5). «¿Quién como tú, Dios, glorioso en santidad, temible en alabanzas, que hace maravillas? Grande es el Señor, y digno de ser grandemente alabado en la ciudad de nuestro Dios. Tu misericordia, oh Señor, está en los cielos, tu fidelidad alcanza hasta las nubes. Tu justicia es como los grandes montes, tus juicios son un gran abismo. ¡Cuán preciosa es tu misericordia, oh Señor! por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas. Yo hablaré de la gloriosa magnificencia de tu majestad, y de tus maravillas. El Señor es clemente, misericordioso, tardo para la ira, y grande en misericordia. El Señor es bueno para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras. Alábente todas tus obras, oh Señor; bendígante tus santos; hablen de la gloria de tu reino, y hablen de tu poder; publiquen abundantemente la memoria de tu bondad, y canten de tu justicia.» Oh mi Dios, tú eres todo amor, toda bondad, toda gracia, toda gloria. ¡Oh, sea tu siervo todo alabanza! Sea este corazón un altar, y cada servicio un sacrificio; sea esta boca una trompeta, y cada palabra un salmo; sea mi aliento como incienso, y cada miembro un incensario. Todo lo que está dentro de mí, mi alma, con todas sus potencias; todo lo que está fuera de mí, mi cuerpo, con todos sus miembros, den gritos de gozo, y canten las altas alabanzas de Dios. Esta es la voz del amor.
Y así tenéis otra excelencia del corazón nuevo puesta ante vuestra vista, el amor: un corazón para amar.
Cristianos, estimad esta gracia preciosa, estimadla, y escribiréis también esta palabra entre las grandes y preciosas promesas; y si queréis estimarla como debéis, tomad la medida de ella por su valor y por su falta, así como estimamos las joyas según su excelencia y su rareza.
(1.) Estimadla según su valor y excelencia. Pues bien, ¿cuál es su valor? «Si diera un hombre toda la hacienda de su casa por amor, sería menospreciada.» Todo el mundo no tiene valor suficiente para ser precio del amor; no, ha de venir por don, no se compra por dinero; el amor vale tanto como un alma, y eso es más que todo el mundo. «¿Qué aprovechará al hombre ganar todo el mundo, y perder su alma?» El amor vale tanto como toda la religión; es el alma y la sustancia de toda la religión; todas nuestras gracias, deberes y ejercicios solo se valoran según el amor que hay en ellos. ¿Qué son la ciencia, la fe, la esperanza o la paciencia, sin amor? ¿Qué son la oración, el ayuno o la limosna, sin caridad? No valen nada, ¿diré? no, no son nada; si tuviera toda ciencia y toda fe, y fuera toda oración y todo trabajo y todo sufrimiento, y no tuviera caridad, nada sería. El amor vale tanto como vale el cielo, como valen Cristo y Dios para nosotros. Dios es amor, y Dios no está en nosotros, si el amor no está. ¿Estimáis vuestra hacienda? ¿Son vuestra casa, o vuestro dinero, o vuestra tierra, algo para vosotros? ¿Estimáis vuestra alma? ¿Son la religión, el cielo, Cristo, el mismo Dios, de alguna cuenta para vosotros? Entonces estimad el amor de Dios. Sin amor, Dios no es Dios para vosotros, Cristo no es Cristo para vosotros, el cielo no es cielo para vosotros; mejor os fuera no tener alma, no tener ser, que no tener amor. Oh estimad el amor de Dios, estimad y buscad, estimad y orad; orad como por vuestra vida, como por vuestra alma, como por vuestro reino sempiterno: «Señor, déjame amarte.» Consigue amor, y consigue todo: ama, y serás santo; ama, y serás humilde; ama, y serás fructífero; ama, y agradarás, alabarás y disfrutarás a tu Dios; ama, y temerás, servirás, sufrirás y morirás por él; ama, y vivirás. Estimad el amor, estimadlo según su valor.
