"¡Acordaos de la mujer de Lot!" Lucas 17:32
Pocas advertencias en la Escritura son más solemnes que la que encabeza esta página. El Señor Jesucristo nos dice: "Acordaos de la mujer de Lot."
La mujer de Lot era profesora de religión; su marido era un "hombre justo" (2 Pedro 2:8). Salió de Sodoma con él el día en que Sodoma fue destruida; miró atrás hacia la ciudad por detrás de su marido, contra el mandato expreso de Dios; fue herida de muerte al instante y convertida en una columna de sal. Y el Señor Jesucristo la levanta como una señal para su iglesia; dice: "¡Acordaos de la mujer de Lot!"
Es una advertencia solemne, cuando pensamos en la persona que Jesús nombra. No nos manda recordar a Abraham, Isaac, Jacob, Sara, Ana o Rut. No, escoge a alguien cuyo alma se perdió para siempre. Nos clama: "¡Acordaos de la mujer de Lot!"
Es una advertencia solemne, cuando consideramos el asunto del que Jesús habla. Está hablando de su propia segunda venida para juzgar al mundo; describe el estado terrible de falta de preparación en que serán hallados muchos. Los últimos días están en su mente cuando dice: "¡Acordaos de la mujer de Lot!"
Es una advertencia solemne, cuando pensamos en quien la da. El Señor Jesús está lleno de amor, misericordia y compasión; es aquel que no quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo que humea. Pudo llorar sobre la Jerusalén incrédula y orar por los hombres que lo crucificaron; sin embargo, aun Él j bueno que recordarnos las almas perdidas. Aun Él dice: "¡Acordaos de la mujer de Lot!"
Es una advertencia solemne, cuando pensamos en las personas a quienes fue dada por primera vez. El Señor Jesús estaba hablando a sus discípulos; no se dirigía a los escribas y fariseos, que lo odiaban, sino a Pedro, Santiago, Juan y muchos otros que lo amaban; sin embargo, aun a ellos juzga bueno dirigirles una advertencia. Aun a ellos dice: "¡Acordaos de la mujer de Lot!"
Es una advertencia solemne, cuando consideramos la manera en que fue dada. No dice simplemente: "Guardaos de seguir, tened cuidado de imitar, no seáis como la mujer de Lot." Usa una palabra distinta: dice: "Acordaos." Habla como si todos estuviéramos en peligro de olvidar el asunto; despierta nuestras memorias perezosas; nos manda tener el caso presente en la mente. Clama: "¡Acordaos de la mujer de Lot!"
Propongo examinar las lecciones que la mujer de Lot está destinada a enseñarnos. Estoy seguro de que su historia está llena de instrucción útil para la iglesia. Los últimos días están sobre nosotros; la segunda venida del Señor Jesús se acerca; el peligro de la mundanalidad aumenta año tras año en la iglesia. Proveámonos de salvaguardias y antídotos contra la enfermedad que nos rodea y, no menos importante, familiaricémonos con la historia de la mujer de Lot.
Consideremos ahora... los privilegios religiosos que la mujer de Lot disfrutó, el pecado particular que cometió y el juicio que Dios infligió sobre ella.
1. Los privilegios religiosos que la mujer de Lot disfrutó
En los días de Abraham y Lot, la verdadera religión salvadora era escasa sobre la tierra: no había Biblias, ni ministros, ni iglesias, ni tratados, ni misioneros. El conocimiento de Dios estaba confinado a unas pocas familias favorecidas; la mayor parte de los habitantes del mundo vivían en tinieblas, ignorancia, superstición y pecado. Ni uno entre cien, quizá, tenía... tan buen ejemplo, tan santa compañía, tan claro conocimiento, tan claras advertencias —como la mujer de Lot.
Comparada con millones de sus semejantes en su tiempo, la mujer de Lot era una mujer favorecida.
Tenía un hombre de Dios por marido; tenía a Abraham, el padre de los fieles, por tío político. La fe, el conocimiento y las oraciones de estos dos hombres justos no podían ser un secreto para ella. Es imposible que pudiera haber vivido en tiendas con ellos durante algún tiempo sin saber quiénes eran ellos y a quién servían. La religión para ellos no era un mero asunto formal; era el principio rector de sus vidas y el resorte de todas sus acciones. Todo esto la mujer de Lot debió verlo y saberlo. No eran privilegios pequeños.
Cuando Abram recibió por primera vez las promesas, es probable que la mujer de Lot estuviera allí. Cuando edificó su altar junto a su tienda entre Hai y Betel, es probable que ella estuviera allí. Cuando su marido fue hecho cautivo por Quedeorlaomer y librado por la intervención de Dios, ella estaba allí. Cuando Melquisedec, rey de Salem, salió al encuentro de Abraham con pan y vino, ella estaba allí. Cuando los ángeles vinieron a Sodoma y advirtieron a su marido que huyera, ella los vio; cuando los tomaron por la mano y los sacaron de la ciudad, ella fue una de aquellos a quienes ayudaron a escapar. Una vez más digo, no eran privilegios pequeños.
Sin embargo, ¿qué efecto bueno tuvieron todos estos privilegios en el corazón de la mujer de Lot? Ninguno en absoluto. A pesar de todas sus oportunidades y medios de gracia, a pesar de todas sus advertencias especiales y mensajes del Cielo, vivió y murió sin gracia, sin Dios, impenitente e incrédula.
Los ojos de su entendimiento nunca fueron abiertos; su conciencia nunca fue realmente despertada y vivificada; su voluntad nunca fue realmente llevada a un estado de obediencia a Dios; sus afectos nunca fueron realmente puestos en las cosas de arriba.
La forma de religión que tenía se mantenía por moda y no por sentimiento; era una capa llevada para complacer a su compañía, pero no por sentido de su valor. Hacía como los demás hacían en la casa de Lot; se conformaba a los caminos de su marido; no oponía resistencia a su religión; se dejaba llevar pasivamente en su estela; pero todo este tiempo su corazón estaba mal a la vista de Dios. El mundo estaba en su corazón, y su corazón estaba en el mundo. En este estado vivió, y en este estado murió.
En todo esto hay mucho que aprender: veo aquí una lección de la más profunda importancia en el día presente. Vivís en tiempos en que hay mucha gente justo como la mujer de Lot; venid y escuchad la lección que su caso está destinado a enseñar.
