"La muerte y la vida están en poder de la lengua." Proverbios 18:21
"La lengua también es un fuego, un mundo de maldad entre los miembros del cuerpo. Corrompe a toda la persona, e incendia todo el curso de la vida, y ella misma es encendida por el infierno. Toda clase de bestias, de aves, de reptiles y de seres marinos son domadas, y han sido domadas por el hombre; pero ningún hombre puede domar la lengua. Es un mal inquieto, lleno de veneno mortal." Santiago 3:6-8
"Pero os digo que los hombres habrán de dar cuenta en el día del juicio por toda palabra ociosa que hayan pronunciado." Mateo 12:36
Hay un gran poder para el mal en el habla humana. Pocas personas escapan del todo al daño de las lenguas. Ningún nombre es lo bastante puro para estar a salvo para siempre de las innuendos viles o de las crueles calumnias. Aun Jesús, cuya vida fue santa, inculpable, sin mancha, separada de los pecadores, no escapó a la lengua del calumniador. Es asombroso cuánto habla sin amor hay en este mundo. Por el menor motivo los hombres se airan y pronuncian palabras violentas. Aun aquellos que profesan ser de Cristo, con demasiada frecuencia pierden el control de su habla y dicen palabras que cortan como espadas. Hay hogares en los que la conversación principal es la disputa: el conflicto de las lenguas. Hay niños de almas tiernas que crecen en medio de duros contendores, sin oír casi nunca una palabra suave o amorosa.
Luego hay un conflicto de lenguas a nuestro alrededor, aun cuando las palabras no se dirijan contra nosotros. Pensemos en todo el habla que uno debe oír a medida que pasan los días, el habla que no es amorosa, servicial, alentadora ni consoladora. El don del habla es uno de los más nobles que Dios ha dado al hombre. Fue destinado a ser amoroso, verdadero, sabio, enriquecedor y lleno de bendición. Dios nos dio nuestras lenguas para que con ellas le habláramos a Él en oración, alabanza y adoración; y habláramos a nuestros semejantes con gozo, con amor, con esperanza, con toda palabra provechosa.
Nuestro Señor nos ha dicho que por toda palabra ociosa que los hombres pronuncien deberán dar cuenta. ¡Por toda palabra descuidada! Nótese que no es por toda palabra pecaminosa, toda palabra amarga, toda palabra falsa, o toda palabra impura que enciende sugerencias inmundas que pueden estallar en llama y dejar ennegrecida toda la vida. Desde luego, por tales palabras, palabras que conducen al pecado, debemos dar cuenta. Pero Jesús dijo que debemos dar cuenta por toda palabra descuidada que pronunciemos. ¡Pensemos en las palabras descuidadas que tenemos que escuchar! ¿Cuál es la mayor parte de la conversación que se desarrolla en los hogares, en el trabajo y en el trato social? ¿Es charla sabia, buena, sana, útil? ¿Instruye, interesa, inspira, estimula? La gente charla sin cesar, y no dice una sola palabra que valga la pena recordar. Sin embargo, no podemos apartarnos de este conflicto de las lenguas.
Está, además, lleno de falsedades; reflexiones sobre los ausentes, insinuaciones, sospechas, críticas, censuras. Es extraño cuánto de lo que oímos se habla de los ausentes, y con qué despiadada indiferencia la gente dice males de quienes no están presentes para oír. Los caracteres se discuten y se disecan como si no fueran más que trozos de arcilla. Los nombres se toman y lenguas chismosas susurran sus alusiones de escándalo, aun por quienes acaban de salir de la iglesia. Las reputaciones se marchitan. Es la cosa más rara que se pronuncie una palabra plena, cordial y honrada de algún ausente. Siempre sigue esta triste charla acerca de las personas en la sociedad. No podemos menos que oírla, pues no somos sordos; pero si somos honrados, caritativos y sinceros, ¡estas palabras nos hieren! Necesitamos un refugio contra ellas.
