Después de que el Señor hubo expirado, no se hizo ningún agravio a su sagrado cuerpo. Los judíos pretendían deshonrarlo quebrándole las piernas, pero su designio fue frustrado. Cuando los soldados llegaron a su cruz, hallaron que ya estaba muerto. Podrían haberle quebrado las piernas aunque estuviera muerto; pero las Escrituras habían declarado: «No le quebrarán hueso alguno». Está escrito en el Salmo 34:20: «Él guarda todos sus huesos; ni uno de ellos será quebrado». Los soldados nada sabían de las profecías; sin embargo, las cumplieron, tanto al no quebrarle las piernas como al traspasarle el costado. Jesús murió en el tiempo en que se celebraba la fiesta de la Pascua, y él era el verdadero Cordero cuya sangre expiaba los pecados de Israel y del mundo. Se había mandado respecto al cordero pascual: «No le quebraréis hueso alguno» (Éx. 12:46). También se había mandado que su sangre fuera derramada y rociada sobre el dintel y los postes de la puerta. Cuando el costado de Jesús fue traspasado, su sangre debió rociar la cruz y correr en un copioso torrente sobre la tierra.
¡Y qué torrente fue, compuesto no solo de sangre, sino también de agua! Algunos piensan que el agua procedía del pericardio (la envoltura en que está encerrado el corazón) y que era una prueba de que la vida se había extinguido. Es de suma importancia probar que Jesús murió realmente en la cruz; pues si no murió realmente, entonces nosotros debemos morir eternamente. Pero poseemos abundante evidencia de su muerte. Había uno junto a la cruz que vio la lanza entrar en su costado, y es él quien ha registrado el hecho. Juan no abandonó la cruz cuando su Maestro murió. Permaneció cerca para ver qué sería de su sagrado cuerpo. Si por breve tiempo la dejó para llevar a la madre de su Señor a su propia casa, había regresado. Ahora que la tiniebla había pasado, podía ver todo cuanto se hacía con el cuerpo de su Señor. Vio el agua y la sangre, «y da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros creáis».
Hay un significado espiritual en este torrente de sangre y agua. La sangre expía el pecado. Antes de ser derramada, el malhechor penitente confió en ella y fue perdonado. Uno de nuestros más dulces poetas describe su caso y el suyo propio: «El ladrón moribundo se gozaba al ver aquella fuente en su día; y allí yo, tan vil como él, lavé todos mis pecados».
Pero los pecadores no solo son culpables: están muertos en delitos y pecados. De Jesús fluye el agua de vida, el Espíritu Santo. Él habló del Espíritu bajo el símbolo del agua el último día de la fiesta de los tabernáculos, cuando dijo: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba» (Juan 7). No podemos equivocarnos en el sentido de la invitación, pues está escrito: «Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él» (Juan 7:39). Acerquémonos a Jesús en busca de la doble bendición: sangre expiatoria y agua viva. Quien mire con fe su costado traspasado recibirá ambas. La herida gloriosa adorna el cuerpo resucitado de nuestro Salvador crucificado como el memorial sempiterno de su amor. Los hombres contemplan con asombro el pequeño manantial que se convierte en el poderoso Nilo y fertiliza medio continente. ¡Pero con qué estupor los ángeles, y también los hombres, miran aquella herida, que es la fuente de la bienaventuranza de millones de seres a lo largo de la eternidad!
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: A soldier pierces the Lord's body
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.