El cielo abierto

Un corazón para conocer al Señor

Reflexión sobre el conocimiento salvífico de Dios: su objeto, su acto y su poder transformador, fructificante y fragante que renueva el alma y se manifiesta en una vida de santidad.

«Les daré un corazón para que me conozcan.» (Jeremías 24:7). El conocimiento de Dios es la primera excelencia del nuevo corazón. Como en la creación antigua, así en la nueva, como se dijo antes, la primera palabra es: «Sea la luz.» No hay una preeminencia tan gloriosa del día sobre la noche, como la del conocimiento sobre la ignorancia de Dios. Como el firmamento sin sol, como el cuerpo sin ojo, así es el alma sin conocimiento. Qué sea este conocimiento de Dios aquí prometido, aparecerá si consideramos su objeto y su acto.

El objeto de este conocimiento es Dios: no solo la naturaleza o el ser de Dios, manifestado en sus perfecciones esenciales, sus atributos gloriosos, su infinitud, eternidad, omnipotencia, en sus relaciones personales, las subsistencias en la deidad; sino Dios en Cristo, Dios en el pacto; sí, todo el pensamiento y la voluntad de Dios, todo aquello que Dios nos ha revelado como nuestro deber o felicidad. Dios conocido en el corazón, es toda la Biblia abierta: la ley abierta, el evangelio abiertos; deberes, consuelos, privilegios manifestados. Cristo abierto en sus sufrimientos, en su satisfacción, en su Espíritu, en todas las riquezas de su gloria: todo el misterio de la piedad revelado. El corazón abierto, el hombre dado a conocer a sí mismo, todas las profundidades del corazón, todos los engaños del corazón, todas las facultades y potencias del corazón, con sus movimientos, operaciones, inclinaciones, la rectitud o desviación de ellas. El cielo abierto, la corona, el reino conocidos; el descanso eterno, la gloria, el honor, la inmortalidad puestos a la luz. El infierno abierto, el pecado conocido, el diablo conocido, la ira, la tentación, la maldición, el fuego eterno conocidos. Todo esto, aun todo lo que Dios es, y todo lo que él ha revelado en su palabra y en sus obras, es el objeto de este conocimiento de Dios.

El acto. Conocer es aprehender, o entender a Dios, y las cosas de Dios: «El que se gloríe, gloríese en esto: en entender y conocerme.» (Jeremías 9:24). «Para que seáis capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo.» (Efesios 3:18, 19). Esta aprehensión de Dios no denota apenas el haber recibido algunas nociones intelectuales o metafísicas de Dios, y de las verdades que hay en él; sino además, denota:

Una APROBACIÓN de él; un aprobar o gustar las cosas que son excelentes: «Que vuestro amor abunde aún más y más en conocimiento y en todo discernimiento, para que aprobéis lo que es excelente.» (Filipenses 1:9, 10).

APROPIACIÓN. El conocer a Dios como un Dios reconciliado; un Dios, y un Dios para mí; bueno, y bueno para mí; sabio, y sabio para mí; mi Señor y mi Dios. Conocer a Dios en Cristo, reconciliado por Cristo, propicio por Cristo, este es el conocimiento salvífico. Conocer y no poseer, ver y no comer, conocer a un Dios airado, a un Dios colérico, a un Dios perdido—conocer la bondad, la misericordia, la piedad, la compasión, la suficiencia, y que el corazón responda: «¿Qué tiene esto que ver contigo? esto no es tuyo»—así conocen los condenados, y mueren.

AFECTO. Así como «los que conocen tu nombre confiarán en ti» (Salmo 9:10), así los que conocen tu nombre te amarán, y te temerán, y se gozarán en ti, y bendecirán tu nombre. Conocer y odiar a Dios, conocer y despreciar a Dios, conocer y huir de Dios, conocer y blasfemar y maldecir a Dios, así conocen los demonios, y tiemblan.

Pero especialmente aquello que distingue este conocimiento salvífico del conocimiento común es, su poder y su fragancia.