"¡El conflicto de las lenguas!" ¡Con cuánta verdad describen estas palabras la vida que rodea a cada uno de nosotros! Y los hombres y mujeres de espíritu sensible se cansan de ella y anhelan huir a algún retiro tranquilo, donde ya no sean heridos por el incesante conflicto. Tanta charla inarmónica nos daña. Nos cansamos de oír críticas y reprobaciones. Nos preocupa y aflige que nos estén molestando continuamente. Nos duele saber que aquellos en quienes hemos confiado como amigos hayan hablado de nosotros con lengua tan descuidada. Nos apena descubrir que hemos sido juzgados equivocadamente, nuestros motivos tergiversados, nuestras acciones malinterpretadas, nuestras propias palabras pervertidas y su sentido falseado. Nos cansamos de todo esto, y a veces deseamos tener alas como la paloma, para poder volar lejos y estar en reposo.
El mismo Salmo que nos ofrece el cuadro del conflicto de las lenguas también descubre el refugio que necesitamos ante toda esta confusión de palabras. "Los esconderás en lo secreto de tu presencia, de la conspiración de los hombres; los pondrás en un pabellón a cubierto de contienda de lenguas." Salmo 31:20
Dios ha provisto un refugio al cual podemos huir, donde no seremos heridos por el conflicto de las lenguas. ¿Cuál es el refugio?
No es dejándonos llevar por esta corriente de charla como escapamos a su daño. Eso sería nuestro peligro. Cuando estamos con quienes solo tienen palabras descuidadas, charla frívola en la lengua, nos es fácil unirnos a ellos en el habla frívola. Cuando oímos a otros chismear de sus vecinos, contar retazos de noticias, repetir historias denigrantes, insinuar cosas sospechosas, nos resulta bastante natural disfrutarlo todo, y luego añadir nuestra porción al caudal común. Cuando nos hallamos entre quienes dicen cosas desagradables de otro, lanzan flechas de censura, de burla o de sarcasmo contra el buen nombre de un ausente, hacen de sus faltas tema de conversación, sostienen como una clínica sobre su carácter y lo disecan para su propia perversa complacencia, ¡con cuánta facilidad nos deslizamos en el mismo surco de conversación, a menos que seamos muy vigilantes!
¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo riendo de lo que la gente decía de algún amigo suyo muy querido, y aun añadiendo pequeños retazos que su propia relación confidencial de amistad le había permitido conocer de su amigo? O cuando nos encontramos entre quienes disputan sobre cuestiones, o riñen por credos o por política, o por alguna otra cosa, no nos es difícil tomar partido y disputar con el mismo ardor que los demás. En un hogar donde hay contienda, siempre estamos en peligro de entrar en la amargura y de acrecentarla con nuestras propias palabras excitadas y excitantes.
Este no es el refugio del conflicto de las lenguas que Dios provee. Puede ser lo más fácil el dejarse caer en la corriente y dejarse llevar por ella, pero solo nos hacemos daño si hacemos esto creyendo salvarnos del mal de los pecados ajenos. Estamos abandonando nuestros colores y pasándonos al enemigo. No podemos rendirnos al conflicto de las lenguas para liberarnos del dolor que el conflicto causa. Debemos ser testigos de Cristo. Si todos a nuestro alrededor pecan con la lengua, debemos asegurar que honramos a nuestro Maestro ya sea con el habla o con nuestro silencio.
Tampoco podemos buscar un refugio del conflicto de las lenguas en la indiferencia estoica. Si lo que oímos nos concierne y es condenatorio, haríamos bien primero en preguntar si es verdad, si las cosas que se dicen de nosotros pueden tener al menos alguna sombra de verdad. Para muchos de nosotros es bueno tener que vivir en una atmósfera de crítica. Si los otros siempre hablaran bien de nosotros, invariablemente elogiándonos, nos haría orgullosos y engreídos. Nos conviene que siempre haya quienes cerca de nosotros estén dispuestos a ver nuestras faltas y no teman exponerlas.
Uno ha dicho: "Si alguno habla mal de ti, huye a tu propia conciencia y examina tu corazón. Si eres culpable, es justa corrección; si no eres culpable, es justa instrucción. Aprovecha ambas. Así destilarás miel de la hiel, y de un enemigo manifiesto harás un amigo secreto."
