De repente me hallo en un diluvio sin orillas de bienaventuranza, en un espacioso mar de gloria —perdido en asombro entre divinidades inefables, y transportado con los arrobamientos de la armonía seráfica! La gloria primera y soberana es que Jehová mantiene aquí en persona su corte real. Su morada está enriquecida con la más rica profusión de su amor, con los más brillantes despliegues de su bondad. Mientras todos sus santos se regocijan en su excelente gloria, ¡qué ardor arde en cada alma, qué arrobamiento hincha cada cántico! ¡Oh, los adorables despliegues de sus perfecciones! ¡Las manifestaciones de su bondad, los efluvios de su amor, y la comunión que hay entre él y sus escondidos! La plenitud del Padre, atesorada en el Hijo, dispensada por el Espíritu, es la carta real del reino de arriba, donde el privilegio regio de cada habitante le lleva al extremo más amplio de la gloria.
¿Qué edificios son éstos? Son los palacios del gran Rey, las mansiones de nuestro Emanuel, de las cuales hay muchas en la casa de su Padre. Y todas son magníficas, fundadas en gracia y amuebladas con gloria: «Las vigas de nuestra casa son de cedro, y los tablones de abeto.» La vejez jamás entrará aquí, y nada se corromperá. ¡Qué hermosa ciudad es la Nueva Jerusalén, de la cual el Señor Dios y el Cordero son la luz! ¡Cuán gloriosas son sus puertas, donde brillan perlas de esencial belleza! ¡Y todos los atributos de Dios resplandecen divinamente!
Allí yacen los trofeos de la eterna victoria bajo los pies de Emanuel. Él es nuestro hermano mayor, nuestro pariente cercano y nuestro esposo. De esta relación brota nuestra grandeza: el haber sido desposados con la alta y honorable familia de los cielos. ¡Qué bendición ser hermanos del Hijo de Dios, y oírle declararnos el nombre de su Padre! ¡Oh, los rayos asimiladores de gloria que parten de sus ojos, y comunican semejanza con el rayo! Le vemos, y somos semejantes a él; somos semejantes a él, y le amamos, y somos eternamente felices. No es de extrañar que el mundo fuera semejante baldío y aullante desierto, tierra tan seca y sedienta, región de calor y sequía —comparada con la Canaán celestial, donde los ríos de los placeres desbordan sus orillas para siempre.
¿Por qué esperábamos goces en la tierra? Nuestro cuerpo mortal no habría podido soportar los transportes del día eterno; sí, aquí apenas podemos resistir el brillo de sus resplandores. ¡Oh, amor! ¡Oh, arrobamiento! ¡Oh, goces extáticos! ¡Oh, cielo eterno! La asamblea general, ya congregada en el santo monte de Sión, el gozo de todo el cielo, es una asamblea de dioses, todos hijos del Altísimo, ¡y el Señor Dios de los dioses —el Señor Dios de los dioses— mora entre ellos! ¡Oh, gloria inefable! Habitar para siempre en el pabellón real de los cielos, en comunión íntima con el eterno, inmortal e invisible Rey.
¿Qué notas tan arrobadoras son éstas que oigo? El cántico de Moisés y del Cordero. Mi alma se deshace en alabanza, mi espíritu se derrama en dulces hosannas, todo el cielo es melodía, los ángeles realzan el canto. ¡Oh, los encantadores himnos de gloria! ¡Oh, los acordes sublimes de los citaristas en torno al trono! El cántico de los redimidos es el cántico de los cánticos. Te cantaremos mientras vivamos, mientras tuviéremos ser te bendeciremos. El llanto duró un poco, por la breve noche del tiempo; mas el gozo ha venido en la mañana de la resurrección; y tenemos un cántico en esta solemne asamblea, y alegría, por haber entrado en la casa del Señor. Nuestra dicha pronunciará aleluyas, nuestra gloria cantará tu alabanza, y nunca estará muda. Cantad, oh habitantes de la eternidad, clamad desde los montes de mirra y las colinas de incienso, donde descansáis y sois refrigerados para siempre. ¿Y nunca terminarán estos arrobadores hosannas, nunca cesarán estos cánticos de amor? ¡Oh, trinos del eterno mediodía! pues no descansamos día ni noche de cantar toda tu gloria.