I. SU PODER. El conocimiento de Dios es poderoso—mi predicación no fue débil, sino poderosa en vosotros (2 Corintios 13:3). Tiene,

1. Un poder TRANSFORMANTE. «Todos nosotros, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen.» (2 Corintios 3:18). «No os conforméis a este mundo presente, sino transformaos por la renovación de vuestro entendimiento.» (Romanos 12:2). La renovación del entendimiento es este cambio, y lo obra además sobre toda el alma; esta nueva luz es la nueva criatura; las cosas viejas pasan, todas las cosas son hechas nuevas, donde el entendimiento es salvíficamente iluminado. Dios conocido en el alma, es Dios unido con el alma; Cristo revelado en el corazón, es Cristo formado sobre el corazón; hay vida en esta luz, no es otra cosa sino la luz de la vida. El conocimiento de Dios comprende, está involucrado en, e infunde espíritu y anima toda gracia y todo deber. Como la misma alma en el ojo ve, en el oído oye, en el paladar saborea—como el mismo jugo está en el olivo como gordura, en la higuera como dulzura, en el roble como fortaleza, en la rosa como fragancia, en el lirio como belleza; así la misma gracia, que en el entendimiento es luz, en el corazón es amor, santo deseo, santo temor, santo gozo. Así dice uno, que como el sentir es inseparable de todos los órganos de los sentidos—como el ojo siente y ve, el oído siente y oye, el paladar siente y saborea, las narices sienten y huelen; así el conocimiento está involucrado en toda gracia. La fe conoce y cree, la caridad conoce y ama, la templanza conoce y se abstiene, la paciencia conoce y sufre, la humildad conoce y se abaja, el arrepentimiento conoce y se lamenta, la obediencia conoce y hace, la compasión conoce y se compadece, la esperanza conoce y aguarda, la confianza conoce y se regocija; y por tanto creemos, y amamos, y obedecemos, y esperamos, y nos regocijamos, porque conocemos.

Dios nos da este conocimiento como el ojo de nuestras almas, y por ese ojo él entra con todo su poder y gloria; para que conozcáis el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, y seáis llenos de toda la plenitud de Dios. (Efesios 3:19). La luz del día no es aquella luz que recibimos por reflejo de la luna y las estrellas, de segunda mano: cuando el sol ha salido y ha venido entre nosotros, entonces es de día; cuando el Sol de justicia se levanta en el corazón, allí está la luz de la vida; Dios está y Dios habita en esta luz, y donde Dios habita toda cosa inmunda desaparece. ¿Puede la oscuridad habitar con el sol; puede la muerte habitar con la vida? Según la medida de la manifestación de Dios en nosotros, hasta ese punto el pecado necesariamente ha desaparecido. No sois sino el cadáver de un cristiano, la luz que hay en vosotros es oscuridad, la vida que hay en vosotros es muerte, si no sois renovados en todo el hombre conforme a la imagen de aquel que os creó. Si Cristo no es formado en vuestro corazón, si el amor, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, la compasión, la santidad del Señor Jesús no son engendrados en vosotros, cualquier cosa que sepáis, no sabéis nada como debéis saber; si tenéis todo conocimiento y no tenéis caridad, y así si tenéis todo conocimiento y no tenéis humildad, mansedumbre, santidad, sois como metal que resuena, o címbalo que retiñe.

Cristiano dubitativo, que te quejas y lloras de tu ignorancia, y temes no conocer a Dios, mira hacia arriba donde habita su gloria; alza tus ojos y mira. O si no puedes ver, alza tu corazón por ojos: «Señor, ¿dónde habitas? déjame ver tu rostro, muéstrame tu gloria, ten piedad del ciego, que mis ojos ciegos sean abiertos, y mi lengua será suelta y proclamará tu alabanza.» Mira hacia arriba, y si aun no ves a tu Dios, mira hacia dentro: ¿puedes ver su rostro en tu alma? ¿puedes ver su imagen en tu corazón? ¿puedes contemplar en este espejo la gloria del Señor, y hallarte transformado en su imagen? entonces consuela tu corazón, por más corto de vista que parezcas, por más tenue que arda tu vela, por más débil que en el conocimiento de Dios te quejes de ser, has visto a Dios, has visto su rostro en paz. El Dios que mandó que la luz resplandeciese de entre las tinieblas, ha resplandecido en tu corazón, y te ha dado el conocimiento de su gloria en el rostro de Jesucristo.