(2.) Estimadlo también según su rareza. Las cosas excelentes se aprecian algo más por su escasez; la escasez sube el precio: «La palabra del Señor era preciosa en aquellos días,» (1 Samuel 3:1), esto es, cuando había hambre de la palabra, cuando no había visión abierta. ¡Oh, si el amor de Dios fuera tan precioso como es raro! ¡Qué cadáver sin espíritu es la religión de muchos profesantes! ¿qué se ha hecho el alma de ella? Oh, nos helamos en nuestros deberes, nos helamos en nuestras devociones, estamos casi helados fuera de todos; nos queda un sacrificio, ¿qué fuego hay para ofrecerlo? «El Dios que respondiere por fuego, sea Dios,» dice Elías; el corazón que pide por fuego, que asciende en fuego, sea ese el corazón para Dios: «He aquí la leña y el fuego; pero ¿dónde está el cordero para el sacrificio?» Podemos decir: «He aquí la leña y el sacrificio; pero ¿dónde está el fuego para ofrecerlo?» Nuestros espíritus han tomado frío, el escalofrío de ellos aparece en todos nuestros deberes. Amor, ¿dónde moras? Celo de Dios, ¿dónde está tu morada? ¿Cuántas casas habremos de registrar, cuántos corazones habremos de recorrer, antes de hallar tu habitación? El apóstol dice a los Romanos, que tienen «celo de Dios, pero no conforme a ciencia.» (Romanos 10:2). Nosotros tenemos la ciencia de Dios, pero oh, ¿dónde está el celo? «El celo de tu casa,» dice el salmista, «me ha consumido;» pero ¿no es ese comedor comido? La casa ha quemado el fuego, o si queda algo de fuego, ¿no es fuego extraño? No el fuego del amor, sino de la lujuria, del orgullo, o de la codicia, o de aquel fuego salvaje de envidia y contienda que calienta nuestros espíritus. Jehú también ardía contra la casa de Acab: «Ven, ve mi celo por el Señor de los ejércitos.» Aquel fuego era furia, no amor; o si era amor, era amor propio, no el amor de Dios, el que hacía toda aquella llama: tales corazones son como la lengua maligna, «encendida por el infierno.» (Santiago 3:6). Tales calores no son de lo alto, sino terrenales, sensuales, diabólicos; nos helamos aún, mientras así nos freímos; nuestros calores preternaturales han extinguido los sobrenaturales.
¡Oh, cuán poca cordialidad hallamos en nuestros espíritus! ¿Sentimos nuestros corazones obrando hacia arriba, ascendiendo en nuestras llamas? Todos pretendemos amar; pero considerad, ¿están nuestros corazones saliendo en su fuerza tras Dios? Deseamos bien a su nombre y a su interés, deseamos que él fuera nuestro, deseáramos ser suyos: ¡Oh, si desear fuera amar, qué cristianos seríamos! Pero ¿el reino de Dios sufre violencia? ¿Quiénes son los que así corren, como si quisieran tomar a Dios por fuerza, tomar el cielo por fuerza? El reino de los cielos puede hacer violencia si quiere, y tomarnos por fuerza; pero ¡cuán poca violencia sufre! Decimos que amamos a Dios; pero ¿no hay algo más que amemos más? Deseamos ser santos; pero ¿no hay algo más que deseemos más?
¡Oh, cuán pocos amigos cordiales tiene Cristo en el mundo, y cuán poco amor de estos pocos; tan poco que nosotros mismos no podemos decir si es algo o nada: cuán apurados estamos! ¡Qué registro tan estrecho habremos de hacer, cuántos argumentos consultar, cuántas marcas considerar antes de poder probar que le amamos, y aun al final seguimos dudosos de si le amamos o no!
Cuando amamos a nuestros amigos, a nuestras esposas, a nuestros hijos, podemos sentir que los amamos; cuando amamos nuestra comodidad, o nuestras haciendas, o nuestras libertades, podemos sentir que las amamos; pero a nuestro Dios, no podemos decir si le amamos o no. ¡Cuán pocos de nosotros podemos apelar a él: «Señor, tú sabes que te amo!»
¡Oh, cuántas heridas recibe Cristo en la casa de sus amigos; cuántos desdenes ha de soportar; cuán a menudo, cuando se ha sentado en su propio lugar en el aposento alto, le hemos dicho: «Da lugar a este hombre, da lugar a este amigo o a este negocio,» y así le hemos hecho tomar el lugar inferior!