Aprended, pues, que la mera posesión de privilegios religiosos no salvará el alma de nadie. Podéis tener ventajas espirituales de toda clase; podéis vivir a la plena luz de las más ricas oportunidades y medios de gracia; podéis disfrutar la mejor predicación y la instrucción más escogida; podéis habitar en medio de luz, conocimiento, santidad y buena compañía. Todo esto puede ser, y sin embargo vosotros mismos podéis permanecer inconversos y al fin perderos para siempre.
Me atrevo a decir que esta doctrina suena dura a algunos lectores. Sé que muchos imaginan que no necesitan nada más que privilegios religiosos para llegar a ser cristianos decididos. No son lo que debieran ser en el presente, lo admiten; pero su posición es tan difícil, arguyen, y sus dificultades son tantas. Dadles un marido piadoso o una esposa piadosa, dadles compañeros piadosos o un amo piadoso, dadles la predicación del evangelio, dadles privilegios, y entonces andarían con Dios.
Todo es un error. Es un completo engaño. Se requiere algo más que privilegios para salvar almas.
Joab era el capitán de David; Giezi era el siervo de Eliseo; Demas era el compañero de Pablo; Judas Iscariote era el discípulo de Cristo, y Lot tenía una esposa mundana e incrédula. Todos estos murieron en sus pecados. Descendieron al abismo —a pesar del conocimiento, las advertencias y las oportunidades; y todos nos enseñan que no son privilegios solos lo que los hombres necesitan. Necesitan la gracia del Espíritu Santo.
Valoremos los privilegios religiosos, pero no descansemos enteramente en ellos. Deseemos el beneficio de ellos en todos nuestros movimientos en la vida, pero no los pongamos en el lugar de Cristo. Usemoslos con gratitud si Dios nos los concede, pero cuidemos que produzcan algún fruto en nuestro corazón y vida. Si no hacen bien, a menudo hacen un daño positivo: cauterizan la conciencia, aumentan la responsabilidad, agravan la condenación.
El mismo fuego que derrite la cera endurece la arcilla; el mismo sol que hace crecer el árbol vivo seca el árbol muerto y lo prepara para arder. Nada endurece tanto el corazón del hombre como una familiaridad estéril con las cosas sagradas. Una vez más digo, no son privilegios solos los que hacen a la gente cristiana, sino la gracia del Espíritu Santo. Sin ella, nadie será jamás salvo.
Pido a los miembros de las congregaciones evangélicas en el día presente que observen bien lo que digo. Vais a la iglesia del señor A o del señor B; lo consideráis un excelente predicador; os deleitan sus sermones; no podéis oír a nadie más con el mismo confort; habéis aprendido muchas cosas desde que asistís a su ministerio; ¡consideráis un gran privilegio ser uno de sus oyentes! Todo esto es muy bueno. Es un privilegio. Yo daría gracias si ministros como el vuestro se multiplicaran mil veces. Pero después de todo, ¿qué tenéis en vuestro corazón? ¿Habéis recibido aún el Espíritu Santo? Si no, no sois mejores que la mujer de Lot.
Pido a los criados de las familias cristianas que observen bien lo que digo. Es un gran privilegio vivir en una casa donde reina el temor de Dios. Es un privilegio oír las oraciones familiares mañana y tarde, oír la Palabra de Dios expuesta con regularidad, tener un domingo tranquilo y poder siempre ir a la iglesia. Estas son las cosas que debéis buscar cuando intentáis conseguir un puesto; estas son las cosas que hacen un lugar realmente bueno. Los salarios altos y el trabajo liviano nunca compensarán una constante ronda de mundanalidad y pecado. Pero tened cuidado de no contentaros con estas cosas; no supongáis que porque tenéis todas estas ventajas espirituales iréis por supuesto al Cielo. Debéis tener gracia en vuestro propio corazón, así como asistir a las oraciones familiares. Si no, sois ahora no mejores que la mujer de Lot.
Pido a los hijos de padres cristianos que observen bien lo que digo. Es el mayor privilegio ser hijo de un padre y una madre piadosos y ser criado en medio de muchas oraciones. Es una bendición verdadera ser enseñados en el evangelio desde nuestra más tierna infancia y oír del pecado, de Jesús, del Espíritu Santo, de la santidad y del Cielo, desde el primer momento en que podemos recordar algo. Pero, oh, tened cuidado de no permanecer estériles e infructuosos a la luz de todos estos privilegios; guardaos de que vuestro corazón permanezca duro, impenitente y mundano, a pesar de las muchas ventajas que disfrutáis. No podéis entrar en el reino de Dios a crédito de la religión de vuestros padres. Debéis comer el pan de vida por vosotros mismos y tener el testimonio del Espíritu en vuestro propio corazón. Debéis tener... arrepentimiento propio, fe propia y santificación propia. Si no, no sois mejores que la mujer de Lot.
Ruego a Dios que todos los cristianos profesos en estos días graben estas cosas en el corazón. Ojalá nunca olvidemos que los privilegios solos no pueden salvarnos. La luz, el conocimiento, la fiel predicación, los abundantes medios de gracia y la compañía de gente santa son todas grandes bendiciones y ventajas. ¡Dichosos los que las tienen! Pero, después de todo, hay una cosa sin la cual los privilegios son inútiles; esa una cosa es la gracia del Espíritu Santo. La mujer de Lot tuvo muchos privilegios; pero la mujer de Lot no tuvo gracia.
2. El pecado que la mujer de Lot cometió
La historia del pecado que la mujer de Lot cometió nos la da el Espíritu Santo en pocas y sencillas palabras: "Ella miró atrás desde detrás de su marido, y se convirtió en una columna de sal." No se nos dice más que esto. Hay una desnuda solemnidad en la historia. La suma y sustancia de su transgresión está en estas tres palabras: "Miró atrás."