2. Un poder FRUCTIFICANTE. Este sol hace un suelo fructífero. Mi deseo por vosotros, dice el apóstol, es «que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual; para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad con gozo.» (Colosenses 1:9-11). «Llenos de los frutos de justicia, que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios» (Filipenses 1:11); llenos de luz y llenos de amor, de fe, de paciencia, de humildad, y fructíferos en toda buena obra. «El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca cosas buenas; y el hombre malo, del mal tesoro saca cosas malas.» (Mateo 12:35). El hombre bueno tiene un buen tesoro dentro de sí, un tesoro de sabiduría celestial, de verdad divina, un tesoro de luz; Dios ha resplandecido en su corazón; está lleno de toda la plenitud de Dios; y lo que está guardado dentro, lo saca fuera. El hombre malo tiene un mal tesoro, Satanás ha estado llenando su corazón. «¿Por qué llenó Satanás tu corazón?» (Hechos 5:3). Allí están los tesoros de las tinieblas, un tesoro de lujuria y mentiras; la falsedad y la necedad se hallan con él: estos tesoros de tinieblas dentro producen tinieblas; las almas oscuras viven vidas oscuras; su camino es oscuro, sus hechos son tinieblas. ¡Oh, cuán fructíferos son los pecadores en sus obras infructuosas! «llenos de toda injusticia, fornicación, malicia, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños, malignidad.» (Romanos 1:29, 30). Sus corazones están llenos, y por ello sus bocas llenas, sus ojos llenos, sus manos llenas; bocas llenas de maldiciones, ojos llenos de adulterio, manos llenas de violencia, llenos de toda injusticia. «¡Oh generación de víboras! ¿Cómo podéis vosotros, siendo malos,» teniendo tales corazones, «decir cosas buenas?» Todo es malo lo que sale de vosotros; ¿y cómo puede ser de otra manera? De la abundancia del corazón habla la boca. Y de la misma manera, oh generación de creyentes, ¿cómo podéis, siendo buenos, sino sacar cosas buenas? ¿O cómo podéis decir o pensar que hay un tesoro de gracia, una fuente de luz dentro, cuando no brotan arroyos? La pobreza en la vida no habla de mucha abundancia en el corazón; las verdades de Dios dentro de vosotros son la semilla de Dios, la buena semilla que él siembra en sus campos: donde hay buena semilla sembrada en buena tierra, esperaréis una cosecha fructífera; una cosecha estéril habla de un suelo estéril, o de que no se sembró allí buena semilla.

«Por esto sabemos que le conocemos, si guardamos sus mandamientos.» (1 Juan 2:3). Conocemos a Dios. «¿Pero estás seguro de ello? ¿No te equivocas?» No, no nos equivocamos; sabemos que le conocemos. «¿Pero cómo lo sabes?» Pues bien, ¿cómo se conocen los árboles? Por sus frutos los conoceréis. «¿Cómo sabes que este es en verdad el árbol de la ciencia?» Pues bien, mira qué frutos cuelgan de él: guardamos los mandamientos; aquí crece la obediencia, aquí hay santidad y justicia y misericordia. Sin duda este es el árbol verdadero, pues he aquí todos los mandamientos, las dos tablas colgadas de sus ramas, y no rotos, sino guardados y observados. Podríamos igualmente decir que la obediencia no es obediencia, que el deber no es deber, que la fe y el amor y la humildad y la paciencia no son lo que son, como que el árbol que da este fruto no es el árbol de la ciencia. «Sabemos que le conocemos, porque guardamos sus mandamientos.» Sí, y este árbol de la ciencia es también el árbol de la vida, ambos en uno: «Árbol de vida es para los que de ella se asen.» (Proverbios 3:18). Donde no se hallan estos frutos, donde no hay sino apariencias y frutos pintados—donde no hay sino los frutos de injusticia, contención, contienda, avaricia, sensualidad y semejantes—muy ignorante es en verdad aquel que no es capaz de decir: Sea lo que fuere que ignoro, esta una cosa sé, que no conozco a Dios. Cristiano, no te jactes de lo que tienes, sino considera lo que haces; prueba tu cabeza por tu corazón, y tu corazón por tu mano; juzga tu luz por tu amor, y tu amor por tu vida; no digas que Dios ha resplandecido en tu corazón, a menos que tu luz resplandezca, que tus obras resplandezcan delante de los hombres: «La senda de los justos es como la luz que resplandece.» (Proverbios 4:18). No es sino una forma de conocimiento la que produce sólo una forma de piedad; el que detiene la verdad en injusticia, no tiene la verdad en sí. Dices que conoces al Señor, pero ¿qué dicen tus caminos? ¿Hablan estos las mismas cosas? La acción es el mejor intérprete del hombre interior: siente los pulsos de tu corazón; ¿qué vigilancia, qué santidad ha producido tu conocimiento? ¿Habéis recibido el Espíritu, y aún andáis en la carne? ¿Cómo, el cielo en vuestro corazón, y nada sino tierra en vuestra mano; la verdad en vuestro corazón, y mentiras en vuestra boca; santidad en vuestro corazón, gloria en vuestro corazón, y en vuestra lengua nada sino inmundicia o vanidad? ¿Cómo, un corazón tan lleno, y una vida tan vacía; cómo pueden ser estas cosas? ¿Ha dado la luz en vuestro corazón leyes sólo a vuestro corazón? ¿o se somete vuestro corazón, mientras se rebela vuestra lengua y dais coces con el calcañar?