¡Cómo, cuando ha venido a nuestras puertas, su amor le ha traído a menudo allí, cuán a menudo ha estado, y llamado, y llamado: «Ábreme, mi amor, mi hermana;» y ha sido hecho esperar, cuando extraños han sido introducidos y han tomado todas las salas! El mundo nunca viene a destiempo, pero Cristo ha de esperar sus tiempos cuando nos halla desocupados; si hay algún otro huésped con nosotros, nuestro Señor ha de esperar: «Vete por esta vez; cuando tenga un tiempo oportuno, te llamaré.» ¡Cuán a menudo hemos concertado y citado con el Señor a tal hora, en nuestra cámara, en nuestro aposento, para tener trato y comunión con él en el deber, y si algo sobreviene que nos lleve por otro camino, entonces clamamos: «Te ruego que me dispenses;» o, si guardamos nuestra hora, y nos encerramos con el Señor, y nos sentamos al deber, ¡qué multitud de pensamientos enseguida se ponen a llamar a nuestras puertas! y allá van nuestros corazones enseguida con ellos hasta los cabos de la tierra, y no dejan más que nuestros cuerpos con el Señor. Oh, si nuestro amor fuera más fuerte, nuestros clamores serían más altos, y ahogarían el ruido de estos llamamientos, que no se oirían ni se atenderían; impondría silencio a todo pensamiento impertinente: «Os conjuro, oh doncellas, que no os mováis, que no turbéis a mi Amado y a mi alma.» Más amor requeriría nuestra asistencia a la obra del Señor, ceñiría los lomos de la mente, y recogería todos sus mensajeros dispersos, diciendo: «Venid, todas las potencias de mi alma, venid y haced vuestro homenaje, venid y ayudad en el servicio de mi Dios.»
¡Oh, a qué distancia vivimos del Señor, a veces por muchos días seguidos! Nuestras almas y nuestro Dios se han vuelto ajenos, y sin embargo podemos estar alegres y tranquilos; podemos estar sin la presencia de Dios, y sin embargo no echarla de menos; ni una sonrisa de su rostro, ni una mirada de amor de nosotros hacia él, y sin embargo ningún pesar sigue. El sol puede estar eclipsado, o tras una nube, y sin embargo ninguna oscuridad sobre nuestros espíritus; no andamos en tinieblas cuando no tenemos luz; la tristeza y el abatimiento están tan lejos de nosotros, como Dios está de nosotros; podemos calentarnos en nuestros propios fuegos, y regocijarnos en la luz de nuestras propias chispas, como si estas fueran el sol. Nos va tan bien en la niebla como en el sol; el día y la noche son ambos iguales para nosotros. Los hijos del tálamo nupcial no ayunan, sino que pueden banquetear y alegrarse cuando el novio les es quitado; sus contentos carnales pueden, con apaño, suplir el lugar de su Señor. ¿No vamos a veces donde pace nuestro Señor, y nunca le hallamos, vamos a orar, o a oír, o al sacramento, y el Señor no se nos encuentra allí, y sin embargo podemos volver satisfechos? Cuando así carecemos de comunión con Dios, y podemos carecer de ella, ¿dónde está nuestro amor? ¿qué amor es ese que tan bien soporta la ausencia de su amado? «No me llaméis más Noemí, placentera, sino llamadme Mara, amarga; salí llena, pero vuelvo vacía; llena de gracia, llena de gozo, porque llena del Señor; pero he aquí, todo se ha ido, mi marido se ha perdido, mi Dios se ha apartado de mí. No me llaméis más Noemí, sino llamadme Mara, porque el Todopoderoso ha tratado amargamente conmigo, ha escondido su rostro de mí: por estas cosas lloro; mis ojos, mis ojos se deshacen en lágrimas, porque el Consolador que debería aliviar mi alma está lejos de mí:» tales son las lágrimas del amor por su Señor ausente.
