Pensamientos vespertinos

Un sacrificio suficiente para siempre

Cristo, con un solo sacrificio, condenó al pecado y aseguró el perdón eterno del creyente; en él no hay condenación, sino salvación plena, gratuita y poderosa para el alma que acude a él.

¿Y cuál fue aquel sacrificio? Fue el propio Hijo de Dios, «el cual se dio a sí mismo por nosotros», «cuando hubo efectuado la purificación de nuestros pecados por sí mismo». Mediante este sacrificio «condenó al pecado en la carne». La palabra no implica simplemente destruir o quitar; por tanto, la presente y entera destrucción del pecado en el creyente no fue la condenación asegurada por el sacrificio de Cristo. Pero en dos sentidos podemos entender el término. Primero, él soportó la condenación y el castigo del pecado, y así aseguró para siempre nuestro perdón. Segundo, y principalmente, condenó de tal modo el pecado en su propio cuerpo material, que este perdió el poder de condenar a su cuerpo espiritual, la iglesia. De modo que ni el pecado ni la consecuencia del pecado pueden jamás someter al creyente a condenación. Así, mientras el pecado condenó a Jesús como fiador, Jesús condenó al pecado como juez, asignándole su propio destino oscuro e inmutable. Aquello que está condenado no puede condenar. Por eso el último cántico que el creyente entona es el más dulce y el más triunfante: «¡Oh muerte! ¿dónde está tu aguijón?». Condenado, perdonado y para siempre quitado el pecado, la muerte, su consecuencia y penalidad, no es sino un dulce trance en el que el creyente cae para despertar perfeccionado en la justicia de Dios. Adoremos, con profunda adoración del alma, el ilustre método de Dios para responder a la impotencia de la ley. ¡Cuán apropiado para nosotros, cuán honroso para él mismo! Renunciando a toda esperanza de salvación por las obras de la ley, aprovechemos con gozo y gratitud el plan de Dios para la justificación. Que nuestros corazones humildes y creyentes abracen de corazón a su Hijo. Si la ley es impotente para salvar, Cristo es «poderoso para salvar». Si la ley no hace sino aterrar y condenar, es para conducirnos a Cristo, a fin de que seamos justificados por fe en él.

No hay condenación en Cristo Jesús. Todo es paz, todo es reposo, todo es seguridad allí. En el instante mismo en que un pobre pecador tembloroso entra en Cristo, queda seguro para toda la eternidad. Ni un solo momento puede estar seguro de su salvación fuera de Cristo. Acude, pues, al Salvador. Su declaración es: «al que a mí viene, no le echo fuera». Solo son rechazados quienes traen un precio en sus manos. La salvación es por gracia; y no al que obra, sino al que cree, se concede el precioso don. La torpeza de tu culpa, el número de tus transgresiones, la profundidad de tu indignidad, la medida de tu pobreza o la distancia que te has apartado de Dios no son objeción válida ni dificultad insuperable para que seas salvo. Jesús salva a los pecadores «hasta lo sumo»: hasta el último grado de culpa, hasta el último límite de indignidad, hasta el último extremo del tiempo. Y no solo miremos a Cristo para la salvación, sino también para la fortaleza. ¿Es la ley débil? «Cristo es el poder de Dios». Él está dispuesto a perfeccionar su fuerza en nuestra debilidad. Y la convicción experimentada de esa debilidad será la medida de nuestra fortaleza. Sin él nada podemos hacer; mas fuertes en su poder, todo lo podemos. «En el Señor tengo justicia y fuerza».

Fuente y atribución

Autor original: Octavius Winslow

Título original: Evening Thoughts - June 16

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.

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