¿Qué hay de esta naturaleza para el hombre anciano al final de la vida? ¿Qué plan, qué esperanza puede tener ahora, si no proviene de la verdadera religión? ¿Para qué tiene que vivir, si no es para la vida venidera? ¡Qué vacía debe ser la existencia para él, si no tiene perspectiva de vida y de gozo más allá del sepulcro!
2. Al llegar a este punto de la vida, todos los hombres podrían ver, si quisieran reflexionar, que ha habido un plan o propósito más alto que el suyo, y que ha habido una influencia obrando continuamente sobre ellos para llevar adelante ese plan superior. En otras palabras, un hombre verá a menudo que no ha logrado lo que se proponía, sino tal vez precisamente lo contrario, en la ejecución de un propósito más alto que el suyo.
Si tales reflexiones llevaran a alguien a reconocer una mano soberana en su propia vida, y si lo condujeran a la convicción de que existe un gran plan comprehensivo que abraza todos los asuntos humanos, y que hace subordinados a él todos los propósitos individuales de los hombres, sería un resultado que podría contribuir mucho a que formara una estimación justa del verdadero curso de las cosas. Que existe un propósito vasto y comprehensivo, por así decirlo, por encima de nosotros, un propósito que abraza todas nuestras acciones individuales y todos los asuntos de las naciones, haciendo todo tributario al cumplimiento de un plan alto y eterno, como cada manantial de agua que fluye silenciosamente desde la ladera, y cada arroyuelo apacible, contribuye a la formación del gran río que desemboca en el océano. Esta es la clara enseñanza de la Biblia, y puede reconocerse aún como la igualmente clara enseñanza de la filosofía. La gloria de ese arroyuelo no consiste en que caiga suavemente por la ladera del monte, o que fluya dulcemente por el valle, por hermoso que ello sea, sino en que contribuye a acrecentar el gran río que así desemboca en el océano. Así, la gloria de un plan o de un acto del hombre puede consistir en que, aunque en sí mismo demasiado insignificante para ser recordado, sí contribuye a llevar adelante los grandes designios de Dios, ¡los designios que abarcan la eternidad y el infinito!
El punto al que aquí aludo, que todos los planes humanos se hacen subordinados al cumplimiento de un propósito divino superior, está claramente declarado en la Biblia. «El corazón del hombre piensa su camino, mas el Señor dirige sus pasos.» Proverbios 16:9. «Muchos pensamientos hay en el corazón del hombre, mas el consejo del Señor permanecerá.» Proverbios 19:21. «Yo sé, oh Señor, que no es del hombre su camino, ni del hombre que camina el ordenar sus pasos.» Jeremías 10:23. «Yo soy Dios, y no hay otro; yo soy Dios, y no hay nadie como yo. Yo anuncio el fin desde el principio, desde los tiempos antiguos lo que aún ha de venir. Yo digo: Mi propósito permanecerá, y haré todo lo que me plazca.» Isaías 46:9-10. Este mismo sentir ha sido expresado con belleza por el gran poeta:
«Nuestra indiscreción a veces nos sirve bien
cuando nuestros propios designios se frustran; y eso debería enseñarnos
que hay una divinidad que da forma a nuestros fines,
por más burdamente que los tallamos.»
La filosofía no ha estado dispuesta a reconocer esto como una verdad admitida, pero la historia tiende rápidamente a ello; y el tiempo no está lejano en que ninguna filosofía será considerada completa, como ninguna historia lo es, que no reconozca esta idea. Ningún hombre puede dar una explicación correcta de los hechos de la historia, aislados como parecen, si no los considera como parte de un vasto sistema, bajo la supervisión de una Mente Divina que preside todo, con un gran plan que se extiende sobre toda la raza humana y que abraza todos los reinos, imperios y tierras. Cada uno de los acontecimientos del mundo, por aislado que parezca, se vuelve así parte de un plan comprehensivo, entrando en el desarrollo de los propósitos divinos tan realmente como la disposición de las diversas partículas separadas en un árbol, o en el cuerpo humano, está relacionada con su desarrollo en su forma perfecta; o como los pequeños trabajos de los animalculos se vinculan con las hermosas formaciones que se elevan sobre el mar en arrecifes o islas. El insecto individual muere y se olvida; el plan avanza con firmeza.
Da una nueva visión de la vida en cuanto a su valor, cuando un hombre, por humilde y oscuro que sea, puede reconocer la mano divina en su propio camino por el mundo, y puede ver que Dios ha estado realizando lo que él mismo nunca contempló ni se propuso, y lo que quizá ni aun ahora entiende. Él mismo, como el insecto en la formación del arrecife de coral, puede pasar y ser olvidado. Puede no haber nada en su propia obra que perpetúe la memoria de su individualidad; la piedra que la amistad erija sobre su tumba puede caer, y el lugar donde duerme en la muerte puede quedar sin marca y desconocido; pero él se ha incorporado a un movimiento más grande que sus propios planes individuales, y un propósito más alto que el que él jamás diseñó ha sido cumplido por su vivir sobre la tierra.