¡Oh, qué poca conciencia se hace de emplear en el Señor aquello que le hemos empleado! Damos, y volvemos a tomar; pretendemos haberlo dado todo a Dios, pero ¿no tomamos a menudo lo que hemos dado, y lo empleamos en otra parte? El amor lo tendría todo fluyendo hacia Dios; pero oh, ¡qué desperdicio se hace de nuestro tiempo y otros talentos, los cuales, bien administrados, llegarían a mucho, y se darían al Señor! Cuando tantos días y horas se escapan, y no se da cuenta de en qué o en quién se consumen; cuando nuestros ojos y oídos y manos y lenguas, que fueron hechos para Dios, permiten tan a menudo al diablo y a la lujuria usarlos; cuando el vestido y el apetito y los amigos y los compañeros se llevan lo que debería gastarse en Dios y en las almas; cuando lo que debería permitirse para la religión y la caridad ha de estar a disposición del orgullo, la prodigalidad y la glotonería; cuando nuestras oraciones, nuestro ayuno, nuestra predicación, oír, y todos nuestros deberes, han de volverse sacrificios a nuestras lujurias; cuando nuestros ídolos se comen los sacrificios del Señor; cuando nuestro orgullo y nuestros fines carnales han de tener la ofrenda y el comer de nuestros sacrificios, han de hacer nuestras oraciones, y predicar nuestros sermones, y guardar nuestros ayunos, y dar nuestras limosnas, y llevarse el crédito y la honra de ellos como corona propia, cuando así se roba a Dios, y dejamos al ladrón escaparse con todo, y nunca se le persigue ni se le pregunta, ¡oh, dónde está nuestro amor!
¡Oh, cuán poco placer tomamos en el Señor! ¡Qué carga es para nosotros esperar en él; cuán contentos estamos cuando volvemos de la casa del Señor! Cuando nos levantamos de nuestras rodillas, y salimos de nuestros aposentos; cuando los días de reposo se han ido, y las lunas nuevas han pasado, y hacemos nuestro retorno del cielo a la tierra, ¡cuánto trabajo nos cuesta mantener nuestros corazones cerca del Señor, cómo se nos escapan antes de que nos demos cuenta! Y mientras estamos en su presencia, ¡cuán raramente nos regocijamos en su presencia! ¡Qué comidas tan hambrientas, qué banquetes tan magros hacemos delante del Señor! No saboreamos sus manjares; su vino es solo heces, su médula y su grosura son flaqueza para nuestras almas. Un poco de amor endulzaría cada gota, sazonaría cada bocado que viene de su mesa, haría que nuestros mismos ayunos fueran pan deleitoso. Nos alimentamos del plato o de la bandeja, y no de la carne; del hueso, y no de la médula: las ordenanzas, y los ejercicios externos de la religión, son solo el hueso, o la cáscara, o el plato; es Dios quien es el grano, la médula y la grosura. ¡Cuán poca comunión tenemos con el Señor en nuestros acercamientos a él; y cuán poca dulzura hallamos en la poca que tenemos! La comunión es el placer del amor, y el amor es la dulzura de la comunión. «Ahora estoy donde quería estar. Oh, cuán amables son tus tabernáculos! Muy placentero eres tú para mí, oh Señor;» esta es la voz del amor. Si tuviéramos más amor, seríamos más espirituales; y las cosas espirituales serían más gratas a los corazones espirituales. El amor divino es como el fuego, rarifica y transforma los corazones a su propia semejanza, y entonces hay bienaventuranza. Oh, somos carnales, y eso basta para evidenciar que hay poco del amor de Dios permaneciendo en nosotros.
Considerad estas cosas, y veréis que el amor es una rareza: hay poco amor verdadero en el mundo. Oh, estimad el amor de Dios; que su falta lo haga estimar: ¿será tan raro, y tan barato? Oh, estimadlo, y seguid tras él.
