Se necesitan fuerza y valor espirituales para nuestra guerra y nuestro sufrimiento espirituales. Quienes quieran demostrar que tienen verdadera gracia, deben aspirar a toda gracia; y vestir toda la armadura de Dios, la cual él prepara y concede. La armadura cristiana está hecha para ser vestida; y no hay forma de quitárnosla hasta que hayamos concluido nuestra guerra y terminado nuestra carrera. El combate no es contra enemigos humanos, ni solo contra nuestra propia naturaleza corrupta; tenemos que habérnoslas con un enemigo que tiene mil maneras de engañar a las almas inconstantes. Los demonios nos asaltan en lo que pertenece a nuestras almas, y trabajan por desfigurar la imagen celestial en nuestros corazones. Debemos resolver, por la gracia de Dios, no ceder a Satanás. Resistidle, y huirá. Si cedemos, ganará terreno. Si desconfiamos de nuestra causa, o de nuestro Capitán, o de nuestra armadura, le damos ventaja. Las diferentes partes de la armadura de los soldados pesadamente armados, que habían de soportar los ataques más fieros del enemigo, aquí se describen. No hay armadura para la espalda; nada que defienda a quienes retroceden en la guerra cristiana. La verdad, o sea la sinceridad, es el cinto. Este ciñe todas las demás piezas de nuestra armadura, y se menciona primero. No puede haber religión sin sinceridad. La justicia de Cristo, imputada a nosotros, es una coraza contra las flechas de la ira divina. La justicia de Cristo implantada en nosotros, fortalece el corazón contra los ataques de Satanás. La resolución debe ser como grebas, o armadura para nuestras piernas; y para mantener el puesto o avanzar por senderos escabrosos, los pies deben ser calzados con la preparación del evangelio de la paz. Los motivos para la obediencia, en medio de las pruebas, deben tomarse de un conocimiento claro del evangelio. La fe lo es todo en la hora de la tentación. La fe, como confianza en objetos no vistos, que recibe a Cristo y los beneficios de la redención, y así deriva gracia de él, es como un escudo, una defensa por todos lados. El diablo es el maligno. Las tentaciones violentas, con las cuales el alma queda prendida en fuego del infierno, son dardos que Satanás dispara contra nosotros. También, pensamientos duros acerca de Dios y de nosotros mismos. La fe, aplicando la palabra de Dios y la gracia de Cristo, apaga los dardos de la tentación. La salvación debe ser nuestro yelmo. Una buena esperanza de salvación, una expectativa bíblica de victoria, purificará el alma y la guardará de ser mancillada por Satanás. Al cristiano armado para la defensa en la batalla, el apóstol le recomienda un solo arma de ataque; pero basta, la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. Esta somete y mortifica los malos deseos y los pensamientos blasfemos a medida que surgen dentro; y responde a la incredulidad y al error cuando asaltan desde fuera. Un solo texto, bien entendido y rectamente aplicado, destruye de una vez una tentación o una objeción, y somete al adversario más formidable. La oración debe asegurar todas las demás partes de nuestra armadura cristiana. Hay otros deberes de la religión y de nuestra posición en el mundo, pero debemos mantener tiempos de oración. Aunque la oración formal y solemne puede no ser oportuna cuando otros deberes deben cumplirse, las breves oraciones piadosas lanzadas a modo de dardo siempre lo son. Debemos usar pensamientos santos en nuestro curso ordinario. Un corazón vanidoso será vano en la oración. Debemos orar con toda clase de oración, pública, privada y secreta; social y solitaria; solemne y repentina: con todas las partes de la oración; confesión del pecado, petición de misericordia y acción de gracias por los favores recibidos. Y debemos hacerlo por la gracia de Dios el Espíritu Santo, en dependencia de su enseñanza y conforme a ella. Debemos perseverar en peticiones particulares, no obstante los desalientos. Debemos orar, no solo por nosotros mismos, sino por todos los santos. Nuestros enemigos son poderosos, y nosotros estamos sin fuerzas, pero nuestro Redentor es todopoderoso, y en el poder de su fortaleza podemos vencer. Por tanto, debemos estimularnos a nosotros mismos. ¿No hemos, cuando Dios ha llamado, descuidado a menudo el responder? Pensemos en estas cosas, y continuemos nuestras oraciones con paciencia.
El apóstol pide sus oraciones y termina con su bendición apostólica (
Fuente y atribución
Autor original: Religious Tract Society
Título original: Devotional and Practical Commentary — Ephesians 6:10-18
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Religious Tract Society, publicado originalmente en Grace Gems.