¿Parece ese pecado pequeño a los ojos de algún lector de este mensaje? ¿Parece la falta de la mujer de Lot una nimiedad, para ser castigada con tal castigo? Este es, me atrevo a decir, el sentimiento que surge en algunos corazones. Dadme vuestra atención mientras razono con vosotros sobre el asunto. Hubo mucho más en aquella mirada de lo que os llama la atención a primera vista; implicaba mucho más de lo que expresaba. Escuchad, y oiréis.
a. Aquella mirada fue una pequeña cosa, pero reveló el verdadero carácter de la mujer de Lot. Las cosas pequeñas mostrarán a menudo el estado de la mente de un hombre, incluso mejor que las grandes; y los pequeños síntomas son a menudo los signos de enfermedades mortales e incurables. La manzana que Eva comió fue una cosa pequeña, pero probó que había caído de la inocencia y se había hecho pecadora. Una grieta en un arco parece una cosa pequeña, pero prueba que los cimientos están cediendo y todo el edificio es inseguro. Una pequeña tos por la mañana parece un padecimiento sin importancia, pero es a menudo evidencia de fallo en la constitución y conduce al declive, la consunción y la muerte. Una paja puede mostrar hacia dónde sopla el viento, y una mirada puede mostrar la condición podrida del corazón de un pecador (Mateo 5:28).
b. Aquella mirada fue una pequeña cosa, pero habló de desobediencia en la mujer de Lot. El mandato del ángel era claro e inequívoco: "No mires atrás" (Génesis 19:17). Este mandato la mujer de Lot se negó a obedecer. Pero el Espíritu Santo dice que "obedecer es mejor que sacrificarse" y que "la rebelión es como el pecado de adivinación" (1 Samuel 15:22, 23). Cuando Dios habla claramente por su Palabra o por sus mensajeros, el deber del hombre es claro.
c. Aquella mirada fue una pequeña cosa, pero habló de orgullosa incredulidad en la mujer de Lot. Parecía dudar de si Dios iba realmente a destruir Sodoma: no parecía creer que hubiera peligro alguno o necesidad de una huida tan apresurada. Pero sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). El momento en que un hombre empieza a pensar que sabe más que Dios y que Dios no dice nada en serio cuando amenaza, su alma está en gran peligro. Cuando no podemos ver la razón de los tratos de Dios, nuestro deber es guardar silencio y creer.
d. Aquella mirada fue una pequeña cosa, pero habló de amor secreto al mundo en la mujer de Lot. Su corazón estaba en Sodoma, aunque su cuerpo estaba fuera. Había dejado sus afectos atrás cuando huyó de su hogar. Su ojo se volvió hacia el lugar donde estaba su tesoro, como la aguja de la brújula se vuelve hacia el polo. Y este fue el punto culminante de su pecado. "La amistad del mundo es enemistad contra Dios" (Santiago 4:4). "Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él" (1 Juan 2:15).
Este aspecto de nuestro tema merece especial atención; concentrémonos en él con la mente y el corazón. Creo que es la parte a la que el Señor Jesús particularmente se propone dirigirnos. Creo que querría que observáramos que la mujer de Lot se perdió mirando atrás al mundo. Su profesión fue en algún momento hermosa y plausible, pero nunca renunció de verdad al mundo. Pareció en algún momento en el camino de la seguridad, pero aun entonces los pensamientos más bajos y profundos de su corazón eran para el mundo. El inmenso peligro de la mundanalidad es la gran lección que el Señor Jesús quiere que aprendamos. ¡Oh, que todos tengamos ojo para ver y corazón para entender!
Creo que nunca hubo un tiempo en que las advertencias contra la mundanalidad fueran tan necesarias para la iglesia de Cristo como lo son hoy. Se dice que cada edad tiene su propia enfermedad epidémica peculiar; la enfermedad epidémica a la que las almas de los cristianos son propensas ahora mismo es el amor al mundo. Es una pestilencia que anda en tinieblas y una enfermedad que destruye a mediodía. "Ha derribado a muchos heridos; sí, muchos hombres fuertes han sido heridos por ella." Sinceramente levantaría una voz de advertencia y trataría de despertar las conciencias dormidas de todos los que hacen profesión de religión. Sinceramente clamaría: "¡Acordaos del pecado de la mujer de Lot!" Ella no era asesina, ni adúltera, ni ladrona; pero era profesora de religión, y ¡miró atrás!
Hay miles de bautizados en nuestras iglesias que están blindados contra la inmoralidad y la infidelidad, y sin embargo caen víctimas del amor al mundo. Hay miles que corren bien por un tiempo y parecen ir camino del Cielo, pero más adelante abandonan la carrera y vuelven la espalda a Cristo del todo. ¿Y qué los ha detenido? ¿Han descubierto que la Biblia no es verdad? ¿Han descubierto que el Señor Jesús no cumple su palabra? No, en absoluto. Sino que han contraído la enfermedad epidémica; ¡están infectados con el amor a este mundo! Apelo a todo ministro evangélico sincero que lea este mensaje; le pido que mire alrededor de su congregación. Apelo a todo cristiano antiguo y establecido; le pido que mire alrededor del círculo de sus conocidos. Estoy seguro de que estoy diciendo la verdad. Estoy seguro de que es hora de recordar el pecado de la mujer de Lot.
a. ¡Cuántos hijos de familias religiosas empiezan bien y acaban mal! En los días de su infancia parecen llenos de religión. Pueden repetir textos e himnos a montones; tienen sentimientos espirituales y convicciones de pecado; profesan amor al Señor Jesús y deseos del Cielo; se complacen en ir a la iglesia y oír sermones; dicen cosas que sus tiernos padres atesoran como indicaciones de gracia; hacen cosas que hacen decir a los parientes: "¡Qué clase de niño será este!" Pero, ay, ¡con cuánta frecuencia su bondad se desvanece como la nube de la mañana y como el rocío que pasa!
