LOS VESTIDOS BLANCOS Y LAS FUENTES DE AGUAS VIVAS
LOS VESTIDOS BLANCOS Y LAS FUENTES DE AGUAS VIVAS
Apocalipsis 7:13-17
Estos hermosos versículos (que explican la parte anterior de la visión) no pudimos exponerlos plenamente en el capítulo precedente. Son, sin embargo, más que explicativos: encierran nuevos y preciosos desdoblamientos del Cielo de los redimidos, que no pueden pasarse de corrido ni en silencio. Tras las revelaciones anteriores de juicio y terror, ¡cuán grato y reconfortante para el vidente de Patmos debió de ser esta calma en la tormenta —este fulgurante aunque momentáneo vislumbre entre las nubes tempestuosas! Las palabras debieron de caer en su oído como serenísima música. Gozamos con él de la calma elevada.
Dejando aparte las perplejidades de interpretación y las versiones discrepantes que asedian a muchas otras porciones del Libro, vayamos, bajo la dirección, no de comentarista humano, sino del guía celestial de Juan —el miembro de la multitud vestida de blanco, este Intérprete en el verdadero «Palacio Hermoso»—, a entrar en espíritu por la puerta abierta del santuario celestial. El pasaje es como un espejo puesto en la eternidad, en el cual el creyente ve reflejado su carácter y condición futuros. Todos nosotros, mirando como en un espejo nuestra gloria celestial, somos alentados a esperar el tiempo en que seremos transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, por el Espíritu del Señor. Los versículos nos despliegan la experiencia y condición pasada de los Redimidos bajo el doble aspecto de PECADO y SUFRIMIENTO.
(1.) Fue una condición de PECADO: «Han lavado sus ropas y las han blanqueado en la sangre del Cordero.» Desde la hora en que Abel fue admitido como solitario representante de la Iglesia glorificada, hasta el tiempo en que su voz se vuelva «como el estruendo de muchas aguas y como el estruendo de truenos poderosos», ningún alma humana ha pasado jamás, ni jamás podrá pasar, por la puerta de entrada a la Ciudad, sin haber estado manchada de culpa. Cada pilar del Templo Celestial es un pilar rescatado, que lleva la inscripción: «El principal de los pecadores, mas alcancé misericordia.» La vestidura más blanca allí estuvo un vez sucia de contaminación; el miembro más santo y puro de aquella familia redimida fue un vez rebelde contra la autoridad del Ser ante cuyo trono ahora echa su corona.
¡Qué aliento, en medio de nuestras luchas con la tentación, las embestidas de Satanás, nuestra inclinación a la apostasía, nuestra deprimente conciencia de fragilidad y corrupción siempre presentes, nuestro orgullo desafiante y nuestra incredulidad endurecida, el que este «resplandescor séquito» haya tenido una identidad de experiencia con nosotros! Que ellos han atravesado los mismos «pantanos de desánimo»; sido tenidos cautivos en las mismas mazmorras del Castillo de la Duda; sentido las mismas cadenas de corrupción arrastrándolos al polvo a pesar de todo esfuerzo por alzarse hacia el cielo; y que, finalmente, alcanzaron sus tronos y sus coronas cubiertos de las cicatrices de la batalla.
Son ahora testigos glorificados de la plenitud y libertad de la fuente abierta para el pecado y la impureza. La Sangre que les ha sido tan preciosa puede sernos igualmente preciosa; sus vestiduras pueden ser nuestras vestiduras; su Cielo puede ser nuestro Cielo; su Dios puede ser nuestro Dios. El más culpable allí no fue demasiado culpable para recibir una de aquellas vestiduras resplandecientes; y no puede, por tanto, haber pecador en la tierra demasiado degradado o vil para escuchar la invitación divina: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.»
(2.) Pero su pasada condición terrenal fue también de SUFRIMIENTO: «Estos son los que han salido de la gran tribulación.» Y en la conclusión de los versículos se nos lleva a inferir algo respecto de qué fue esa tribulación. Cuando se nos dice que «no tendrán más hambre, ni tendrán más sed», equivale a decirnos que un tiempo tuvieron hambre y sed, y se desmayaron y gimieron y estuvieron agobiados. Y en aquella, la más exquisitamente tierna de todas las descripciones del amor divino, Dios «enjugando toda lágrima de sus ojos», se nos informa que el lugar de donde vinieron estos Redimidos fue un mundo de llanto, donde todo ojo fue un vez oscurecido por las lágrimas.