Puede parecer ahora una mera vanidad aplicar de algún modo estas observaciones a mí mismo, pero son aplicables a un hombre como a cualquier otro, y ahora se aplican solo para ilustrar este punto general, mostrando cómo la vida se le aparece a un hombre cuando se acerca a su fin. La idea es que, en tal momento, un hombre sentirá que su vida ha sido moldeada de manera distinta a como él anticipaba; que rara vez ha llevado a cabo sus propios planes; que, de hecho, ha seguido un curso diferente del que él o sus padres diseñaron; que ha fracasado mucho en lo que se proponía, y que si ha logrado algo, ha sido en gran medida lo que ni contempló ni diseñó.
Yo tenía, cuando era muchacho, un joven amigo, un compañero de juegos, un condiscípulo; él, como yo, era hijo de un mecánico, y ninguno de los dos tenía otra ventaja que la de nuestros demás compañeros de juegos y de escuela. Por nuestras perspectivas y ocupaciones tempranas, ambos fuimos desviados por las sugerencias de un maestro de escuela rural, que nos persuadió, con el consentimiento algo reacio de nuestros padres, a dejar nuestros hogares para emprender un curso de estudios preparatorios para la profesión de la abogacía. Mi amigo juvenil, por su talento y aplicación en la línea así contemplada, se colocó a la cabeza de la profesión jurídica en nuestro estado natal, y al final ocupó el más alto cargo judicial del estado, cumpliendo un propósito del que nunca soñó en su juventud, e ilustrando el pensamiento que me esfuerzo en presentaros: que «hay una divinidad que da forma a nuestros fines»; que «el corazón del hombre piensa su camino, mas el Señor dirige sus pasos».
Si se dijera que el caso referido no es en manera alguna algo inusual; que es, de hecho, algo común, admito que así es, y por esta misma razón he aludido a él. Es para mostrar que es tan común, podría decir tan universal, que prueba que hay sobre todas las cosas, y abrazando todas las cosas, un gran plan; que hay un Intelecto que preside todo; que hay un Dios que tiene sus propios propósitos, y que hace que los planes de sus criaturas sean subordinados a los suyos; que, de hecho, aunque son agentes morales libres, Él tiene el poder de controlarlos de manera que lleven a cabo sus propios designios.
Pero lo que yo deseaba particularmente mencionar, en relación con el asunto que nos ocupa, era mostrar cómo esto se le aparece a un hombre que ha alcanzado el límite exterior de la vida humana, y que desde ese punto mira hacia atrás sobre su propio camino. Pocos, si alguno, en ese período pueden mirar sobre la vida sin recordar el hecho de que a menudo se vieron estorbados en su camino; que sufrieron muchas decepciones en sus planes más queridos; que obstáculos de lugares imprevistos fueron arrojados en su sendero; y más aún, que quizá se vieron compelidos más de una vez a cambiar sus planes de vida. En el momento en que estas cosas ocurrieron las sintieron vivamente. Se entristecieron por la decepción, y lloraron por su falta de éxito; sintieron que aun «las estrellas en sus cursos peleaban contra ellos»; tuvieron envidia del éxito de otros en cuyo camino no parecía interponerse ningún obstáculo; y posiblemente pudieron haberse visto tentados a murmurar contra lo que les parecía un gobierno del mundo injusto y parcial, contra aquel Poder superior que daba éxito a otros y fruncía el ceño sobre su camino.
Ahora, en la revisión, todo esto parece haber cambiado. Se ve que aquellas reversiones estuvieron bajo una dirección sabia, a fin de que quienes así fueron decepcionados lograran lo que no se habían propuesto, así como que se asegurara su propio bien espiritual y eterno.
Así miramos ahora la historia del mundo, y vemos que los grandes cambios que han ocurrido entre las naciones, las revoluciones de los estados e imperios, las reversiones, los juicios y las calamidades que han venido sobre las naciones, todos han sido necesarios en los grandes movimientos de los asuntos humanos, y todos han tendido de algún modo a promover el bienestar último del hombre y a contribuir al progreso de la raza.
En cuanto a mí, si no se considerará una mera vanidad referirme a esto, puedo decir que todo esto se ha ilustrado en mi propia vida, tal como ahora me parece en la revisión del pasado. No he llevado a cabo ninguno de los propósitos de mis años mozos. He fracasado en aquellas cosas que me había propuesto y que esperaba lograr. He hecho lo que nunca me propuse ni esperé hacer. He sabido lo que era llorar ante los desalientos. He sido llevado por caminos contrarios a mis tempranas anticipaciones. Puedo ver ahora, creo, que aunque he sido consciente de una entera libertad en todo lo que he hecho, sin embargo toda mi vida ha estado bajo el control absoluto de un Poder Superior, ¡y que ha habido una voluntad y un plan respecto de mi vida que no eran míos! Aun mis actos más voluntarios, puedo verlo, han sido subordinados a ese plan superior, y lo que he hecho lo he hecho como si yo no hubiera tenido parte en el asunto.