El muchacho se hace joven y no se preocupa más que de diversiones, deportes, banquete y excesos. La muchacha se hace joven y no se preocupa más que de vestidos, compañías festivas, lectura de novelas y emociones. ¿Dónde está la espiritualidad que en algún momento pareció tan prometedora? Todo se ha ido; está enterrada; está anegada por el amor al mundo. Siguen los pasos de la mujer de Lot. ¡Mirán atrás!
b. ¡Cuántos casados van bien en la religión, en apariencia, hasta que sus hijos empiezan a crecer, y entonces se apartan! En los primeros años de su vida matrimonial parecen seguir a Cristo con diligencia y dar buen testimonio. Asisten con regularidad a la predicación del evangelio; son fructíferos en buenas obras; nunca se les ve en sociedad vanidosa y disipada. Su fe y su práctica son ambas sanas y caminan juntas. Pero, ay, con cuánta frecuencia un blight espiritual cae sobre el hogar cuando una joven familia empieza a crecer y hay que abrir camino en la vida a hijos e hijas. ¡Un leudar de mundanalidad empieza a aparecer en sus hábitos, vestidos, entretenimientos y empleo del tiempo! Ya no son tan estrictos con la compañía que frecuentan ni con los lugares que visitan. ¿Dónde está la decidida línea de separación que en otro tiempo observaban? ¿Dónde está la inquebrantable abstención de los placeres mundanos que en otro tiempo marcaba su camino? ¡Todo está olvidado! Todo está apartado, como un viejo almanaque. Ha venido un cambio sobre ellos; el espíritu del mundo se ha adueñado de sus corazones. Siguen los pasos de la mujer de Lot. Mirán atrás.
c. ¡Cuántas jóvenes parecen amar la religión decidida hasta los veinte o veintiún años, y entonces lo pierden todo! Hasta esta época de su vida, su conducta en materia de religión es todo lo que se podría desear.
Mantienen hábitos de oración privada; leen con diligencia sus Biblias; visitan a los pobres cuando tienen oportunidad; enseñan en las escuelas dominicales cuando hay una vacante; atienden las necesidades temporales y espirituales de los pobres; gustan de los amigos religiosos; aman hablar de temas religiosos; escriben cartas llenas de expresiones y experiencias religiosas. Pero, ay, con cuánta frecuencia se muestran inconstantes como el agua y se arruinan por el amor al mundo.
Poco a poco se apartan y pierden su primer amor. Poco a poco, "las cosas visibles" desplazan de sus mentes a "las invisibles" y, como la plaga de langostas, devoran toda cosa verde en sus almas. Paso a paso retroceden de la posición decidida que en otro tiempo tomaron. Dejan de ser celosas de la sana doctrina; fingen descubrir que es "caritativo" pensar que una persona tiene más religión que otra; descubren que es "excluyente" intentar cualquier separación de las costumbres de la sociedad. Más adelante dan sus afectos a algún hombre que no hace profesión de religión decidida. Al fin terminan por renunciar al último resto de su propio cristianismo y hacerse del todo hijos del mundo. Siguen los pasos de la mujer de Lot. Mirán atrás.
d. ¡Cuántos miembros de nuestras iglesias fueron en algún tiempo profesos celosos y fervorosos, y ahora se han vuelto tibios, formales y fríos! Hubo un tiempo en que ninguno parecía tan vivo en la religión como ellos; ninguno tan diligente en su asistencia a los medios de gracia; ninguno tan ansioso por promover la causa del evangelio; ninguno tan pronto para toda buena obra; ninguno tan agradecido por la instrucción espiritual; ninguno aparentemente tan deseoso de crecer en gracia.
Pero ahora, ay, todo parece alterado. El "amor de otras cosas" se ha adueñado de sus corazones y ha ahogado la buena semilla de la Palabra. El dinero del mundo, las recompensas del mundo, la literatura del mundo, los honores del mundo, tienen ahora el primer lugar en sus afectos. Hablad con ellos, y no hallaréis respuesta sobre las cosas espirituales. Observad su conducta diaria, y no veréis celo por el reino de Dios. Una religión tienen, en verdad, pero ya no es religión viva. El manantial de su anterior cristianismo se ha secado y se ha ido; el fuego de la máquina espiritual está apagado y frío; la tierra ha extinguido la llama que antes ardía tan resplandeciente. Han seguido los pasos de la mujer de Lot. Han mirado atrás.
e. ¡Cuántos ministros trabajan duro en su profesión durante unos años, y entonces se vuelven perezosos e indolentes por el amor a este mundo presente! Al comienzo de su ministerio parecen dispuestos a gastarse y desgastarse por Cristo; son solícitos a tiempo y destiempo; su predicación es viva y sus iglesias se llenan. Sus congregaciones están bien atendidas; conferencias en casas, reuniones de oración, visita de casa en casa son su delicia semanal. Pero, ay, con cuánta frecuencia, después de "comenzar en el Espíritu", terminan "en la carne" y, como Sansón, son despojados de su fuerza en el regazo de aquella Dalila, ¡el mundo!
Son adelantados a algún puesto lucrativo; se casan con una esposa mundana; se hinchan de orgullo y descuidan el estudio y la oración. Una helada corta las flores espirituales que antes tan bien prometían. Su predicación pierde su unción y su poder; su obra entre semana se hace cada vez menor; la sociedad que frecuentan se hace menos selecta; el tono de su conversación se hace más terrenal. Dejan de despreciar la opinión de los hombres; adquieren un temor mórbido de los "puntos extremos" y se llenan de un cauteloso pavor de ofender. Y al fin el hombre que en algún momento parecía llamado a ser un verdadero sucesor de los apóstoles y un buen soldado de Cristo, se aposenta en sus posos como un clérigo jardinero, granjero o comensal, que a nadie ofende y a nadie salva. Su iglesia queda medio vacía; su influencia se desvanece; el mundo lo ha atado de pies y manos. Ha seguido los pasos de la mujer de Lot. Ha mirado atrás.
Es triste escribir de estas cosas, pero es mucho más triste verlas. Es triste observar cómo los cristianos profesos pueden cegar sus conciencias con argumentos plausibles sobre este asunto, y defender una mundanalidad positiva hablando de los "deberes de su posición", las "cortesías de la vida" y la necesidad de tener una "religión alegre".
Es triste ver cómo muchos barcos valientes se lanzan al viaje de la vida con toda perspectiva de éxito y, al abrir esta vía de agua de mundanalidad, ¡se hunden con toda su carga a la vista del puerto de salvación! Es lo más triste de todo observar cómo muchos se lisonjean de que todo va bien con sus almas, cuando todo va mal, a causa de este amor al mundo. Las canas están aquí y allá sobre ellos, y no lo saben. Empezaron con Jacob, David y Pedro, y es probable que acaben con Esaú, Saúl y Judas Iscariote. Empezaron con Rut, Ana y María, y es probable que acaben con la mujer de Lot.
¡Guardaos de una religión a medias! Guardaos de seguir a Cristo por cualquier motivo secundario, para complacer a parientes y amigos, para estar en consonancia con la costumbre del lugar o la familia en que residís, para parecer respetables y tener la reputación de ser religiosos. Seguid a Cristo por su propio bien, si le seguís en absoluto. Sed íntegros, sed verdaderos, sed honestos, sed sanos, sed de todo corazón. Si tenéis alguna religión, que sea real. ¡Cuidad de no pecar el pecado de la mujer de Lot!
