Hay tres breves parábolas contenidas en el pasaje que acabamos de leer. En la primera de ellas Cristo se compara a sí mismo con un señor, y a sus discípulos con siervos.
Es un señor del que se espera que regrese de sus bodas a un banquete preparado en su propia casa. Deber de los siervos es estar listos para recibir a su señor; por tanto, deben tener sus lámparas encendidas. También deben servirle, y por ello deben estar ceñidos, como los hombres en Oriente lo están cuando se disponen a un empleo activo.
¡Qué visión tan gozosa da esta parábola de la venida de Cristo! Hay un banquete de bodas preparado para el Cordero que una vez fue inmolado. Los siervos que sean hallados velando serán los convidados a aquel festín, y su Señor se dignará servirles; no tendrán más hambre, ni sed jamás, porque el Cordero mismo los apacentará.
La siguiente parábola compara la venida de Cristo con la de un ladrón, que siempre procura atacar la casa en un momento inesperado. ¡Qué visión tan terrible da esta parábola de la venida de Cristo! ¡Cuán diferente de la primera parábola! ¿Será la venida del Señor para algunos como el irrupción de un ladrón? El apóstol Pablo declara que justo cuando los impíos digan: «Paz y seguridad», entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina; y no escaparán. «Pero vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón». Vemos, pues, por qué dos parábolas tan diferentes fueron usadas por nuestro Señor para representar el mismo acontecimiento. Quería enseñarnos que mientras unos tienen razón de regocijarse en la expectación de su venida, otros tienen razón de temblar al pensarlo.
Parece que Pedro se alarmó por la segunda parábola, pues preguntó: «Señor, ¿dices esta parábola a nosotros, o también a todos?». Su Señor respondió a la pregunta relatando otra parábola sobre el mismo asunto que la anterior. En esta parábola habló de un siervo puesto sobre los demás, al que llamó mayordomo, y que sería el más culpable si traicionaba la confianza depositada en él. Los apóstoles eran mayordomos, y todos los ministros son mayordomos. La palabra de Dios es el alimento que han de dispensar al resto de la casa. Ahora, si un mayordomo en ausencia de su señor comenzara a maltratar a los siervos y a malgastar los bienes de su señor en comilonas y embriaguez, ¡cuán desagradado estaría su señor con él al regresar! Los escribas tenían razón de temblar al escuchar esta parábola; pues aunque no fue dirigida a ellos, se les aplicaba.
¿Qué idea llevaría a un mayordomo a conducirse de manera desordenada y opresiva? La idea de que su señor no regresaría pronto. Diría: «Mi señor tarda en venir». Podría no llegar tan lejos como para creer que nunca regresaría, y decir con los burladores: «¿Dónde está la promesa de su venida?», pero no sería menos culpable que aquellos burladores; sería más culpable, porque se le ha confiado más. Abusar de la confianza es cometer la peor clase de injuria. En las leyes humanas el crimen siempre se considera grande en proporción a la confianza que se había depositado en el criminal. Un siervo que traiciona a su señor es tenido por más culpable que si hubiera sido un extraño. Habrá grados en la miseria de los perdidos; y el grado más profundo de miseria lo sufrirá aquel que abusó de los más altos privilegios.
Ahora preguntémonos, como Pedro: «¿Dices esta parábola a nosotros?». Ciertamente el Señor nos habla en todas estas parábolas; pues aunque no seamos mayordomos en el mismo sentido que los ministros, todos tenemos algún cometido que se nos ha confiado. ¿Estamos actuando ahora como desearíamos haber actuado, si mañana nos halláramos al borde de la eternidad? ¿Hay algún pecado que practicamos, que renunciaríamos si pensáramos que este día es nuestro último? ¿Quién puede decir que no puede serlo? Para algunos este es el último día; para muchos más es la última semana; para miles el último mes; para millones el último año. ¿Estamos preparados para recibir al Señor? Si no, ¿por qué no nos preparamos de inmediato? Hay una fuente abierta para el pecado, en la cual podemos lavarnos al instante. ¡Y cuántos no se han lavado jamás en ella! Si Cristo viniera ahora, los hallaría en sus pecados. No digas: «Aún no vendrá»; porque recuerda que es muy peligroso aun pensar: «Mi señor tarda en venir».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ exhorts his disciples to watch for his second coming
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.