El trono de la gracia

Una promesa divina de auxilio en el día de angustia

Quien se acerca al trono de la gracia con corazón quebrantado y persevera en la oración no clama en vano; la demora misma del Señor afina la paciencia, conforma al creyente a su Redentor y lo prepara para la tribulación que precede a la gloria eterna.

¡Oh! si con un corazón contrito y quebrantado te postras ante el trono, en «tu día de angustia», y así invocas al Señor, Él sin duda «te librará, y tú le glorificarás». Nunca podrás orar en vano, si tan solo perseveras en la oración. No te desanimes por la aparente demora; que el valor de la bendición que buscas dé un nuevo impulso a tus plegarias; pide una y otra vez, y, mientras tengas la palabra de promesa sobre la cual fundarte, aférrate a ella, aunque todo parezca estar en tu contra.

Quizá la razón misma por la que el Señor retiene la respuesta sea que aprendas a perseverar en el pedir, que «la paciencia tenga su obra perfecta», que seas mantenido mirando hacia Él, «esperando al Señor que esconde su rostro», «sentado cada día a los postes de sus puertas». Pues así sucede a menudo: el creyente, al renovar una y otra vez su súplica y aferrarse por la fe al Salvador, diciendo con el patriarca: «No te dejaré hasta que me bendigas», no solo obtiene lo que pide, sino que, por la gracia divina, aun mientras se sostiene de su Redentor, ¡se va asemejando a Él!

La obra del Espíritu Santo continúa en el alma; el creyente avanza, paso a paso, en su jornada hacia el cielo; cada movimiento progresivo, acaso, pequeño y casi imperceptible para él mismo mientras lo da; pero uno tras otro lo va conduciendo a alturas desconocidas, acercándolo cada vez más a la puerta de oro. Y cuanto más íntima y frecuente sea su comunión en el trono de la gracia, más se llenará su alma de aquella «paz que sobrepasa todo entendimiento». Consciente de una presencia que el mundo no conoce, a solas con su amante y tierno Redentor, tiene un «gozo con el cual un extraño no puede entrometerse»; a Él le abre todo su corazón con sus pesares, sus cuidados y sus aflicciones, y de Él al fin recibe más que una respuesta a sus oraciones: alivio de las presentes tribulaciones y la bienaventurada y perdurable seguridad del amor inmutable y eterno del Salvador.

Tú que oras, no te desmayes ni te acobardes. Con la promesa divina en que apoyarte, con la certeza de que tu petición será concedida, bien puedes estar animado. Si hay demora, es porque esa demora, según el juicio de la infinita misericordia y bondad, es mejor para ti que una respuesta inmediata. «El justo clama, y el Señor oye, y lo libra de todas sus angustias». «Clama a mí en el día de angustia; yo te libraré, y tú me honrarás». ¿Qué más puedes desear? Es como prometerle al viajero temeroso que el día de tormenta que le sobreviene no podrá dañarlo. Sus tempestades pueden azotarlo, pero no le harán ningún daño real. O es como decirle al marinero zarandeado por la tempestad, no que se aproxima una calma ni que un refugio está cerca, sino que, por más que rabie la tempestad, ni una sola tabla de su nave cederá. Habrá tensión sobre ella, pero resistirá la tensión; resistirá la tormenta; y, cuando cese la tormenta, estará tan lista como siempre para proseguir su rumbo. «Él me invocará», dice el Señor, «y yo le responderé. Estaré con él en la angustia y lo libraré». «Yo seré primero para él un Dios que oye la oración y que responde a la oración; luego un Dios presente, que socorre y consuela, y al fin un Dios que libra». «La salvación de los justos es de Jehová; él es su fortaleza en el tiempo de angustia».

Finalmente, ya que, si somos hijos de Dios, debemos esperar tribulación antes de entrar en la tierra de luz y vida, deberíamos procurar estar preparados para ella. La corriente puede ahora fluir mansamente a nuestro favor; pero no hay uno solo entre los peregrinos que van a Sion, el más hermoso, el más joven, el más feliz y el más esperanzador, cuyos pies, tarde o temprano, no hayan de pasar por las aguas profundas de la angustia y el dolor. Nos aguardan a todos; pues se nos dice que de los que han entrado al cielo, de aquella poderosa multitud que lleva palmas, que «han lavado sus vestiduras y las han emblanquecido en la sangre del Cordero», una característica universal es que han venido «de la gran tribulación». Aunque tan numerosos que nadie puede contarlos, tan diversos que todas las naciones, linajes, pueblos y lenguas tienen allí sus representantes, esa multitud no contiene ni un solo individuo que no haya venido «de la gran tribulación». No es que aquí y allá, en aquella vasta asamblea, haya ALGUNOS cuya suerte en la tierra estuvo llena de miseria y desdicha, que tuvieron que pasar por días de angustia y aflicción; no, de ese número incontable esto es universal e invariablemente cierto: todos vinieron «de la gran tribulación».