Guardaos de suponer jamás que podéis ir demasiado lejos en la religión, y de tratar secretamente de mantener la amistad con el mundo. No quiero que ningún lector de este mensaje se haga ermitaño, monje o monja. Deseo que cada uno cumpla su verdadero deber en el estado de vida al que es llamado. Pero sí urjo a todo cristiano profeso que quiera ser feliz la inmensa importancia de no hacer compromiso alguno entre Dios y el mundo. No intentéis un trato duro, como si quisierais dar a Cristo lo menos posible de vuestro corazón y guardar lo más posible de las cosas de esta vida. Cuidad de no pasaros de listos y acabar perdiéndolo todo. Amad a Cristo con todo vuestro corazón, mente, alma y fuerza. Buscad primero el reino de Dios y creed que entonces todas las demás cosas os serán añadidas. Cuidad de no resultar una copia del personaje que traza Juan Bunyan, el señor Mírame-y-no-me-mires. Por vuestra felicidad, por vuestra utilidad, por vuestra seguridad, por vuestra alma: ¡guardaos del pecado de la mujer de Lot! Oh, es un dicho solemne de nuestro Señor Jesús: "Ninguno que poniendo su mano en el arado mira atrás es apto para el reino de Dios" (Lucas 9:62).
3. El juicio que Dios infligió sobre ella
La Escritura describe el fin de la mujer de Lot en pocas y sencillas palabras. Está escrito que "miró atrás y se convirtió en una columna de sal". Un milagro fue obrado para ejecutar el juicio de Dios sobre esta mujer culpable. La misma mano todopoderosa que primero le dio la vida, le quitó esa vida en un abrir y cerrar de ojos. De carne y sangre vivientes, fue convertida en una columna de sal.
¡Fue un fin terrible al que llegó un alma! Morir en cualquier momento es una cosa solemne. Morir entre amigos y parientes amables, morir tranquila y apaciblemente en el lecho, morir con las oraciones de hombres piadosos aún sonando en los oídos, morir con buena esperanza por la gracia y la plena seguridad de salvación, apoyados en el Señor Jesús, sostenidos por las promesas del evangelio; morir aun así, digo, es un asunto serio. Pero morir de repente y en un instante, en pleno acto de pecado, morir en plena salud y vigor, morir por la intervención directa de un Dios airado, esto es ciertamente espantoso. Y sin embargo este fue el fin de la mujer de Lot. No puedo culpar a la letanía del Libro de Oración, como algunos hacen, por conservar esta petición: "De la muerte repentina, buen Señor, líbranos."
¡Fue un fin sin esperanza al que llegó un alma! Hay casos en que uno espera, por así decirlo, contra toda esperanza, respecto a las almas de aquellos que vemos bajar a la tumba. Tratamos de persuadirnos de que nuestro pobre hermano o hermana difuntos pueden haberse arrepentido para salvación en el último momento y asido al borde del manto de Cristo en el último instante. Recordamos las misericordias de Dios; recordamos el poder del Espíritu; pensamos en el caso del ladrón penitente; nos susurramos que una obra salvadora pudo haberse realizado aun en aquel lecho de muerte, que el moribundo no tuvo fuerzas para contar. Pero todo cuanto a tales esperanzas cabe se acaba cuando uno es cortado de repente en pleno acto de pecado. La caridad misma nada puede decir cuando el alma ha sido llamada en medio de la maldad, sin siquiera un momento para pensar o rezar. Tal fue el fin de la mujer de Lot. Fue un fin sin esperanza. Ella fue al Infierno.
Pero es bueno que todos marquemos estas cosas. Es bueno que se nos recuerde que Dios puede castigar severamente a los que pecan deliberadamente, y que los grandes privilegios mal usados atraen gran ira sobre el alma.
Faraón vio todos los milagros que obró Moisés; Coré, Datán y Abiram oyeron a Dios hablar desde el monte Sinaí; Hofni y Finees fueron hijos del sumo sacerdote de Dios; Saúl vivió a la plena luz del ministerio de Samuel; Acab fue a menudo advertido por Elías el profeta; Absalón gozó del privilegio de ser uno de los hijos de David; Belsasar tuvo a Daniel el profeta junto a su puerta; Ananías y Safira se unieron a la iglesia en los días en que los apóstoles obraban milagros; Judas Iscariote fue un compañero escogido del mismo Señor Jesucristo.
Pero todos pecaron con mano alzada contra luz y conocimiento, y todos fueron súbitamente destruidos sin remedio. No tuvieron tiempo ni espacio para el arrepentimiento. Como vivieron, así murieron; como fueron, así fueron arrebatados a encontrarse con Dios. Fueron con todos sus pecados encima, impunes, sin renovar y del todo ineptos para el Cielo. Y aun muertos, hablan. Nos dicen, como la mujer de Lot, que es cosa peligrosa pecar contra la luz, que Dios odia el pecado, y que hay un Infierno.
Me siento obligado a hablar libremente a mis lectores sobre el tema del Infierno. Permitidme aprovechar la ocasión que ofrece el fin de la mujer de Lot. Creo que ha llegado el tiempo en que es un deber positivo hablar con claridad sobre la realidad y la eternidad del Infierno. Una inundación de falsa doctrina ha irrumpido últimamente sobre nosotros. Los hombres empiezan a decirnos que Dios es demasiado amoroso y misericordioso para castigar a las almas para siempre, y que toda la humanidad, por más perversos e impíos que sean algunos, tarde o temprano serán salvos. Se nos invita a dejar las sendas antiguas del cristianismo apostólico. Se nos dice que las opiniones de nuestros padres sobre el Infierno, el diablo y el castigo son anticuadas y pasadas de moda. Debemos abrazar lo que se llama una "teología más amable" y tratar el Infierno como una fábula pagana o un espantajo para asustar a los niños y a los necios. Contra tal falsa enseñanza deseo, por mi parte, protestar. Por dolorosa, triste y angustiosa que sea la controversia, no debemos cerrar los ojos ni negarnos a mirar el asunto de frente. Yo, por mi parte, estoy resuelto a mantener la vieja posición y a afirmar la realidad y la eternidad del Infierno.