¡Ay de nosotros, cristianos, que los pecadores sean tan llenos, y los santos tan vacíos; que ellos hablen lo que han visto con su padre, y nosotros ya no hablemos lo que hemos visto con nuestro Padre; que juramentos, y mentiras, y blasfemias, y burlas, y maldiciones sean tan frecuentes en sus bocas, y que la verdad y la bondad y la santidad, las bendiciones y las alabanzas, ya no estén en las nuestras; que haya tanto engaño en sus labios, y tan poca gracia en los nuestros; que la sombra sea más fructífera que el sol; que la buena tierra sea la única tierra estéril; que sus moradas estén tan llenas de violencia y opresión y liviandad, y que no haya más misericordia y justicia y templanza en las nuestras!

¡Ay de nosotros, que sepamos tanto para tan poco fin; que seamos celemines para esconder, y no más bien candeleros para mostrar la candela del Señor que él ha encendido en nosotros! ¡Oh, cuántas almas oscuras podría nuestra candela conducir al sol: la luz que está en Israel podría hacer mucho para convertir a Egipto en un Gosén! Hablad, cristianos, hablad lo que habéis visto, y testificad lo que habéis creído: sacad de vuestro tesoro; tened piedad del mundo ciego, o al menos sed más útiles los unos a los otros. Instruid como habéis sido instruidos; convenced como habéis sido convencidos; consolad como habéis sido consolados por Dios. Superad a los pecadores; que no estén sus bocas tan llenas de maldición como las vuestras de bendición; mientras que las suyas están tan llenas de blasfemias, que se diga de vosotros como de vuestro Señor: Llenos de gracia están sus labios. Las buenas palabras no son viento; podéis contarlas no entre las hojas, sino entre el fruto. Mientras habláis de las cosas de Dios, en ello estáis haciendo la voluntad de Dios. Confieso que el proverbio es verdadero: Los mayores habladores no son siempre los mayores hacedores. Pero también es verdadero, raramente es un gran hacedor quien nada tiene que decir. Hay un hablar que es nuestro hacer. Hay un hablar a modo de jactancia, para magnificarnos y ensalzarnos a nosotros mismos; guardaos de eso: y hay un hablar para edificación, para edificar a nuestros hermanos. Cuando hablamos para instruir, para convencer, para despertar y avivar nuestros propios espíritus y los ajenos a nuestra obra, entonces estamos haciendo nuestra obra. Hablad, cristianos, y hablad a menudo las cosas que sabéis; pero dejadme añadir, dejad que vuestras vidas hablen también, y no vuestros labios solamente. Si no queréis ser habladores vanos, ni todo lengua, dejad que vuestros labios hablen, y vuestras manos hablen, y vuestros pies hablen; dejad que vuestras obras y vuestros caminos hablen las maravillas de Dios. Sacad lo que habéis recibido: el que es todo interior, y el que es todo exterior, son igualmente nada. El uno es sombra sin sustancia, la sustancia del otro es sólo sombra; el uno es un engañador, el otro un alma engañada; el uno se jacta de sí mismo, el otro se tiene por algo; pero ni el uno ni el otro son nada.