La Palabra de Dios no lo oculta, sino que, al contrario, lo proclama y previene: que el camino al Cielo es de prueba. Cristo preparó a su pueblo para que el sendero hacia allá estuviera cercado de tribulación, de modo que si alguno quisiera seguirle hasta la corona, habría de ser por el camino de la cruz. «Amados», dice Pedro, «no os sorprendáis del fuego ardiente que os prueba, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos.» Estas pruebas son los peldaños de la escala por los cuales los espíritus inmortales de esta visión alcanzaron su bienaventuranza. Casi podemos imaginarnos escuchando su variado testimonio.
«Dios me tendió», sería la experiencia y el recuerdo de uno, «en un lecho de enfermedad. Vivía una vida de mundanalidad absorbente. Daba por sentada mi salud. Creí que el cuerpo robusto, el pulso vigoroso y el ojo sin nube jamás, en mi caso, podían quebrantarse ni menoscabarse. No pensaba en la muerte; ¡la eternidad la ponía inconmensurablemente lejos de mí! El que me dio el talento abusado me tendió en un lecho de dolor. Año tras año me familiaricé con la lámpara nocturna tenue, las vigilias sin sueño, la cabeza dolorida. Mío era el monótono y triste soliloquio: “¡Ojalá fuera de noche! ¡Ojalá fuera de mañana!” Pero él me atrajo al desierto para hablar a mi corazón. Ahora le alabo por todo. Por las grietas de la frágil tienda terrenal se admitieron los primeros rayos de la gloria celestial. En las solitarias vigilias nocturnas se templaron mis labios por primera vez para el cántico del cielo. Corazón y carne desfallecían y fallaban, pero mi tribulación me condujo a aquel que es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre.»
«Yo reposaba en el solaz de la prosperidad terrenal», sería el testimonio de otro. «El cuerno fabuloso de la abundancia agotaba en mi regazo sus riquísimos tesoros. Las riquezas crecían; ¡ah!, fijé en ellas mi corazón; llenaron mis horas de vigilia y de sueño; mi oratorio, mi Biblia, mi familia, fueron sacrificados en la frenética refriega. La vida era un loco intento de refutar y contradecir el gran dicho de la Verdad encarnada: “La vida del hombre no consiste en la abundancia de las cosas que posee.” En un momento inesperado sobrevino el derrumbe; toda la fábrica de toda una vida (la fábrica dorada) cayó por tierra. Sentado entre arcas vacías, muros desmantelados y esperanzas marchitas, fui llevado a poner lo perecedero en enfático contraste con lo eterno. También yo doy gracias a mi Dios por todo. De no haber sido por aquel vendaval que barrió sobre mí, sepultando los tesoros atesorados de una existencia vana, habría muerto necio como viví. Mas la pérdida del oro que perece me condujo a las riquezas inescrutables; a atesorar riquezas fuera del alcance de la quiebra y de los vaivenes de la fortuna caprichosa.»
«Yo era idólatra de mi familia», contaría otro. «Me apoyaba con excesiva ternura en algún sostén querido, alguna calabaza en el enramado de mi felicidad. El sostén cedió; la calabaza se secó. Pero cuando algún ser querido (fuera esposo, esposa, hijo, hermano o hermana) emprendió su vuelo a los realmpos de la gloria, me llevó, como nunca antes, a un contacto cercano y santo con lo Invisible. El lazo roto en la tierra me ató al trono de Dios; voces desde la ribera celestial se dejaron oír diciendo: “¡Sube acá!” No fui desobediente a la visión celestial. Desde entonces mi corazón estuvo donde estaban mis tesoros acumulados. Y aunque cada paso de mi triste camino estuvo salpicado de lágrimas, cada una de ellas fue necesaria; no me habría faltado ninguna; los dolores y los vacíos del espíritu herido, de los cuales ellas eran los exponentes externos, sirvieron para destetarme de este pobre mundo. Estas espinas clavadas en el nido terrenal me lanzaron al vuelo y no me permitieron cesar mi vuelo hasta que hube alcanzado los aleros dorados del Hogar Celestial.»
Ahora bien, cuando así hablamos de los Redimidos como una banda probada y doliente, no debemos ser malentendidos, como si quisiéramos decir que sus penas los llevaron allí y fueron la causa que les procuró los vestidos blanqueados y la bienaventuranza inmortal. ¡No! Aunque estos sufrientes que un vez lloraron hubieran llorado un océano de lágrimas, eso no habría borrado la culpa de sus pecados. Observad: no es «Estos son los que han salido de la gran tribulación», por tanto están delante del trono de Dios; sino: «Estos son los que han lavado sus ropas y las han blanqueado en la sangre del Cordero.» No es la tribulación lo que los salvó, sino la Sangre derramada por el adorable Redentor.
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE WHITE ROBES AND LIVING FOUNTAINS OF WATER — Parte 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.