Creedme, no es una mera cuestión especulativa. No ha de clasificarse con las disputas menores sobre liturgias y gobierno eclesial. No ha de equipararse con problemas misteriosos, como el significado del templo de Ezequiel o los símbolos del Apocalipsis. Es una cuestión que está en el fundamento mismo de todo el evangelio. Los atributos morales de Dios, su justicia, su santidad, su pureza, están todos implicados en ella. La necesidad de la fe personal en Cristo y la santificación del Espíritu están todas en juego. ¡Que se derribe una vez la vieja doctrina sobre el Infierno, y todo el sistema del cristianismo queda inseguro, desatornillado, desclavado y arrojado al desorden!
Creedme, la cuestión no es una en que debamos recaer en las teorías e invenciones de los hombres. La Escritura ha hablado clara y plenamente sobre el tema del Infierno. Sostengo que es imposible tratar honestamente con la Biblia y evitar las conclusiones a las que nos conducirá sobre este punto. Si las palabras significan algo, hay un lugar tal como el Infierno. Si los textos han de interpretarse con rectitud, hay quienes serán arrojados al Infierno. Si el lenguaje tiene algún sentido, el Infierno es para siempre. Creo que el hombre que halla argumentos para eludir la evidencia de la Biblia en esta cuestión ha llegado a un estado mental en que el razonamiento es inútil. Por mi parte, me parece tan fácil argüir que no existimos como argüir que la Biblia no enseña la realidad y la eternidad del Infierno.
a. Afirmad firmemente en vuestra mente que la misma Biblia que enseña que Dios, en misericordia y compasión, envió a Cristo a morir por los pecadores, enseña también que Dios odia el pecado y debe, por su misma naturaleza, castigar a todos los que se aferran al pecado o rechazan la salvación que Él ha provisto. El mismo capítulo que declara "de tal manera amó Dios al mundo", declara también que "la ira de Dios permanece" sobre el incrédulo (Juan 3:16, 36). El mismo evangelio que se lanza a la tierra con las benditas nuevas, "El que creyere y fuere bautizado será salvo", proclama en el mismo aliento: "El que no creyere será condenado" (Marcos 16:16).
b. Afirmad firmemente en vuestra mente que Dios nos ha dado prueba sobre prueba en la Biblia de que castigará a los endurecidos e incrédulos, y que tomará venganza de sus enemigos, así como muestra misericordia a los penitentes.
El ahogo del mundo antiguo por el diluvio, la quema de Sodoma y Gomorra, el derrocamiento de Faraón y todo su ejército en el mar Rojo, el juicio sobre Coré, Datán y Abiram, la destrucción completa de las siete naciones de Canaán, todo enseña la misma verdad solemne. Todas nos son dadas como señales, indicios y advertencias, para que no provoquemos a Dios. Todas están destinadas a levantar una esquina del velo que cuelga sobre las cosas venideras y a recordarnos que hay algo tal como la ira de Dios. Todas nos dicen claramente que "los impíos serán tornados al infierno" (Salmo 9:17).
c. Afirmad firmemente en vuestra mente que el mismo Señor Jesucristo ha hablado con toda claridad sobre la realidad y la eternidad del Infierno. La parábola del rico y Lázaro contiene cosas que debieran hacer temblar a los hombres. Pero no está sola. Ningunos labios han usado tantas palabras para expresar lo espantoso del Infierno como los labios de Aquel que habló como nunca hombre habló, y que dijo: "La palabra que oís no es mía, sino del Padre que me envió" (Juan 14:24). Infierno, fuego del infierno, condenación del infierno, condenación eterna, resurrección de condenación, fuego eterno, lugar de tormento, destrucción, tinieblas de afuera, el gusano que nunca muere, el fuego que no se apaga, el lugar de lloro, crujir de dientes, castigo eterno: estos, estos son los términos que el mismo Señor Jesucristo emplea. ¡Fuera con el miserable desatino del que hablan hoy quienes nos dicen que los ministros del evangelio no deberían hablar nunca del Infierno! Solo muestran su propia ignorancia o su propia deshonestidad cuando hablan así. Nadie puede leer honestamente los cuatro Evangelios y dejar de ver que quien quiere seguir el ejemplo de Cristo debe hablar del Infierno.
d. Afirmad, por último, en vuestra mente que las consoladoras ideas que la Escritura nos da del Cielo se acaban si negamos una vez la realidad o la eternidad del Infierno. ¿No hay una morada futura y separada para los que mueren impíos e injustos? ¿Serán todos los hombres después de la muerte mezclados en una multitud confusa? ¡Pues entonces el Cielo no será Cielo en absoluto! Es del todo imposible que dos habiten felices juntos si no están de acuerdo. ¿Habrá un tiempo en que el término del Infierno y del castigo haya terminado? ¿Serán los impíos, después de edades de miseria, admitidos en el Cielo? ¡Pues entonces la necesidad de la santificación del Espíritu queda echada a un lado y despreciada! Leo que los hombres pueden ser santificados y hechos aptos para el Cielo en la tierra; no leo nada de santificación alguna en el Infierno. ¡Fuera con tales teorías sin fundamento y ajenas a la Escritura! La eternidad del Infierno está tan claramente afirmada en la Biblia como la eternidad del Cielo. Admitid una vez que el Infierno no es eterno, y podéis muy bien decir que Dios y el Cielo no son eternos. La misma palabra griega que se usa en la expresión "castigo eterno" es la palabra que usa el Señor Jesús en la expresión "vida eterna", y Pablo en la expresión "Dios eterno" (Mateo 25:46; Romanos 16:26).
Sé que todo esto suena espantoso a muchos oídos. No me extraña. Pero la única cuestión que tenemos que resolver es esta: "¿Es el Infierno bíblico?" ¿Es verdad? Sostengo firmemente que lo es; y sostengo que a los cristianos profesos se les debería recordar a menudo que pueden perderse e ir al Infierno.
Sé que es fácil negar toda enseñanza clara sobre el Infierno y hacerla odiosa con nombres insidiosos. A menudo he oído hablar de "opiniones estrechas", "nociones anticuadas", "teología de fuego y azufre" y similares. A menudo se me ha dicho que se necesitan opiniones "amplias" en el día presente. Deseo ser tan amplio como la Biblia, ni más ni menos. Digo que el teólogo estrecho de miras es el que recorta las partes de la Biblia que el corazón natural desagrada y rechaza cualquier porción del consejo de Dios.