Cristianos, sed llenos de buenos frutos, y haréis plena prueba de que vuestra sabiduría es de lo alto. «Si sabéis estas cosas, bienaventurados sois si las hacéis.»

Cristiano débil, que sabes poco de Dios y llamas a ese poco nada, mientras dudas si la luz ha resplandecido en ti, ¿andas en la poca luz que tienes; resplandeces como una luz en el mundo; sabes cómo ser santo y humilde e inocente y honesto; vives bajo el poder de aquellas verdades que conoces; temes al Señor, y obedeces la voz de sus siervos? Si así es, confía en el Señor, y apóyate en tu Dios; eres hijo de luz, aunque, por tu corazón tembloroso, andes en tinieblas. Sin haberle visto, le amas; y creyendo, te gozarás con gozo inefable y glorioso.

II. SU FRAGANCIA. «Y manifiesta la fragancia de su conocimiento por medio de nosotros en todo lugar.» (2 Corintios 2:14). El conocimiento de Dios es de suave aroma; esparce una fragancia doquiera que va. Tiene un grato sabor para el corazón, y deja dulces impresiones en los sentidos de los santos. Ellos gustan que el Señor es benigno. Como sus respiraciones suben como incienso suave, así sus rayos descienden con semejante dulzura hacia ellos. El nombre del Señor es «como ungüento derramado.» (Cantares 1:3). Pues bien, ¿cuál es su nombre? Este es su nombre: «Jehová, Jehová Dios, misericordioso y piadoso, tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado.» (Éxodo 34:6, 7). Oh, qué manojo de mirra, qué jardín de especias está aquí encerrado. ¡Qué suave fragancia despide hacia aquellos que tienen sus sentidos ejercitados para discernir lo bueno y lo malo!

El nombre del Señor es un ungüento precioso, y el conocimiento de Dios es este ungüento derramado. Donde Dios es conocido en el alma, allí su suave fragancia es esparcida. Los pensamientos de Dios son preciosos, los caminos de Dios son agradables para los que los entienden. Su fruto fue dulce a mi paladar. ¡Oh, los placeres inefables de la religión! El mundo carnal lo tiene por cosa insípida; no pueden gustar; y no es de extrañar, porque no ven las cosas de Dios, ni pueden verlas, porque se disciernen espiritualmente. Sea Dios conocido salvíficamente, y entonces hallaréis cuál es la fragancia de su conocimiento. Esta luz es dulce, es cosa agradable contemplar el sol. Oh alma mía, sean tus paseos, sean tus moradas en este jardín del Señor; deje el sol brillar, y el olor de sus especias fluirá hacia ti. Oh Señor mío, derrama tu suave ungüento, deja que el olor de tus vestidos refresque mi alma. Déjame gustar y ver; déjame ver, y gustaré que el Señor es benigno.

Desvanecéos, placeres carnales y deleites sensuales; estos capullos de rosa se pudren, las flores de vuestros jardines se marchitan, moscas muertas hay en todos vuestros ungüentos, la luz del Señor ha resplandecido todas vuestras glorias en tinieblas. Las aguas del santuario han vuelto salobres todas vuestras aguas; no queda placer en ellas.

El que ha conocido al Señor, ha recibido más o menos, según la medida de su conocimiento, el sabor y la dulzura de él; y lo que ha recibido dentro, lo envía fuera delante de los hombres; ha recibido, y es una fragancia suave. Como los predicadores, así los practicantes de la piedad son una fragancia suave de Cristo para Dios, y transmiten la dulzura de Dios a los hombres. Son de labios fragantes y de vidas fragantes; la fragancia de sus gracias es esparcida en las iglesias de Cristo. Los corazones carnales despiden hedor en lugar de suave olor; son todo podredumbre, la fragancia de un sepulcro es todo lo que tienen; sus caminos, sus palabras, su mismo aliento huelen a corazón podrido; sí, aun lo mejor que tienen, sus placeres, sus vestidos, su gallardía, sus polvos y perfumes y suaves olores saben a sus corazones soberbios y vanos y sensuales. ¡Pero oh, qué olor despiden sus juramentos y sus maldiciones y sus burlas y sus mentiras! Pecadores, aprended a conocer al Señor, y esto pronto cambiará vuestra fragancia. Y vosotros que conocéis algo de Dios, no penséis que vuestro conocimiento es salvífico, hasta que vuestras almas hayan recibido dentro, y vuestros caminos despidan la fragancia de su conocimiento.

