Herodes se llamaba a sí mismo rey — y, sin embargo, ¡miren qué pobre esclavo fue, qué cobarde tan miserable! Le pesaba haber hecho el juramento, le pesaba sobremanera. Su conciencia no estaba del todo muerta. No quería matar a Juan. Temía la opinión pública, que sabía lo condenaría. Temía la ira vengadora. Luego se odia a sí mismo por haber sido atrapado por Herodias en su conspiración para llevar a cabo su tan anhelada venganza. Y, con todo, era tan esclavo que, aunque pretendía ser rey — no tuvo el valor de rechazar semejante petición.
Es cierto que había hecho un juramento — pero ninguna promesa ni juramento obliga cuando exige pecar. Desde luego, Herod hizo muy mal en pronunciar un juramento tan temerario, sin saber qué implicaría su promesa. Una vez hecho — estaba obligado a cumplirlo, a cualquier costo para sí mismo — siempre que no hubiera nada pecaminoso de por medio. Si Herodias le hubiera pedido la mitad de su reino, habría estado obligado a concederle su petición; pero no tenía obligación alguna de satisfacer ningún deseo que le exigiera cometer pecado.
Sin embargo, no fue el juramento lo que realmente influyó en Herod. No tuvo el valor de hacer lo heroico que debía haber hecho. Temía la burla de sus invitados; y estaba tan bajo el poder de Herodias — que no se atrevía a negar lo que ella demandaba. Fue su debilidad lo que lo arruinó. Antes que ser un héroe moral — se manchó las manos con sangre santa; y esas manchas aún no se han borrado.
Hay algunas cosas que no tenemos derecho a jurar. Lo que es nuestro — siempre hemos de hacerlo según lo que hemos jurado. Según las Escrituras, el hombre bueno, habiendo jurado aun para su propio perjuicio — no cambia. Pero ningún juramento obliga a nadie a dar la vida de otro hombre. Esa no le pertenece para darla.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: A Royal Coward
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.