Dios sabe que nunca hablo del Infierno sin dolor y tristeza. Gustosamente ofrecería la salvación del evangelio al mayor de los pecadores. De buena gana diría al más vil y disoluto de los hombres en su lecho de muerte: "Arrepiéntete y cree en Jesús, y serás salvo." Pero Dios me libre de ocultar jamás al hombre mortal que la Escritura revela un Infierno así como un Cielo, y que el evangelio enseña que los hombres pueden perderse así como ser salvos. El centinela que calla cuando ve un fuego es culpable de gravísima negligencia. El médico que nos dice que mejoramos cuando nos estamos muriendo es un falso amigo. ¡El ministro que oculta el Infierno a su pueblo es un hombre infiel y cruel!
¿Dónde está la caridad de ocultar cualquier porción de la verdad de Dios? El es el más amable amigo que me dice toda la extensión de mi peligro. ¿De qué sirve esconder el castigo eterno a los impenitentes e impíos? Ciertamente es ayudar al diablo si no les decimos claramente que "el alma que pecare, ciertamente morirá." ¿Quién sabe si el miserable descuido de muchos bautizados no proviene de que nunca se les ha hablado con claridad del Infierno? ¿Quién puede decir si miles no se convertirían, si los ministros los urgieran más fielmente a huir de la ira venidera? En verdad, me temo que muchos somos culpables en este asunto; hay entre nosotros una ternura morbosa que no es la ternura de Cristo. Hemos hablado de misericordia, pero no de juicio; hemos predicado muchos sermones sobre el Cielo, pero pocos sobre el Infierno; nos hemos dejado arrastrar por el miserable temor de que se nos considere "bajos, vulgares y fanáticos." Hemos olvidado que quien nos juzga es el Señor, y que el hombre que enseña la misma doctrina que Cristo enseñó no puede equivocarse.
Si queréis ser alguna vez cristianos sanos y bíblicos, os ruego que deis al Infierno un lugar en vuestra teología. Estableced en vuestra mente como principio fijo que Dios es un Dios de justicia así como de misericordia, y que los mismos consejos eternos que echaron el cimiento de la bienaventuranza del Cielo han echado también el cimiento de la miseria del Infierno. Tened siempre a la vista que todos los que mueren impunes y sin renovar son del todo ineptos para la presencia de Dios y deben perderse para siempre. No son capaces de disfrutar el Cielo; no podrían ser felices allí. Deben ir a su propio lugar, y ese lugar es el Infierno. ¡Oh, es gran cosa en estos días de incredulidad creer toda la Biblia!
Si queréis ser cristianos sanos y bíblicos, os ruego que os guardéis de todo ministerio que no enseñe con claridad la realidad y la eternidad del Infierno. Tal ministerio puede ser reconfortante y agradable, pero es mucho más probable que os duerma que os lleve a Cristo o que os edifique en la fe. Es imposible dejar fuera cualquier porción de la verdad de Dios sin estropear el todo. Esa predicación es muy deficiente que se detiene exclusivamente en las misericordias de Dios y las alegrías del Cielo, y nunca presenta los terrores del Señor y las miserias del Infierno. Puede ser popular, pero no es bíblica; puede entretener y gratificar, pero no salvará. Dadme la predicación que no oculta nada de lo que Dios ha revelado. Podéis llamarla severa y dura; podéis decirnos que asustar a la gente no es el modo de hacerles bien. Pero olvidáis que el gran objeto del evangelio es persuadir a los hombres a "huir de la ira venidera", y que es en vano esperar que huyan si no tienen miedo. ¡Bien les estaría a muchos cristianos profesos si tuvieran más miedo por sus almas del que ahora tienen!
Si deseáis ser cristianos sanos, considerad a menudo cuál será vuestro propio fin. ¿Será felicidad o será miseria? ¿Será la muerte del justo o será una muerte sin esperanza, como la de la mujer de Lot? No podéis vivir siempre; tiene que haber un fin un día. El último sermón será un día oído; la última oración será un día rezada; el último capítulo de la Biblia será un día leído; el significar, desear, esperar, intentar, resolver, dudar, vacilar, todo acabará al fin. Tendréis que dejar este mundo y comparecer ante un Dios santo. ¡Oh, ojalá fuerais sabios! ¡Oh, ojalá considerarais vuestro fin postrero!
No podéis trifles para siempre; llegará un tiempo en que debéis serios. No podéis aplazar para siempre las preocupaciones de vuestra alma; llegará un día en que tendréis que rendir cuentas a Dios. No podéis estar siempre cantando y bailando y comiendo y bebiendo y vistiéndoos y leyendo y riendo y bromeando y maquinando y planeando y haciendo dinero. Los insectos del verano no pueden retoñar eternamente al sol. La fría tarde llegará al fin y detendrá para siempre su deporte. Así será con vosotros. Podéis aplazar la religión ahora y rechazar el consejo de los ministros de Dios, pero la frescura del día se acerca, cuando Dios descenderá a hablar con vosotros. ¿Y cuál será vuestro fin? ¿Será uno sin esperanza, como el de la mujer de Lot?
Os suplico, por las misericordias de Dios, que miréis esta pregunta de frente. Os ruego que no ahoguéis la conciencia con vagas esperanzas de la misericordia de Dios mientras vuestro corazón se aferra al mundo. Os imploro que no ahoguéis las convicciones con imaginaciones infantiles sobre el amor de Dios, mientras vuestros caminos y hábitos cotidianos muestran claramente que "el amor del Padre no está en vosotros." Hay misericordia en Dios, como un río, pero es para el penitente que cree en Cristo Jesús. Hay un amor en Dios hacia los pecadores que es inefable e inescrutable, pero es para los que oyen la voz de Cristo y le siguen. Procurad tener un interés salvador en ese amor. Romped con todo pecado conocido; salid resueltamente del mundo; clamad con poder a Dios en oración; echáos enteramente y sin reservas sobre el Señor Jesús para el tiempo y la eternidad; dejad a un lado todo peso. Aferraos a nada, por querido que sea, que interfiera con la salvación de vuestra alma; renunciad a todo, por precioso que sea, que se interponga entre vosotros y el Cielo. Este viejo mundo naufragado se hunde veloz bajo vuestros pies; lo único necesario es tener un puesto en el bote salvavidas y llegar sano a la orilla. Dar diligencia para hacer firme vuestra vocación y elección. Pase lo que pase a vuestra casa y vuestra propiedad, cuidad de asegurar el Cielo. ¡Oh, mejor un millón de veces ser objeto de risa y considerado extremista en este mundo, que bajar al Infierno desde en medio de la congregación y acabar como la mujer de Lot!