El dolor una vez imprimió su sello en cada corazón; los ensayos, las aflicciones y las ansiedades pesaban estrechamente sobre ellos; sus perspectivas terrenales se oscurecían por la decepción o se empañaban por la adversidad; el desamparo, la enfermedad, la pobreza y la muerte, siguiendo el rastro del pecado, se sumaban a su triste experiencia; y, con muchos de los más amados de Dios, apenas se secaba una lágrima cuando otra estaba lista para brotar. Sus días de duelo, en verdad, han terminado; pero vinieron «de la gran tribulación».

¡Cristiano! así será contigo; pero no te acobardes. Ora para que estés preparado para la angustia cuando llegue. Mientras, en efecto, Dios se complazca en mantenerla lejos de tu puerta, no te corresponde buscarla, sino más bien recibir con gratitud las bendiciones tan graciosamente otorgadas. Pero si Él juzgare conveniente darte «el pan de adversidad y el agua de aflicción», si las nubes comenzaran a juntarse a tu alrededor y tu día de prosperidad se tornara en un «día de angustia» (¡y oh! no hace falta mucho tiempo para oscurecer el cielo más resplandeciente, cuando Dios ha mandado una vez a las nubes desde lo alto; no se necesitan años; los momentos bastan para marchitar las flores más dulces y cortar los capullos más escogidos), pero si esta es la voluntad de Dios, ven al trono de la gracia y ora para que Él te habilite para inclinarte con sumisión, y para que, en su propio y bueno tiempo, se complazca en «librarte».

Sea el lenguaje de tu alma: «Padre, sé que esta aflicción me viene de tu mano, y que tú me amas. No de buena gana afligirías ni aun a mí, tu hijo más rebelde. Tú sabes que la necesito. Tú sabes que, si tu mano de castigo no estuviera con frecuencia sobre mí, yo iría continuamente 'descarriándome' como un arco quebrado. Me someto ante tu justicia; reconozco tu misericordia; te bendigo por tus promesas de ayuda y consuelo, y mi oración ferviente es que mi presente angustia obre aquel efecto santo y santificador que tú has diseñado, y sin el cual no puedo ser hecho apto para ser partícipe de la herencia de los santos en luz».

¡Oh! deja que tal plegaria suba ante Dios, en el nombre de Jesús, y sin duda serás consolado. Se te dirigirán aquellas palabras llenas de gracia que el Salvador pronunció una vez sobre la tierra: «No se turbe vuestro corazón. En el mundo tendréis tribulación; pero confiad: yo he vencido al mundo»; y aprenderás, cada vez más, que estas «leves aflicciones que son por un momento» están destinadas a «producir en nosotros un peso eterno de gloria, mucho más excelente».

Recuerda: este mundo es tu crianza, tu escuela; pero más allá está tu verdadero y eterno hogar. Todavía un poco, y dejarás tras de ti el pecado y el dolor, la prueba y la angustia; todavía un poco, y se quitará el vestido de cilicio y serás vestido de ropas blancas. Dejarás el bordón del peregrino, para hacer sonar las notas de alabanza sobre tu arpa de oro. Saldrás del valle de lágrimas y de la escena del sufrimiento, para estar a la puerta de la ciudad celestial, y allí presentar tus credenciales de entrada. Una vez alojado en aquel hogar celestial, todo será paz. Ninguna tempestad te azotará allí, ninguna tormenta te perturbará allí. La lágrima quedará enjugada para siempre, el corazón palpitante será acallado, y tomarás tu lugar, triunfante en la cima del monte Sion, para allí participar de los gozos que están a la diestra de Dios y de aquellos placeres que son para siempre.

Dios Todopoderoso, nuestro Padre celestial, nuestro refugio y defensa, la fortaleza de nuestro corazón y la roca de nuestra salvación, capacítanos en cada día de angustia, sí, en todo tiempo, para poner en ti nuestra confianza. Enséñanos, con plena seguridad, a mirar hacia ti como nuestro Dios reconciliado y Padre en Cristo Jesús, que por amor a Él estás dispuesto a suplir nuestra mayor necesidad; y, recuerda graciosamente tu palabra a tus siervos, en la cual nos has hecho esperar, que guardarás en perfecta paz a aquel cuyo pensamiento se mantiene en ti.

Confesamos, oh Dios, que hasta aquí hemos sido propensos a confiar más en la criatura que en el Creador. Nos hemos apoyado en cañas quebradas y hemos cavado cisternas vacías. Hemos buscado apoyo y ayuda en un brazo de carne. Y, en lugar de reconocerte en todos nuestros caminos, con frecuencia hemos andado a la luz de nuestros propios ojos y tras la imaginación de nuestros propios corazones.

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: A DIVINE PROMISE — Parte 2

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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