Dime, ¿estuve yo jamás triste o afligido? ¿Qué importa —ya que ahora he depuesto mi sayal, y estoy vestido de bienaventuranza? Aquí, para gloria del generoso Dador, todas las cosas son comunes. Este Dios, esta gloria, este todo —mis hermanos santos, sin pérdida mía, es vuestro, y sin deficiencia alguna para vosotros, es también del todo mío. Aquí bebemos en la corriente inmortalizadora de la vida, y con gozo eterno sacamos agua de las fuentes de la salvación. De los ríos de tus placeres, ¡oh Dios!, nos harás beber abundantemente: «Comed, oh amigos; bebed, sí, bebed abundantemente, oh amados! porque en tu presencia hay plenitud de gozo, y a tu diestra deleites para siempre.»
¡Oh Señor Jesús, te he hallado! No en tu promesa, ni en las ordenanzas, como en los días de mi carne; sino en los despliegues más amplios de tu eterno amor, en los campos abiertos de la gloria. Te besaré y no seré despreciado. Te he hallado, y te retendré, y no te soltaré por toda la eternidad.
Aquí recibimos de su plenitud —gracia sobre gracia y gloria sobre gloria. Nuestra posesión es digna de nuestro liberal Dador. Tenemos un reino que no puede ser conmovido, una heredad incontaminada, y que no se marchita, una ciudad que tiene fundamentos, cuyo artífice y hacedor es Dios. Tenemos vestiduras de gloria, corona de justicia, corona de vida; el árbol de la vida para alimentarnos, la fuente de la vida para beber, y el huerto de Dios para pasear. Tenemos vida fuera del alcance de la muerte, salud asegurada contra la enfermedad, y placer sin dolor. Nuestros cuerpos son inmortales, nuestras almas inmaculadas, nuestros sentidos santificados, nuestras concepciones espiritualizadas, nuestras facultades ensanchadas, y toda nuestra alma colmada de divinidad. Nuestra dicha pasada está presente con nosotros en el dulce recuerdo, nuestra dicha presente nos arrobata en el goce, y nuestra dicha futura está presente con nosotros en la plena certeza de nuestra eterna bienaventuranza. Así somos para siempre bienaventurados al más alto grado.
Estamos por encima de todo temor, más allá de la ansiedad y la duda, y fijos sobre todo cambio. Nuestro servicio es sincero, nuestras adoraciones ardientes, nuestro conocimiento profundo y satisfactorio. El arrobamiento entra por cada parte; nuestros ojos se arroban viendo al Rey en su hermosura, nuestros oídos oyendo los cánticos del templo interior, nuestro olfato con la fragancia de la Rosa de Sarón, la planta renombrada; nuestros pies pisando su santo lugar; nuestras manos palpando la Palabra de vida; y nuestra boca con el vino de nuestro Amado, que entra suavemente, haciendo que nuestras almas clamen a gran voz —y los labios de los que estuvimos una vez mudos en la muerte, dormidos en el sepulcro, canten, y nunca cesen. Nuestra experiencia de su plenitud, nuestra visión de sus perfecciones y gloria, nuestro interés en sus oficios y relaciones, nuestra unión con el Verbo encarnado, nuestra comunión con todas las personas del glorioso Dios y nuestra participación de la naturaleza divina constituyen nuestra bienaventuranza más exaltada, ¡y son el cielo de los cielos!
Aquí Jesús, de quien Salomón en toda su majestad fue una vez un tipo languideciente —está coronado con todo el resplandor de su gloria mediatorial; y éste es el día de los eternos desposorios, el día del regocijo de su corazón. El Esposo y la Esposa han llegado al banquete de bodas del Cordero, porque ya todo está preparado. El banquete está dispuesto, y los convidados se han sentado, ¡y la mesa está servida! Bienaventurados los que comen el pan de la vida en el reino de Dios.
¡Oh, la dulzura del Cordero de Dios! ¡Oh, la excelencia melada del verdadero maná, que bajó a la tierra para alimentarnos allí, y es tomado al cielo para convidarnos aquí! ¡Oh, la conversación de mesa de la gloria! ¡Oh, el lenguaje que derrite de amor mutuo! Nunca supimos qué era comunión hasta aquí. El banquete no tendrá fin jamás, los convidados nunca dejarán este festín, junto con el amado Redentor.