¿Qué hacen estos corazones abajo? ¿No están aún abajo? tan fríos, tales terrones de barro, ¡y sin embargo arriba! tan carnales, tan sensuales, ¡y en el cielo! tan hambrientos, y tan glotones en chupar el jugo de esta tierra, en tomar sus placeres; tan ocupados en sacar la riqueza de la tierra, y buscar sus tesoros, ¡y sin embargo no están aquí! ¿Cómo podéis decir que andáis con el Dios de gloria, cuando todavía adoráis a los dioses de la tierra? ¿Cómo podéis decir: Este corazón ha resucitado, no está aquí; cuando puede decírseos: «He aquí el lugar donde yace?» aún está en el campo, en los surcos y lomos de él; aún está en las minas, en el corazón de la tierra: ved el lugar donde yace. Sembramos nuestros corazones con nuestra simiente; los enviamos abajo a cavar en el corazón de la tierra.
Mas ¿qué hacen estos corazones abajo? Subid, subid; no dejéis aquí más que el manto, vuestros cuerpos: tierra a la tierra, polvo al polvo. Venid, alzad estas almas hacia el cielo; dejadlas tomar alas y partir. ¡Oh, si tuviera las alas de una paloma, para volar y estar en reposo! sé más bajo que nunca por la humildad, pero en amor sé muy alto.
He aquí esas cuerdas de amor que se dejan bajar en cada ordenanza, en cada providencia; hay una cuerda que se baja para recoger corazones; atended a aquellos llamamientos de amor: Subid acá, subid acá. Venimos, Señor, nos mandas venir: oh, préstanos tu mano, y alzános.
Venid, cristianos; venid, seamos felices; si amamos, somos felices: venid, regocijémonos; si amamos, nos gozamos: venid, vivamos; morimos, morimos, mientras nos demoramos en esta tierra: si amamos, vivimos; vivamos, y sea nuestra vida amor; sean nuestras obras labores de amor, nuestros sufrimientos sellos de amor, nuestras tristezas las tristezas del amor, nuestras heridas las cicatrices del amor, nuestras oraciones los clamores del amor, nuestras alabanzas cánticos de amor a nuestro Señor y Dios. Cada deber, cada ejercicio, cada miembro, cada potencia, nuestros cuerpos, nuestras almas, sean sacrificios del amor; vea el Señor amor en todos nuestros caminos, como nosotros lo vemos en todos los suyos.
¿No puedes amar? mira hasta que puedas; mira a tu Dios, envía allá arriba tus pensamientos; sean tus meditaciones de él; estos no estarán mucho tiempo ante el trono antes de subir tu corazón. Mira a tu Jesús, contempla sus manos y sus pies, ven y pon tu dedo en la señal de los clavos, y empuja tu corazón en su costado, y allí déjalo hasta que sientas que se calienta. Mira a tu Jesús; alza una oración: «Señor, déjame amarte: si tú amas, déjame amarte: buscaré, hasta que pueda ver; déjame ver, hasta que pueda amar. ¿Qué tengo aquí, Señor? Mi todo está contigo, mi ayuda, mi esperanza, mi tesoro, mi vida está escondida con Cristo en Dios. Y sin embargo he aquí, este todo no es nada para mí, mientras mi corazón no esté más contigo; tómalo, Señor, tómalo; donde está mi tesoro, allí esté también mi corazón.»
Cristiano dubitativo, que, porque amas tan poco, temes no amar en absoluto, clama por más, pero da gracias por lo que tienes; avergüénzate de no amar más, pero no te desanimes. Te quejas de que no puedes amar a Dios; pero ¿amas su imagen, a sus santos, su palabra, sus obras, sus caminos? Mientras dices que no amas a Dios, ¿amas la piedad? Si no puedes amar, ¿puedes entristecerte, puedes lamentarte tras él? ¿Has escogido, te mantienes y confías en el Señor? Si no puedes amar, ¿puedes temer y seguir al Señor? Si él no está sensiblemente en tu afecto, ¿está en tus pensamientos, en tu boca, en tu ojo? ¿Es él tu fin y tu blanco? ¿Se dirige tu curso hacia él? Si así es, consuela tu corazón en estas cosas; puedes ver, aunque no sentir, que amas.
Fuente y atribución
Autor original: Richard Alleine
Título original: Chapter 10. A Heart to Love the Lord
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Richard Alleine, publicado originalmente en Grace Gems.