Tampoco el refugio divino del conflicto de las lenguas se halla en la huida de la sociedad. Puede ser lo más fácil tomar las alas de la paloma y volar lejos. Los hombres han corrido al refugio de las rocas y las cavernas, al convento o al monasterio, a la celda del ermitaño, para escapar de este conflicto profano. Pero esa no es la manera en que Dios quiere que vivamos. Él nos necesita en el corazón de la sociedad, porque desea que demos testimonio de Él. Hemos de dejar que nuestra luz alumbre las tinieblas del mundo para disiparlas. Hemos de vivir entre los impíos para mostrarles un modelo de vida verdadera, santa y hermosa. Te encuentras, por ejemplo, en un hogar impío. El espíritu de amor no se ha cultivado, y hay conflicto de lenguas aun en aquel sagrado santuario. La vida desagradable te está hiriendo. Sientes como si quisieras huir de ella. Pero probablemente es tu deber quedarte allí. Debes, por tanto, hallar tu refugio en medio de las mismas desavenencias que hacen el hogar tan duro para ti.
Lo mismo es cierto de la mayor parte de nuestros ambientes. No podemos huir de ellos. Nuestro deber nos exige permanecer donde estamos. Dios nos quiere donde Él nos ha puesto. Huir del ambiente sería huir del deber; así demostraríamos deslealtad a nuestro Maestro y fracasaríamos en nuestra búsqueda de refugio. Pero hay un refugio que podemos hallar en medio mismo del conflicto de las lenguas.
Nos dicen que cuando el terrible ciclón barre un país, hay un punto en su centro tan quieto y sereno que apenas se mueve una hoja, donde un bebé podría dormir sin ser molestado. Así, en el centro del más recio conflicto de lenguas, podemos hallar un pabellón, un lugar de paz, donde ningún daño puede alcanzarnos.
¿Cómo podemos hallarlo? Primero, teniendo la paz de Dios en nuestro propio corazón. Si estamos en recta relación con Dios, su seno es nuestro refugio. En tiempo de conflicto podemos siempre acudir a Él, y en su presencia, en su amor, nuestro corazón puede estar en reposo.
Debemos también mantener nuestro corazón siempre cálido y amoroso hacia quienes forman el ambiente desagradable. Nada de lo que hagan debe turbar nuestro amor por ellos. Si vivimos así, tendremos un pabellón en el que Dios nos esconderá siempre del conflicto de las lenguas. El conflicto causará dolor, pero no empañará la dulzura de nuestro espíritu.
Hay flores que crecen a principios de la primavera bajo los montones de nieve y no son dañadas por el frío. Así también las gracias del corazón se mantendrán tiernas, hermosas y dulces en medio de las más duras desavenencias, aun bajo desaires y crueldades, si tenemos este refugio del amor de Dios al cual huir.
Un secreto de la seguridad contra el daño de las lenguas es conservar el amor en el corazón. Las calumnias o las palabras amargas de cualquier género solo pueden hacernos daño cuando cedemos al sentimiento de resentimiento y de ira. Mientras sigamos amando a través de todo el conflicto, estamos escondidos en un refugio seguro. Es la amargura la que abre la puerta de nuestro corazón y deja entrar el daño. El pecado no está en ser tentados, sino en ceder a la tentación. Nuestro Señor nos enseñó a orar por los que nos maltratan y nos persiguen. Mientras oramos por ellos, sus palabras crueles no tienen poder para hacernos daño.
Tenemos en Jesucristo el ejemplo supremo de la verdad de esta lección. Nunca en torno a ninguna otra vida rugió como en torno a Él el conflicto de palabras. La crueldad de los hombres no conoció límite. Lenguas envenenadas vaciaron su más avinagrada amargura sobre Él. Pronunciaron contra Él las acusaciones más viles. Formularon las peores imputaciones contra su carácter. Le persiguieron con la más aguda malicia. La mentira hizo lo peor en difamarle.