Permítaseme dirigirme al lector en particular aquí, para imprimir unas cuantas preguntas salientes en vuestra conciencia. Habéis visto la historia de la mujer de Lot, sus privilegios, su pecado y su fin. Se os ha hablado de la inutilidad de los privilegios sin el don del Espíritu Santo, del peligro de la mundanalidad y de la realidad del Infierno. Permitidme concluir todo con unas cuantas apelaciones directas a vuestro propio corazón. En un día de tanta luz, conocimiento y profesión, deseo levantar una señal para preservar las almas del naufragio. Sinceramente anclaría una boya en el canal de todos los viajeros espirituales y escribiría en ella: "Acordaos de la mujer de Lot."
a. ¿Sois descuidados respecto a la segunda venida de Cristo? ¡Ay, muchos lo son! Viven como los hombres de Sodoma y los hombres de los días de Noé: comen y beben, plantan y edifican, se casan y se comportan como si Cristo nunca fuera a volver. Si sois de esos, os digo hoy: "Cuidado: acordaos de la mujer de Lot."
b. ¿Sois tibios y fríos en vuestro cristianismo? ¡Ay, muchos lo son! Tratan de servir a dos señores; se esfuerzan por mantenerse amigos de Dios y de Mamón. Procuran no ser del todo una cosa ni del todo otra, no del todo cristianos resueltos, pero tampoco del todo hombres del mundo. Si sois de esos, os digo hoy: "Cuidado: acordaos de la mujer de Lot."
c. ¿Vaciláis entre dos opiniones y estáis dispuestos a volver al mundo? ¡Ay, muchos lo están! Tienen miedo de la cruz; secretamente desprecian la molestia y el oprobio de la religión decidida. Están cansados del desierto y del maná, y con gusto volverían a Egipto si pudieran. Si sois de esos, os digo hoy: "¡Cuidado! Acordaos de la mujer de Lot."
d. ¿Alimentáis en secreto algún pecado arraigado? ¡Ay, muchos lo hacen! Van lejos en una profesión de religión; hacen muchas cosas rectas y se parecen mucho a la gente de Dios. Pero siempre hay un hábito malo predilecto que no pueden arrancar de su corazón. Una mundanalidad oculta o la codicia o la lujuria se les pega como su propia piel. Están dispuestos a ver rotos todos sus ídolos, excepto este. Si sois de esos, os digo hoy: "¡Cuidado! Acordaos de la mujer de Lot."
e. ¿Jugueteáis con pecados pequeños? ¡Ay, muchos lo hacen! Mantienen las grandes doctrinas esenciales del evangelio. Se guardan de toda profligación grosera o de toda violación abierta de la ley de Dios, pero son dolorosamente descuidados con las pequeñas incoherencias y dolorosamente prontos a disculparlas. "Es solo un poco de genio, o un poco de liviandad, o un poco de irreflexión, o un poco de olvido", nos dicen. "Dios no toma en cuenta esas cosas. Ninguno de nosotros es perfecto; Dios nunca lo exigirá." Si sois de esos, os digo hoy: "¡Cuidado! Acordaos de la mujer de Lot."
f. ¿Descansáis en los privilegios religiosos? ¡Ay, muchos lo hacen! Disfrutan la oportunidad de oír el evangelio predicado con regularidad y de asistir a muchas ordenanzas y medios de gracia, y se aposentan en sus posos. Parecen ser "ricos, y enriquecidos, y sin necesidad de nada" (Apocalipsis 3:17), cuando no tienen ni fe, ni gracia, ni espiritualidad, ni aptitud para el Cielo. Si sois de esos, os digo hoy: "¡Cuidado! Acordaos de la mujer de Lot."
g. ¿Os confiáis en vuestro conocimiento religioso? ¡Ay, muchos lo hacen! No son ignorantes como los demás; saben la diferencia entre la verdadera y la falsa doctrina. Pueden disputar, razonar, argumentar, citar textos; pero todo este tiempo no son convertidos y están aún muertos en delitos y pecados. Si sois de esos, os digo hoy: "¡Cuidado! Acordaos de la mujer de Lot."
h. ¿Hacéis alguna profesión de religión y, sin embargo, os aferráis al mundo? ¡Ay, muchos lo hacen! Aspiran a que se los tenga por cristianos. Les gusta el crédito de ser serios, mesurados, formales, gente que va regularmente a la iglesia; pero todo el tiempo su vestido, sus gustos, sus compañías, sus entretenimientos dicen claramente que son del mundo. Si sois de esos, os digo hoy: "¡Cuidado! Acordaos de la mujer de Lot."
i. ¿Confíais en un arrepentimiento en el lecho de muerte? ¡Ay, muchos lo hacen! Saben que no son lo que debieran ser; no han nacido aún de nuevo ni están listos para morir. Pero se lisonjean de que, cuando venga su última enfermedad, tendrán tiempo para arrepentirse, asirse de Cristo y salir del mundo perdonados, santificados y aptos para el Cielo. Olvidan que la gente a menudo muere muy de repente, y que, como viven, por lo general mueren. Si sois de esos, os digo hoy: "¡Cuidado! Acordaos de la mujer de Lot."
j. ¿Pertenecéis a una congregación evangélica? Muchos sí, y, ay, no van más allá. Oyen la verdad domingo tras domingo y permanecen duros como la muela inferior. Sermón tras sermón resuena en sus oídos. Mes tras mes son invitados a arrepentirse, a creer, a venir a Cristo y a ser salvos. Año tras año pasa y no cambian. Conservan su asiento bajo la enseñanza de un ministro predilecto, y también conservan sus pecados predilectos. Si sois de esos, os digo hoy: "¡Cuidado! Acordaos de la mujer de Lot."
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Ryle
Título original: Holiness — A Woman to Be Remembered!
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Ryle, publicado originalmente en Grace Gems.