No sería propio entrar aquí en detalles, y si lo hiciera serían solo tales como ocurren sustancialmente en la vida de todo hombre, y que cualquiera podría relatar a la edad de setenta años. No es porque haya habido algo peculiar en mi caso que aludo a esto, sino meramente para ilustrar una verdad general, para mostraros cómo os parecerá la vida cuando la reviséis al final. Si algo he hecho en el mundo, lo que he hecho no ha provenido de ningún propósito o plan original mío; si algún elogio se debe en alguna parte, no es a mí, sino a Aquel que ha dirigido mis pasos; si he sido útil en algún respecto, es porque hubo una Providencia controladora que dirigió mi camino.
Pero si se permite la referencia personal, puedo aludir a lo que de hecho ha resultado ser la principal obra de mi vida, y aquella en la que he sido más exitoso que en ninguna otra: me refiero a la preparación de notas o comentarios sobre las Sagradas Escrituras. Para esta obra no había hecho preparación especial, y nunca entró en mis planes o expectativas tempranas. Fui llevado a ella como un trabajo secundario del todo, y la proseguí como una ocupación placentera de día en día. Comencé meramente con el designio de preparar unas cuantas notas llanas y sencillas sobre los Evangelios para beneficio de los maestros de escuela dominical. Había una demanda de alguna breve explicación de los Evangelios para las escuelas dominicales, y era cierto que tal obra sería provista por alguien. Tres otros caballeros, cada uno de ellos peculiarmente apto para la tarea, comenzaron la preparación de tales notas casi al mismo tiempo, pero cada uno abandonó el designio. Conmigo, la preparación de aquellas notas sobre los Evangelios llevó al hábito de dedicar una pequeña porción de cada día a escribir sobre alguna parte de la Biblia, en un momento que no interferiría con mis deberes regulares como pastor, hasta que, para mi propia sorpresa, me encontré al final del Nuevo Testamento, y hasta que, para mi mayor sorpresa, como el resultado lo ha mostrado, más de un millón de volúmenes han sido vendidos en este país y en el extranjero, en mi lengua natal y en lenguas que no puedo leer ni entender. Si puede parecer que se requirió alguna abnegación al proseguir una obra así durante más de treinta años, haciéndola en las primeras horas de la mañana cuando los habitantes de esta gran ciudad dormían en torno a mí, al perseguirla cuando estaba cargado con los deberes de un cargo pastoral de la mayor responsabilidad, al ir a mi estudio en la madrugada en toda clase de climas, frío, calor, tormenta, lluvia, nieve, si parece haber habido algo así como una obstinada perseverancia en esto, yo diría que esto no me parece ahora haber sido así. Nada es más claro a mi propia aprehensión, nada está más indeleblemente impreso en mi mente en la revisión del pasado, que esto: hubo una Mano invisible que me guio en esta obra de día en día, y una influencia de lo alto que me la impulsó; que hubo una demanda en el estado de la iglesia de que fuera hecha por alguien; que había surgido una emergencia en el establecimiento de una nueva institución, la escuela dominical, para tal obra; que Dios me dio salud, y fuerzas, y amor por la obra en vista de su realización; que Él me despertó mañana tras mañana para la grata tarea; que Su mano guió la mía al escribir; y que, aunque consciente de ser del todo voluntario, hubo una Providencia soberana, un Poder soberano, que impulsó la concepción de la tarea y que la condujo a su terminación.
Me veo ahora constreñido a pediros que me perdonéis esta alusión personal, esta referencia en este modo público a mis propios trabajos. Tal como conozco mi propio corazón, no es en ningún espíritu de jactancia; es solo para que yo pueda ahora, al fin de mis labores en la tierra, rendir la alabanza donde la alabanza se debe, y para que pueda ilustrar una gran verdad de valor para todos: que «el corazón del hombre piensa su camino», pero que «el consejo del Señor, ese permanecerá»; que hay una providencia suprema; que hay un Dios que gobierna los asuntos humanos; que hay un gran plan comprehensivo al cual todos nuestros planes están subordinados.
No tengo derecho a mérito, a alabanza ni a honor por lo que se me ha permitido hacer. Me refiero a ello ahora sin tal intención. Trato de mostrar a los de menor edad cómo se siente un hombre cuando ha alcanzado los límites exteriores de su carrera; y lo que deseo decir es que entonces le parece que ha habido una mano divina en su camino, y que sus propios planes, a menudo frustrados, y ya fueran exitosos o no, todos han estado subordinados a un plan mucho más alto, en el cual todos sus propósitos son absorbidos y perdidos, y en el cual todo lo que él hace puede ser, a la vista de ese vasto plan, del todo insignificante.
Es una gran verdad, confirmada cada vez más en la historia del mundo, que Dios hará los planes individuales de los hombres, y los propósitos de las naciones, subordinados a los suyos. Lo sepan o no, Él hará todos sus designios subordinados a ese movimiento más alto y más vasto que va adelante en la historia de la tierra; y también hará todos los movimientos de la tierra misma subordinados al desarrollo de ese plan aún más vasto que abraza todos los mundos, haciendo el universo uno solo.
Fuente y atribución
Autor original: Albert Barnes
Título original: Life at Three-score and Ten — parte 5
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Albert Barnes, publicado originalmente en Grace Gems.