Esta segunda marca de un corazón para conocer al Señor, a saber, la suave fragancia de este conocimiento; el placer que trae al alma, podría ser de significado incierto si se considerara sola: puede surgir algún placer y gozo del conocimiento común de Dios; y a veces hay poco gozo donde hay verdadera religión. Pero donde se halla en conjunción con la marca anterior, la evidencia de su solidez será más plena. Halladlo todo junto, este conocimiento transformador, fructificante y fragante, y podréis quedar satisfechos de que este es el conocimiento salvífico de Dios. Y de esto es la promesa: «Les daré un corazón para que me conozcan.»

¡Oh, cuánta necesidad tenemos aún de esperar, y rogar por el cumplimiento de esta promesa; cuán poco conocimiento sólido se halla entre nosotros! Algunos son débiles en conocimiento que han sido largo tiempo enseñados por Dios, y aun no son enseñados de Dios. Dios ha estado enseñándoles, pero ellos no han aprendido de él; han tenido un buen maestro, pero han sido pobres discípulos—hombres débiles, como llamamos a los hombres de bajo entendimiento. ¡Oh, cuántas almas débiles hay, aun entre los cristianos profesantes, que, aunque podrían haber sido maestros de otros, sin embargo necesitan ser enseñados en los primeros rudimentos de los oráculos de Dios! Algunos no tienen el conocimiento de Dios; lo digo para vuestra vergüenza. (1 Corintios 15:34).

Otros son hombres de conocimiento, pero de conocimiento débil, que saben mucho, pero para poco fin; su gran conocimiento tiene poco poder en ellos; sus concupiscencias son demasiado fuertes para su luz. Hablé a vosotros con mano fuerte, y os instruí. (Isaías 8:11). Si Dios ha hablado a estos hombres, con todo su mano no los ha instruido; el clavo no ha sido clavado lo bastante hondo, mora sólo en la cabeza, no ha llegado a su corazón; tienen ojo, pero están bien lejos de tener un corazón para conocer al Señor. Su conocimiento no los conduce a la religión, sino que debe servirles en lugar de la religión; es hecho para servir, y no se le permite guiar y gobernar—para servir a sus propósitos, para servir a su interés, para servir a su orgullo y a su avaricia. Su conocimiento de Dios los hace diablos; les ayuda a fingir hipocresía, a ser engañadores de otros, sí, y de sus propias almas. Les buscará palabras aceptables, pondrá oraciones en sus bocas, alabanzas en sus labios, espiritualizará su lenguaje, les proveerá de discurso fragante, los llevará plausiblemente por los deberes, que en nombre son para la gloria de Dios y el bien de las almas, pero que en verdad son sólo sacrificios a sus concupiscencias. El conocimiento de Dios humilla, pero este conocimiento hincha, y ensalza—los hincha en su propia estimación, y los ensalza en el pensamiento de los demás; y cuando ha hecho esto, les ha prestado todo el servicio que tienen para él, a menos que acaso tengan alguna obra peor para él—hacer rasgaduras y divisiones en la iglesia de Cristo, sostener disputas, cavilar y contender, dividir y hacer partidos, hacer veinte religiones de una, hasta que al fin hacen que aquella una no sea ninguna. Mientras el apóstol dice: «Algunos no tienen el conocimiento de Dios; lo digo para vuestra vergüenza;» yo también puedo decir: Algunos tienen el conocimiento de Dios; lo digo para su vergüenza. ¿Cómo, el conocimiento de Dios, y no más humildad? ¿el conocimiento de Dios, y no más caridad? Lo digo para vuestra vergüenza. ¿Tener la fe de Cristo haciendo acepción de personas? ¿tener el conocimiento de Dios haciendo acepción de partidos? ¿conocer a Dios, y con todo dividir y esparcir y confundir a los que son de Dios? sí, y contender y reñir sobre pequeñas diferencias, y protestar: «¡Aquí está Dios, y no allí; con nosotros, y no con vosotros»? cuando, quizá, un poco de caridad os diría que, en lo principal, él puede estar con ambos; y tanta falta de caridad hace dudoso si está con alguno de los dos. Cuanto más pretendan tales hombres al conocimiento de Dios, mayor será su vergüenza.