El Padre ha amado al Hijo, y ha puesto todas las cosas en su mano. El Hijo nos ha amado, y nos ha dado todas las cosas ricamente para que las disfrutemos. ¡El Padre nos ha amado como a su propio Hijo! ¡El amor es amor aquí en verdad! ¡Oh, la sagrada familiaridad que hay en el amor! ¡Oh, la bondad del corazón de Emanuel! «Padre, deseo que aquellos que has traído aquí vean toda mi gloria que me has dado —porque me aman, y se deleitan en mi gloria.»
Señor, tú que sabes todas las cosas, sabes que te amamos, y que nuestra felicidad está en contemplar tu gloria. ¡Oh, qué torrentes de eterno amor manan del trono a nuestras almas! Ahora sabemos que Dios es amor, y en su amor reposa hacia nosotros. ¿Y te deleitas en la obra de tus manos? ¿Estás encantado con el amor de tus criaturas? «Aparta tus ojos, porque me han vencido.» No, Señor, hemos fijado nuestros ojos en ti, ¡oh tú que eres más hermoso que los hijos de los hombres, que los ángeles de Dios! En ti estarán fijos —y se saciarán para siempre. Nuestros ojos morarán en ti, ¡y nuestros corazones vuelan por nuestros ojos!
La gloria es nativa de la mejor de las patrias. La gloria tiene su morada en nuestra tierra. Las tinieblas están excluidas de las regiones del día eterno, y la tristeza desterrada de los reinos de la bienaventuranza. Nuestro invierno ha pasado y se ha ido, nuestra primavera está en perpetuo verdor, nuestro verano en eterna floración. Nuestro SOL está en su cénit, nuestro día en su mediodía, y no hay noche aquí. Nuestro amor está en llama, y nuestro amado es nuestro, y nosotros suyos; él se apacienta entre los lirios. El día ha rayado, y las sombras se han disipado, y andamos con él en blanco; sí, somos transformados de gloria en gloria por el Espíritu del Señor que mora en nosotros. Somos llamados al monte de comunión, del cual nunca descenderemos; y aquí hablamos y conversamos cara a cara con él, como habla un hombre con su amigo; y arden nuestros corazones dentro de nosotros, mientras él habla con nosotros, y nos abre el misterio de la redención, ¡las maravillas de su amor!
Aquí escudriñamos con serenidad, satisfacción y gozo los secretos de la eternidad —todas las cosas profundas de Dios. Las perplejidades de nuestra vida transitoria resplandecen ahora con armonía, sabiduría y bondad en su conjunto. Y aunque una vez nos quejamos de nuestras propias aflicciones, ahora adoramos su asombrosa conducta con nosotros, y confesamos que fuimos necios en nuestros juicios. Ahora la verdadera religión triunfa, la piedad está revestida de sus ropas honoríficas; y todos aquellos que se mantuvieron firmes por el honor del Rey, cuando eran hollados por sus enemigos dementes, cabalgan sobre caballos blancos en su glorioso séquito, vestidos con los vestidos de salvación, con corona real sobre su cabeza, y la proclama real hecha desde el trono: ¡Así se hará por toda la eternidad a los hombres que el Rey se deleita en honrar!
Bienaventurados los hombres que has escogido así, y hecho acercarse a ti. Ciertamente somos abundantemente saciados con tu bondad —con la divina largueza de tu templo— que preparaste para nosotros cuando éramos pobres en el mundo. ¡Has coronado el año de tu gracia con tu eternidad de gloria! Los collados de gloria se regocijan por doquiera, y los cielos te aclaman y cantan, porque tú los has alegrado. Aunque nuestros enemigos cabalgaron sobre nuestras cabezas en los días de angustia y turbación, con todo tuvimos poder sobre ellos en la alborada de gloria, en la mañana de la resurrección. Aunque pasamos por los fuegos de la persecución, por las aguas de la adversidad; sí, por la rápida corriente de la muerte al fin —con todo nos has traído a una tierra opulenta, de modo que tenemos una heredad hermosa. Las cuerdas nos han caído en lugares deleitosos, siendo conducidos al hermoso monte que tu diestra compró para nosotros, ¡oh Emanuel!
Aquí pagaré mis votos por toda la eternidad, los que pronuncié en el día de mi angustia, en la tierra de mi peregrinación. ¡Oh amor, jamás olvidable! que me ha traído a salvo por tantos laberintos tortuosos y senderos torcidos, a la vista de tantos enemigos, a pesar de un diablo tentador, a pesar de las acusaciones de mis pecados, la rebelión de mis concupiscencias, la carnalidad de mis afectos y la debilidad de todas mis gracias —para morar al fin para siempre en la bienaventuranza celestial —¡y bendecir a Dios en la congregación de los adoradores sin pecado!
