La soledad endulzada

Un fruto precioso que la aflicción cultiva en el alma

Entre los frutos de la aflicción brilla la vehemencia en la oración: como Lot, Jacob, Moisés y la iglesia primitiva, el creyente aprende a clamar con importunidad cerca del trono de la gracia.

El mundo se queja de la aflicción como de lo peor que puede sobrevenir al hombre; pero, por mi parte, jamás lo haré. Si fuera tan mala como imaginamos, ¿cómo es que desde Adán hasta el día de hoy los santos han tenido parte tan abundante de ella? Ahora bien, entre los muchos preciosos frutos de la aflicción, solo nombraré uno, y es: la vehemencia y la importunidad con Dios en la oración. Un alma piadosa puede caminar con Dios en comunión íntima, como Enoc, cautivada por la gloria de su rostro y elevada sobre el mundo por los efuvios de su amor. Pero como este no es el logro ordinario de los santos en general, es misericordia suya el ser empujados cerca del trono y llevados a la vehemencia en sus oraciones. Un hombre temeroso de Dios puede caminar en el curso de los deberes piadosos; pero la aflicción da un filo más agudo a sus devociones, importunidad a sus peticiones, y le hace acercarse más al trono, permanecer más tiempo y clamar más fuerte.

De esto tenemos ejemplos en la práctica de los santos de la Escritura. Ved a Lot, cuando Sodoma arde a sus espaldas; su esposa quejumbrosa y sus hijas llorosas en torno a él; desolados montes delante de él, a donde se le manda huir; terror fuera y temblor dentro. Ved, digo, cómo duplica su ruego: «Es una pequeña, oh, déjame escapar allí; ¿no es pequeña?» Ved otro ejemplo en Jacob, que apenas había escapado de la mano de Labán cuando se entera de que otro enemigo más furioso sale contra él para exterminarlo por completo. Inmediatamente invoca la promesa que Dios le había hecho de hacerle bien, y también de mandarle volver a su tierra natal, confesando a la vez que esto era menos que lo mínimo de todas sus misericordias. Luego se aloja solo aquella noche, y cuando está solo expresa todo aquel dolor, derrama su alma ante Dios: «¿No prometiste que en mi simiente serían benditas todas las naciones, y de mis entrañas surgiría el Mesías prometido? ¿Y que mi simiente sería numerosa como las estrellas, incontable como la arena? Pero ¿dónde está el cumplimiento de la promesa, la veracidad del que prometió, si yo y toda mi simiente somos muertos?» Sin duda este fue el tema de su oración y el asunto en que insistió durante la noche del combate; y ¡he aquí!, el mismo Salvador, por cuyo reino en el mundo estaba tan preocupado, se le aparece en la misma semejanza que después asumiría, y se deja contender con él, en llanto, oraciones y súplicas, y ser vencido por las luchas todopoderosas de la fe, hasta que este lenguaje sorprendente brota entre ellos: «Déjame ir.» «No te dejaré ir hasta que me bendigas.» Lo cual le fue concedido y confirmado con el cambio de su nombre de Jacob a Israel. Ciertamente, nunca hubo noche más dulce sobre la tierra; ¿y puede dudarse de que aquel fue un fruto singular de una aflicción singular?

Aquí debemos admirar también la vehemencia de Moisés en la oración con Dios, en el tiempo de la calamidad de Israel por el pecado: «Ahora, oh Jehová, sea grande el poder de mi Señor; perdona, te ruego, el pecado de este pueblo.» La de Josué, cuando Israel fue herido ante sus enemigos: «¿Qué harás a tu gran nombre?» La de David bajo sus diversas persecuciones, y la de Ezequías cuando recibió la carta injuriosa del monarca asirio.

Sin mencionar más en el Antiguo Testamento, nombraré uno en el Nuevo. Pedro es apresado por Herodes, puesto en la cárcel, y fijado el día en que debía padecer: esta fue una gran aflicción para la iglesia, una de sus columnas principales, uno de sus apóstoles, tan cerca de una muerte cruel y vergonzosa. Pero la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él, y el resultado fue la liberación de Pedro de manera milagrosa. ¡Oh, cómo, cuando la aflicción nos aprieta, apretamos nosotros la promesa, suplicamos su cumplimiento y somos importunos con Dios! Así como un padre afectuoso retiene de su hijo lo que sabe le es necesario, para deleitarse con sus pequeños y lindos argumentos por obtenerlo, así trata Dios con su pueblo.

Entonces, antes que yo me vuelva remiso en mis súplicas ante el trono de la gracia por el languidez de mi amor, ¡que el peso de mis aflicciones añada fervor a mis devociones y anhelo a mis ruegos!

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: One fruit of affliction

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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