Amigos, guardaos de no perecer, sea por vuestra ignorancia o por vuestro conocimiento. No améis las tinieblas, y no llaméis tinieblas a la luz; no llaméis conocimiento de Dios al que no lo es; no abuséis del que lo es. ¿No tenéis conocimiento? ¿Cómo, y tal promesa delante de vosotros? «Les daré un corazón para que me conozcan, todos me conocerán.» ¿Cómo, y tal evangelio delante de vosotros, cuya obra es abrir los ojos ciegos, y volver de las tinieblas a la luz? Abre tu boca, pecador, y Dios abrirá tus ojos; «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis;» mira, no cierres los ojos a la luz que resplandece alrededor de ti; no ames las tinieblas, si no amas la muerte. «Esta es la vida eterna, que te conozcan.» ¿Qué es, pues, la ignorancia? hay muerte en tu corazón, si no hay luz en tu ojo.

¿Tenéis conocimiento? sed agradecidos, y sed humildes; no os ensoberbezcáis, sino temed; estimadlo, pero no lo abuséis. ¿Habéis recibido el conocimiento de la verdad? Vivid bajo el poder de la verdad que conocéis; entregaos a ella—a su poder transformador; dejadla obrar, y cambiaros a su propia imagen; dejad que esta nueva luz os haga un hombre nuevo—a su poder regidor; dejadla enseñaros y gobernaros; dejad que enseñe como quien tiene autoridad; dejad que gobierne hasta que haya puesto a todos vuestros enemigos debajo de vuestros pies; hasta que todo pensamiento, toda imaginación, y toda cosa alta sea humillada, y llevada cautiva a Cristo. No dejéis que la luz del Señor os ayude a hacer la obra del diablo; no sea pasto de vuestra carne, no sea combustible para vuestras llamas; no haga arrepentirse a vuestro Dios ni a vosotros, de que jamás se os confiara tal talento; no sea ni pérdida para Dios, ni la pérdida eterna de vuestra propia alma. El que ha aparecido en la tierra en rayos de luz será revelado desde el cielo, en llamas de fuego, dando retribución a todos los que conocen a Dios pero no obedecen el evangelio de Cristo. ¡Ay de los que ni conocen ni obedecen; pero oh, ¿qué de los que no obedecen, aunque conocen?

Cristiano, conoce al Señor, pero conoce y teme; conoce y sirve, conoce y honra a tu Dios; conoce a Dios, y conoce a ti mismo, tu pecado y tu miseria, tus peligros y tus tentaciones; conoce y llora; conoce y avergüénzate; conoce, y teme, y vela, y pelea, y vence. Conoce a Dios, y conoce su voluntad, tu deber y tu camino, tus privilegios y oportunidades, tu carrera y tu corona. Conoce, y haz, y corre, y sufre, y aguarda, y espera, y alégrate en la esperanza de la gloria de Dios. Conoce a Dios, pero a Dios en Cristo, Dios reconciliado, perdonando, absolviendo, aceptando por medio de él. Conoce, y cree, acepta, arrójate, entrégate, confíate a él. Conoce a tu Dios, y contémplalo; mira a tu Dios en su poder, en su sabiduría, en su santidad, en su bondad, en su piedad, en su misericordia. Contémplalo en su palabra, en sus obras, en su providencia, en sus santos, en tu alma, en su Hijo; ponlo delante de tus ojos, mira a tu Dios, y nunca dejes de mirar hasta que seas transformado en su imagen y saciado con su semejanza; y cuando seas llevado a esto, entonces él ha hecho en ti lo que ha dicho: «Les daré un corazón para que me conozcan.»

Fuente y atribución

Autor original: Richard Alleine

Título original: Chapter 7. A Heart to Know the Lord

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Richard Alleine, publicado originalmente en Grace Gems.

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