Aquí nuestra visión es plena y asimiladora, nuestro goce satisfactorio y consolador, y nuestra comunión libre e ininterrumpida. ¡Oh, qué arrobamiento comenzar a conversar con el Dios de gloria —por la eternidad! Le hemos hallado en Betel, su propia casa, en su propio cielo —¡y aquí hablamos con él! Sí, lloramos de gozo, y derramamos aclamaciones de éxtasis —pues él nunca se irá. Tenemos poder sobre el Ángel increado, y, en los lances del amor seráfico, luchamos y prevalecemos con él —para que nunca, nunca, nunca nos deje. ¡Oh, el placer que hay en su presencia! ¡Oh, los ríos exuberantes de gozo que fluyen a su diestra! ¡Cuánto mejor es su amor que la vida, y la luz de su rostro que la posesión de diez mil creaciones!
Sólo aquí mora el honor. ¡Oh mortales engañados, que tanto se afanan por nombres vanos y epítetos transitorios acá abajo! Porque el honor y la majestad están delante de Dios, la fuerza y la hermosura están en su santuario. ¿Dónde están todos esos brillantes hijos del honor ahora, todos los hombres de fama y prestigio? ¡Ah! Están envueltos en tinieblas de medianoche —mientras los justos resplandecen como el sol en el reino de su Padre. ¡Con qué ojo envidioso y corazón airado nos ven nuestros enemigos, que nos tuvieron por la escoria y el orín de todas las cosas —al vernos, en nuestras ropas principescas y real atavío, subir a nuestros tronos por mandato divino, para juzgar a hombres impenitentes y ángeles apóstatas!
¡Cómo pudimos quejarnos jamás de ser aborrecidos de todos los hombres por tu causa! ¿Por qué nos pareció alguna vez grave el más cruel escarnio, el labio calumniador o la lengua difamante? Ya entonces éramos más que recompensados por el testimonio de una buena conciencia y las muestras de paz del trono eterno. ¡Pero oh! ¡qué recompensa es ésta: que el escarnio de unos pocos días sea retribuido con renombre inefable a la vista de todos los ángeles de Dios, por todos los días de la eternidad! Éste es el verdadero y triunfante estado de gloria. ¡Oh, qué gloria reinar en las alturas con el Rey de reyes! ¡Sentarse con él en su trono por todas las edades, y nunca ser degradado de aquella divina dignidad!
¡Oh eternidad, otrora consuelo de nuestras anhelantes expectativas, ahora transporte de nuestras almas ensanchadas! Porque estamos siempre con el Señor, viendo su rostro sin nube, llevando su divino nombre, bebiendo en las corrientes de sus placeres, comiendo de su maná escondido, sentados bajo el Árbol de la vida, rebosantes bajo los resplandores del Sol de justicia, cantando aleluyas a aquel que nos amó, que nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos trajo aquí para estar para siempre con su bendita persona —participando de sus dominios, y dividiendo el botín, pues los guerreros comparten la presa con el Conquistador todopoderoso.
Aquí moramos en Dios, y él en nosotros; conocemos su amor, somos transformados a su gloriosa semejanza, y hechos partícipes de su naturaleza divina. ¡Oh, estado de completa felicidad y consumada bienaventuranza; sólo puede ser aprehendido en la posesión, conocido en el goce, y entendido en su duración eterna! ¡Ahora el día ha rayado, las sombras huido, y todo es eterno mediodía! Ningún deseo tuve que no esté cumplido más allá de sus dimensiones. Ninguna petición que no esté concedida más de lo que contenía. Y toda mi alma está satisfecha y colmada con la divina plenitud de tu superabundante bondad.
Ven, oh mi Amado, tengamos la comunión más íntima; aquí te daré mi amor. ¡Bienaventurado yo! ¡Qué glorioso resplandor! ¡Qué maravillas surgen! ¡Qué ardores arden dentro! Todo es luz y gloria, todo gozo y exultación. ¡Todo es transporte y alabanza, todo asombro y maravilla! ¡Todo es visión y semejanza a Jesús, todo goce y satisfacción! ¡Todo es Dios! Dios y el Cordero son todo en todos —para todas las naciones celestiales— ¡por todas las edades! ¡Amén!
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: A glance into heavenly bliss
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.