Pero ninguna de estas cosas le hirió. Él conservó la dulzura de espíritu, la serenidad de alma, a través de todo el conflicto de palabras. Si miramos su refugio, encontramos que, primero, conservó el amor en su corazón en medio de toda la contienda. Nunca se impacientó. Ninguna amargura entró jamás en su alma, ninguna ira, ningún sentimiento de resentimiento. Nunca devolvió odio por odio, sino solo y siempre amor por odio. Mientras los hombres le clavaban los clavos en las manos y los pies, ¡Él oraba por ellos! "¡Padre, perdónalos!" Su amor nunca menguó ni por un instante.
Podemos permanecer en el pabellón de Dios y estar a salvo del daño del conflicto de las lenguas solo cuando nos conservamos en el amor de Dios. Si nos airamos y hablamos a la ligera, o dejamos que nuestro corazón se vuelva amargo y nuestros labios pronuncien palabras de desamor o de resentimiento, hemos pecado. Entonces el conflicto nos ha herido. Debemos seguir amando y seguir orando, y buscar el bien de quienes nos tratan tan amargamente.
El lenguaje del Salmo es muy hermoso. "Los esconderás" a tus hijos, a tus creyentes "en lo secreto de tu presencia, de la conspiración de los hombres; los pondrás en un pabellón a cubierto de contienda de lenguas." Es decir, cuando el mundo nos agravia, o nos asalta con sus dardos de mal, Dios nos esconde en el secreto de su propia presencia.
Cuando un niño entra de la calle, alarmado, tembloroso, de en medio del mal que le ha amenazado, la madre lo atrae hacia su propio lado, al secreto de su propia presencia, y lo retiene allí hasta que el miedo se aquieta y todo peligro ha pasado. Así hace Cristo cuando sus pequeñuelos tiemblan y tienen miedo en medio del conflicto de las lenguas. Un versículo del Nuevo Testamento dice: "Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios." ¿De qué nos hemos de preocupar por lo peor de la ira, la mentira, la calumnia y el desamor del mundo, cuando así estamos escondidos en Dios! Los hombres no pueden herir a las estrellas lanzándoles piedras; las estrellas están escondidas en el refugio celestial de Dios. Ningún conflicto de lenguas puede hacernos daño si estamos en el pabellón de amor de Dios.
No podemos apartarnos de los asaltos de las lenguas de los hombres. Debemos oír mucho habla que hiera o hiera, y mucho que nos cansa y entristece. Pero podemos estar tan escondidos en Cristo, tan envueltos en los pliegues de sus vestiduras, tan sostenidos en su corazón de corazones, que el conflicto no nos toque. Él nos esconderá en el secreto de su presencia, a cubierto de los que conspiran contra nosotros. Nos guardará en secreto en su pabellón, del conflicto de las lenguas.
Siempre hay necesidad de nuevas lecciones sobre el deber del habla amorosa. Debemos hacer nuestra parte para apaciguar el conflicto de las lenguas en este mundo. Esto podemos hacerlo, en alguna medida al menos, guardando nuestros labios para que nunca añadan al volumen de este conflicto profano. Podemos cumplir nuestro deber con mayor plenitud si ponemos continuamente en la corriente del habla palabras dulces, palabras sanas, palabras que resulten sanadoras, inspiradoras, fortalecedoras, alentadoras.
Siempre hay una misión para las palabras sanas. Incalculable es su poder para bendecir. Inmensurable también es la posibilidad de ayudar con estas nuestras lenguas. Amargo será si al final se halla que no hemos usado nuestro habla para bendecir al mundo. Hay necesidad de palabras sanas en todas las asociaciones humanas. Tememos decirnos unos a otros cosas bondadosas y apreciativas, aun a quienes más amamos. Mantenemos los pensamientos tiernos sellados a lo largo de los años, hasta que nuestro amigo se ha ido. Entonces junto a su ataúd nuestros labios se desellan, y fluyen palabras verdaderas, cálidas de amor. Pero ¿de qué sirven entonces? ¡Bien podríamos mantenerlos sellados!
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Refuge from Strife of Tongues
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.